HISTORIA
Arantza, 1943: un avión con bandera nazi se estrella en un pico navarro
l 26 de diciembre de 1943, en plena II Guerra Mundial, una aeronave alemana se estrelló en el monte Aizalegi. Murieron sus 10 tripulanes. Esta es la historia de aquel hecho insólito


Publicado el 08/06/2025 a las 05:00
No solo fue el tremendo estruendo que provocó el impacto de aquel avión enorme contra la escarpada colina navarra. Durante al menos un cuarto de hora, la munición que portaba el avión fue estallando y silbando por el bosque, en una imagen dantesca, con cadáveres semiquemados colgando de los árboles, fuselaje y enseres militares repartidos por las campas, fuego y destrucción.
Este es el terrible escenario que se encontraron los vecinos de Arantza, casi en la muga navarra con Francia, la mañana del 26 de diciembre de 1943, cuando un avión escolta de la Alemania nazi, en plena II Guerra Mundial, se estrelló muy cerca de la localidad de Cinco Villas/Bortziriak. Los diez tripulantes, todos ellos alemanes, fallecieron en el acto.


Viajamos hasta el punto exacto donde se produjo aquel accidente, silenciado en aquel 1943 y sepultado casi en el olvido por el paso de los años. La campa donde se produjo el accidente forma parte del terreno del caserío de Simón Iturria, recientemente fallecido. Allí nos recibe su hijo Patxi y su mujer, Josune Otxandorena. Les acompaña Alejandro Ibargoyen, un irunés con orígenes navarros, amante de la aviación que en 2014 recuperó esta fascinante historia del avión nazi que se estrelló en Navarra.


Estamos a finales de marzo de este 2025 en Arantza. Antes de desplazarnos al punto exacto del accidente, nos sentamos a hablar con Alejandro Ibargoyen, Patxi y Josune, al calor de una chimenea. “Todo empezó con este libro”. Alejandro Ibargoyen, de 72 años, señala un ejemplar de 'Alas, hélices y botas' (Galland Books), de Juan Carlos Salgado, un profesor gallego (aunque nacido en Brasil), jubilado y amante de la historia de la aviación y nava, con media docena de títulos publicados.
LAS PRIMERAS PESQUISAS
“El libro decía que un avión alemán se había estrellado en Lesaka. Mis padres tenían un caserío en Aranaz, así que empecé a investigar el tema y a preguntar por allí, pero nadie sabía nada”, continúa Ibargoyen, que se puso en contacto con Salgado, el autor del libro. Tras una conversación con el alemán Günther Ott, un historiador y aeronáutico amigo de Salgado, fueron afinando con el punto exacto del accidente, pero sin una idea clara. Empezaron a buscar a tientas. Estamos en 2014.
A partir de la información que había recabado, Ibargoyen y su amigo Javier de la Hoya se adentraron por las laderas de Aizalegi, el pico del término municipal de Arantza, donde fue a impactar aquel avión enorme de la Luftwaffe con esvástica nazi. Hablamos de un Junker 290 A-3, un avión cuatrimotor de 42 metros de envergadura (la distancia entre las puntas de las alas), 28,6 metros de longitud y una altura de casi 7 metros. Un pesado monstruo de acero que iba cargado de munición y con una tripulación de 10 soldados.
Aquel avión partió la madrugada del 26 de diciembre de 1943 de Mont-de-Marsan, en la Francia ocupada por el ejército de Hitler y a poco más de 200 kilómetros de Pamplona en coche. El objetivo de la aeronave, en plena Navidad bélica, era escoltar a dos buques mercantes alemanes, el Osorno y el Alsterufer, que se aproximaban desde Japón a la costa del sur francés por el Golfo de Vizcaya con materia prima para las industrias farmacéutica y armamentística alemanas. Los aviones de la Luftwaffe, como el que se estrelló en Arantza, se adentraban en España para sobrevolar la cornisa Cantábrica y girar 180 grados en Finisterre, en Galicia, para volver hacia la Francia ocupada. El objetivo era evitar los “mosquitos”, los aviones De Havilland DH.98 de la fuerza aérea británica que vigilaban la costa francesa. Pero aquel nunca cumplió su misión de escolta y su tripulación pereció en tierras navarras. Los 10 soldados alemanes murieron en el acto. El barco Alsterufer fue alcanzado y hundido por un avión aliado, un B24 Liberator de la RAF (la Royal Air Force británica) con tripulación checa. El segundo logró llegar a puerto aunque encalló por los restos en el lecho marino de una patrullera alemana.


