Verano en mi pueblo

La belleza estival de Igantzi, donde hay tiempo para todo

De la calma de las piscinas una tarde nublada, al bullicio del frontón en un verano deslumbrante en Igantzi

Fotos del verano en Igantzi./
Fotos del verano en Igantzi./IRATI AIZPURUA

Abraham Del Pozo Zabaleta

Publicado el 30/08/2025 a las 05:00

La tarde en Igantzi transcurría como una más de verano, aquella jornada de agosto. La peluquería del pueblo, abierta desde las cinco de la tarde, hacía las veces de recibidor tras una larga subida en carretera por las curvas del valle. El reposo y la serenidad se respiraba en las calles de Igantzi: ni una sola voz por la calle Lagasa, la principal. Miraras donde miraras, la panorámica impresionaba. Un ciclista de mediana edad saludaba a una vecina postrada en su amplio ventanal, mientras que, paralelamente, las campanas de la iglesia anunciaban las seis de la tarde.

Igantzi, la localidad más pequeña de la comarca navarra de Cinco Villas, se asienta en lo alto de un paisaje ondulado, rodeado de prados y bosques que definen la fisonomía del norte navarro. “Igantzi es sinónimo de paz”, asertaron dos vecinas mayores de la zona, que paseaban camino del río.

El frontón era un auténtico griterío de niños y adolescentes, con el balón como principal reclamo. Una portería movible topada en la pared era el centro neurálgico de la cancha improvisada. El partido ya se había montado. Dos niños corrían de un lado al otro, entre risas y regates improvisados: uno intentaba un remate mientras el otro, con el pecho hinchado de orgullo, celebraba el gol imaginario ante la mirada cómplice de su cuadrilla. El frontón, abierto y luminoso, se convierte en epicentro infantil, muriendo el eco de cada grito entre las montañas. El pueblo, habitualmente tranquilo, parece haberse despertado con el verano tras el momento de la siesta. “El frontón es ideal para ir con niños”, comentó Irati Martínez, una turista de Basauri, apoyada en el umbral de su casa, satisfecha por el ambiente familiar que se respiraba.

En el otro extremo, una cuadrilla de jóvenes adolescentes charlaban tranquilamente. Joseba Rodríguez, vecino de Igantzi, dejó claro los puntos fuertes de su verano: “Aquí tenemos de todo, desde tardes de piscina y fútbol hasta días completos en la playa de Irún, pasando por nuestras travesías de varios días en el monte”. Aquella tarde la climatología no permitía disfrutar del agua, por lo que tocaba adaptarse a las oportunidades del frontón y la amistad. Por ello, Joseba Rodríguez, Danel Urtxegi, Aratz Laka, Oier Laka y Asier Rodríguez conversaban sobre diversos temas juveniles, esperando el fin del partido de los niños para retirar la portería y comenzar a jugar a pala. “Muchas veces no valoramos la suerte de vivir en Igantzi. Es una auténtica pasada la tranquilidad que se respira”, comentaron orgullosos, al tiempo que recordaban la “pena” del fin del verano, ya que, en apenas dos semanas, tocaba regresar a la ikastola.

BAÑARSE ANTE UNAS VISTAS BELLAS

En las piscinas, el ambiente difería del que se percibía en el frontón: se vivía una paz y un silencio abrumadores fruto del día nublado que había salido. No era tarde de agua. Una animada cuadrilla de amigos —Larraitz Eugi, Joritz Eugi, Gaizka Sein y Lizar Sein— disputaba la tradicional partida de parchís tras salir de trabajar. Porque la gran diferencia con respecto al ambiente del frontón era el cambio generacional: en el verano, tocaba también trabajar además de descansar. Y, como pasa en todos los pueblos, nadie se quedaba sin echar una mano en lo que fuese menester. El socorrista, la camarera del bar o el encargado del mantenimiento eran de Igantzi. “Nuestro verano en el pueblo es muy variado. Por las mañanas trabajamos, y ya por la tarde, venimos a la piscina porque toca descansar”, resumía Larraitz Eugi. Por su parte, los hermanos Sein comentaban: “También está la opción del río, que tiene su encanto”. Pero, como la noche es joven, cuando llega el fin de semana todos los chicos y chicas del pueblo aprovechan el verano para disfrutar de la amistad y la música. “Las noches de los viernes o sábados vamos a fiestas de pueblos cercanos. Estamos en la edad”, comentaban entre risas todos, mientras continuaban con la partida de juego de mesa, ante una piscina sin bañistas pero con una espectaculares vistas rodeada de montañas y naturaleza.

Igantzi es un refugio de calma y paisaje, donde el tiempo parece detenerse entre prados y bosques. La vida del pueblo late con sencillez, desde el bullicio alegre del frontón hasta la tranquilidad pausada de las piscinas, reflejando el equilibrio entre tradición y verano, descanso y compañía. Un lugar que, pese a su tamaño, encierra toda la esencia del norte navarro.

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