Sentencia pionera

Una mujer de 40 años, primera incapacidad absoluta por covid persistente en Navarra: "Las personas de 80 años tienen más vitalidad que yo"

Melia Martín Pinto tiene 40 años pero no se puede despegar de su andador. Vive en Elizondo. Así ha sido su pelea de tres años con covid persistente.

Melia Martín Pinto, de 40 años, camina con el andador que se ha convertido en su inseparable apoyo
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Melia Martín Pinto, de 40 años, camina con el andador que se ha convertido en su inseparable apoyo
Melia Martín Pinto, de 40 años, camina con el andador que se ha convertido en su inseparable apoyo

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Gabriel González

Publicado el 18/05/2025 a las 05:00

Recuerda con nitidez cuándo se dio cuenta de que los síntomas del covid que arrastraba desde hacía tres meses no eran como los de los demás. Estaba en su casa de Elizondo limpiando pescado y un agotamiento súbito la fulminó. “O me tumbaba en la cama, o me caía ahí. Metí todo en la nevera y me fui a la cama. Ahí estuve días”. Melia Martín Pinto tiene 40 años, pero llega a la entrevista al ralentí, ayudada de un andador del que ya no puede separarse. El mes pasado se convirtió en la primera persona en Navarra que consigue vía judicial la incapacidad absoluta por covid persistente, patología que le impide realizar cualquier actividad laboral. “La sentencia fue una tranquilidad. La jueza (de lo Social nº 3) se lo trabajó más que los propios médicos”. La resolución ya es firme, la Seguridad Social no la ha recurrido.

Sentada junto a su madre, María Lina Pinto Mota, de 61 años y uno de los pilares indispensables de su nueva vida, esta madre de dos hijos de 6 y 10 años muestra su móvil nada más empezar la conversación. Enseña imágenes de cómo era antes del 10 de enero de 2022, el día en que dio positivo por covid. “Fíjate en la mirada. No soy la que era antes, mi físico no es el de antes, mi cara no es la de antes... Una persona de 80 años tiene más vitalidad”. Un día de los de antes, Melia se despertaba, preparaba a sus hijos para el colegio, acompañaba al pequeño y se iba a trabajar como dependienta de perfumería, un oficio que le apasionaba y al que se dedicaba desde los 16 años. Un trabajo que la llevaba por Valcarlos, Ibardin y Dantxarinea y en el que también ejercía de esteticien. “Siempre he dado el 100%; si había que meter más horas, las metía”. Por la tarde recogía a los niños, parque, cenas, baños... También hacía dos días spinning y uno entrenamiento de fuerza. El fin de semana le gustaba ir al monte, con paseos de entre 10 y 15 kilómetros. Ahora, una vuelta de un cuarto de ahora no solo la funde sino que le pasa factura durante los siguientes días.

UNA FATIGA CRÓNICA

El positivo le llegó poco después haber estado más de un mes confinada por contacto estrecho en el colegio y por el positivo de sus hijos. Empezó con los síntomas de una gripe y algunos dolores. También con una fatiga que llegó para quedarse y cambiarle la vida. “Yo notaba que el cuerpo cada vez aguantaba menos. Si hacía , por ejemplo, 10 sentadillas, me quedaba bloqueada, como en shock. Y era que me estaban dando presíncopes. Entonces hacía 8, y el cuerpo no podía. Al día siguiente hacía 6, y el cuerpo tampoco podía... Al punto de que no podía hacer nada. Pero nada. Es como si mi cuerpo se fuese apagando”. Y ella seguía forzando, pensando que tenía que recuperar el tono físico perdido. Pero esos excesos los pagaba: la abocaban a terminar inmovilizada en cualquier punto de su casa, de donde no se podía mover en un rato largo. De ahí, a Urgencias. “Es como si tuviese una pila y la pila, de repente, ¡pam! Se acabara”, ilustra. Con este cuadro, el número de horas y días en cama fueron a más.

El abanico de secuelas ha quedado demostrado en la sentencia: problemas en el oído que le afectan al equilibrio, agotamiento generalizado, nublamiento mental, desnutrición y patología funcional digestiva, síndrome de POTS (el cambio de posición supina a vertical le generan un gran y anormal aumento de la frecuencia cardiaca), osteoporosis... Como consecuencia, sigue el fallo judicial, precisa de andador para caminar, mareos, disnea y mialgias ante pequeños esfuerzos, incapacidad para realizar fuerza, dificultades para la concentración, taquicardia precoz, limitación para estar de pie por mareos y temblores en ambas piernas.