LA AGUJA Y EL AZAR
Volvemos a 2014. Alejandro Ibargoyen y Javier de la Hoya recorren la zona, muy próxima a la localidad de Arantza, con la esperanza de encontrar el punto exacto del impacto. Ibargoyen, amante de la aviación y piloto de avioneta y ultraligero, sabía que aunque hubiesen pasado 71 años en aquel 2014 (ahora son 82), el avión, con su enorme tamaño, tuvo que dejar una cicatriz en el campo, una marca, algo que lo identificase. Con la ayuda de mapas, los dos amigos fueron trazando la presumible ruta del avión alemán para sondear los posibles puntos del impacto. Pero era como buscar una aguja en un pajar.


Ibargoyen y De la Hoya están casi perdidos. La zona es escarpada. El camino, del todo intransitable con un coche de ciudad. Pero de repente, intervino el azar. “Nos encontramos con Patxi Iturria, que estaba en el terreno con su tractor. Nos bajamos y le preguntamos. Le dije que éramos de una asociación, que buscábamos un avión alemán que se estrelló aquí. Patxi dijo que conocía aquel accidente y que murieron tres personas que viajaban en una avioneta. Le expliqué que era un avión de envergadura, no una avioneta, más como un B29. Era un avión de vigilancia marítima, muy armado, pero no llevaba bombas. Le expliqué que habían fallecido los diez tripulantes”, narra Ibargoyen, factótum junto a De la Hoya que hizo resucitar esta historia. Poco después, camino del lugar del impacto, Patxi nos comenta la enorme casualidad de encontrarse con aquellos dos hombres perdidos por el monte. “Lo cierto es que llevaba meses sin subir por allí. Hasta aquel día”, explica.
Viajamos al presente. O al pasado reciente. Es 26 de marzo de 2025. La primavera se resiste a llegar. Hace frío y el día está gris en el caserío de los Iturria, con una ligera llovizna intermitente. El paisaje que rodea el enclave irradia belleza verde y húmeda, entre lomas ondulantes, bosques y claros. Un hermoso lugar para morir. Patxi Iturria sonríe cuando le decimos que queremos visitar el punto exacto donde impactó el avión con el coche que llevamos, un pequeño utilitario eléctrico. “Con eso no llegáis. Yo os llevo”, se ofrece. Más vale. El camino se convierte en un auténtico rally, con baches, saltos y desniveles que superan el metro de profundidad. Patxi conoce bien la zona y conduce con la lentitud y la precaución que exige el terreno. Es el caserío de su familia, después de todo, y conoce a la perfección las pistas y caminos.
Su padre, Simón Iturria, estaba allí cuando ocurrió el accidente. Falleció mientras se preparaba este reportaje, el 7 de abril de 2025, diez días después del encuentro en su caserío. Aquel día, apenas se dejó ver. Su estado era delicado. “Mi suegro y un tío suyo -cuenta Josune Otxandorena, esposa de Patxi Iturria- intentaron subir al lugar del impacto la mañana del accidente. Pero ya no les dejaron”.
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Alejandro Ibargoyen retoma el relato de lo que ocurrió aquel 26 de diciembre de 1943. Este episodio histórico habría caído en el olvido total -casi lo hace- de no ser por su tesón y curiosidad. Él y su amigo Javier de la Hoya hicieron una labor detectivesca, que les llevó a contactar, entre muchos otros, con el cónsul alemán en Bilbao en aquel momento, Paul Schröeder; con el autor del libro Alas, hélices y botas, Juan Carlos Salgado; con Josetxo Urreta, secretario del ayuntamiento de Arantza, y con un testigo directo de lo que ocurrió, Cornelio Ubiria, ya fallecido, que en 2015 tenía 92 años, 20 cuando ocurrió el accidente. Viajaron a Cuacos de Yuste, en Extremadura, donde se encuentran enterrados 180 soldados que perecieron en España durante la I y la II Guerra Mundial, y también al Archivo General Militar de Madrid. Con todas aquellas pesquisas, fueron uniendo las piezas de un puzzle diseminado en aquel monte de Arantza y en la memoria de sus ya desaparecidos testigos. La historia solo pervivía en la vieja tradición oral. Y estaba languideciendo.


UNA CARNINCERÍA
“Lo que ocurrió aquella mañana del 26 de diciembre de 1943 es un misterio. Nadie sabe por qué se produjo aquel accidente -prosigue Ibargoyen-. Algunas personas decían que fue por el mal tiempo, incluso que estaban todavía celebrando la Navidad”. No se sabe el motivo exacto. Según el relato que le trasladó Cornelio Ubiria, aquella era una mañana espléndida, sin nubes, despejada. “Nos contó que estaba en casa para ir a bajar a misa, que era de noche todavía, pero que amaneció un día soleado. Al parecer, algunos testigos aseguraron que el avión chocó primero con las copas de los árboles del pico Itsaszelaieta y después, se estrelló contra el Aizalegi”, continúa Ibargoyen. A continuación, el impacto, el estruendo, el incendio del avión y la munición que estallaba como en una refriega ciega. Y diez cuerpos ya inertes repartidos por la zona. “Se encontraron una carnicería”, zanja Ibargoyen.
Cuando las balas dejaron de silbar, los vecinos de Arantza consiguieron llegar a aquel escenario terrible. Sacaron los cuerpos que aún se encontraban atrapados por el fuselaje del avión o los descolgaron de los árboles. El artillero se encontraba en la cabina, “con sangre en las narices, pero entero”, contaban los testigos. “Se había reventado del golpe”. El pueblo se volcó en recuperar los restos de los soldados alemanes. El abuelo de Patxi Iturria, según cuenta su nuera Josune Otxandorena, participó también en las labores para el traslado de los cuerpos “con dos vacas”.
La Guardia Civil no tardó en aparecer. También lo hicieron soldados de la base alemana más cercana (en Francia) para certificar el accidente y tramitar el traslado de los restos morales. Los cuerpos se llevaron inicialmente al cementerio de Arantza y al día siguiente al de Irún. Después se trasladaron hasta Mont-de-Marsan, el punto desde el que habían partido. Y en 1962 se llevaron al cementerio francés de Bernueil, donde reposan los restos de 8.342 soldados alemanes.
El Ayuntamiento de Arantza conserva el expediente de aquel episodio, con numerosos documentos oficiales -algunos con membrete nazi, la Reichsadler o águila imperial con la esvástica-, la mayoría, cartas intercambiadas entre el cónsul alemán en San Sebastián/Donostia, probablemente Hans Emil Richard von Merck, y el alcalde de entonces de Arantza/Aranaz, Jacinto Vergara. El tono cordial y formal de las misivas parece distorsionar con el régimen sanguinario y opresor impuesto por el nazismo. Pero España era neutral en la guerra, pese a una connivencia tácita de Franco con Hitler. De ahí que los aviones entrasen a la península para evitar las patrullas aliadas. El accidente de Arantza solo se produjo porque la aeronave alemana podía entrar en el espacio aéreo español.


Para Alejandro Ibargoyen, aquellos 10 soldados alemanes murieron “defendiendo a su país en aquel momento”, un accidente ocurrido más allá de las fronteras de la gran contienda. Por eso, promovió la colocación muy cerca del lugar del impacto -donde todavía quedan restos de hierba quemada-, a escasos 30 metros, de un monolito de recuerdo a la tripulación, con la forma del ala del avión y los nombres de los 10 soldados. “Es el mejor homenaje que se les puede hacer”, concluye.