Una retahíla de padecimientos que se recrudecen cuando Melia los muestra a través de su día a día. “Es como si me hubiera quedado en una gripe continua, con una resaca de esas que no te puedes ni levantar”, “me he llegado a desmayar en una comida familiar”, “me pongo de pie y a veces noto un quemazón y la sensación de que las piernas no aguantan mi peso, me empiezan las taquicardias, las náuseas y me tengo que sentar o me da un presíncope”, “si estoy esperando un semáforo me tengo que sentar en el andador”, “el viernes de Carnaval estuve un rato y volví a casa cojeando, y al día siguiente se me hinchó la mano y se me volvió a fisurar una costilla”, “la cabeza me va con retardo”, “ahora estoy hablando contigo y te estoy viendo pero con niebla, no enfoco bien”, “si como algo de más empiezo con náuseas”, “alguna vez les he dicho a mis hijos que íbamos a a ir al cine, me preparaba y me tenía que tumbar en la cama y decirles que no podía”, “la semana pasada intenté subir las escaleras de casa y luego estaba fatal”... En los últimos meses, además, ha sufrido una recaída y surgen nuevos síntomas: la pesadez de las piernas empieza a sentirla en los brazos , se le inflaman los dedos, la piel se enrojece en piernas, brazos y torso...

Uno de los nuevos síntomas que están surgiendo es el hinchazón de las manos, como se aprecia a la izquierda de la imagen
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Uno de los nuevos síntomas que están surgiendo es el hinchazón de las manos, como se aprecia a la izquierda de la imagenCEDIDA
Uno de los nuevos síntomas que están surgiendo es el hinchazón de las manos, como se aprecia a la izquierda de la imagen

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Estas escenas y síntomas salen con facilidad de su boca porque en estos tres años ha tenido que luchar, además, para que la crean. ¿Se ha sentido incomprendida? “Totalmente , sobre todo por los médicos”. Ha pasado por todas las especialidades y asegura que puede contar con los dedos de una mano los que la han creído. Uno le dijo que era ansiedad, otro que eso se curaba “en la terracita de un bar”, y hubo hasta quien le arrancó el andador nada más entrar en consulta, critica. Algunas de las medicaciones que le han recetado le han provocado efectos adversos y solo un medicamento de minerales corticoides le funciona. “Sin él, habría muchos días que no me levantaría de la cama”. En los últimos tiempos sí que percibe un mayor interés por su caso.

Psicológicamente, el camino ha sido y es complejo. Al principio, incluso llegó dudar de si los efectos eran una consecuencia psicológica y los generara ella misma. Pero no. Para llevarlo de la manera más estable posible le han venido muy bien las herramientas que desarrolló años atrás, cuando acudía a terapia. “Eso ha hecho que mentalmente no haya caído”. Uno de los cambios más comprometidos fue asumir que necesitaba un andador impropio de su edad. “Es que no salía de casa, parecía un perro que tenía que esperar a que me sacara alguien. Hablé con la médica de cabecera y entre las dos optamos por un andador. A mi hijo mayor le ha costado. Al principio me iba fuera del pueblo para que no me vieran. Y pensaba que iba a ser momentáneo...”. Ahora, pasado el tiempo, se encuentra en la fase de aceptar que el andador es indispensable si quiere llevar “una vida decente” y que su situación es la que es: “Mi cabeza se va al pasado, a cuando estaba bien. Y tengo que asumir que no tengo días buenos y malos, sino días malos y días muy malos. Mis hijos son mi motor”.

Uno de los mejores días ocurrió el mes pasado, cuando supo que una jueza había estimado su demanda por incapacidad. Hasta llegar al juzgado, primero tuvo que volver a trabajar, porque le dieron el alta tras dos años de baja. Gracias a un coche automático que había comprado con anterioridad y a las facilidades que le pusieron su jefa y sus compañeras, pudo volver a media jornada con el andador. “Era un ritmo muchísimo más bajo. Y la energía que gastaba mentalmente me afectaba. Empezaba a dolerme todo el cuerpo y los fines de semana los pasaba en la cama”. Por aquel entonces acabó en el despacho de la abogada Concha Vidaurre, la que llevó su demanda hasta el desenlace final “Si he conseguido la incapacidad ha sido por su magnífico trabajo. Gracias a ella puedo vivir más tranquila”. También tiene palabras de agradecimiento para la jueza, para las médicas que la creyeron, para su jefa y compañeras de trabajo, su amiga Viki, sus padres, su hermana, su pareja, sus hijos... “Y a toda la gente que me quiere y está disponible en cualquier momento”.

Preguntada por cómo se ve en unos años, responde que le gustaría que esto fuera “un mal sueño”. “Hay días en que tengo esperanza en que esto pase y otros en los que me invade el miedo de si me quedaré así. Porque siempre que he tenido esperanza me he llevado chascos y he empeorado. Y es muy duro. Lo que sí me gustaría es que encontrasen un tratamiento que nos devuelva la vitalidad que este virus nos ha quitado”.

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