Longevidad 

Larga vida a Carmen, la nueva abuela de Navarra

Religiosa en el convento de las Mercedarias Misioneras de Zaragoza, Carmen Arbizu Cadreita, nacida hace 108 años en Ziordia, es desde días atrás la persona de mayor edad de Navarra

Carmen Arbizu Cadreita, el día que cumplió 108 años
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Carmen Arbizu Cadreita, el día que cumplió 108 años
Carmen Arbizu Cadreita, el día que cumplió 108 años

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Natxo Gutiérrez

Publicado el 26/02/2024 a las 20:00

La atalaya de la longevidad, descubierta para la curiosidad y la envidiable honra en criterio de sucesión en el escalafón de las personas de mayor edad, convirtió días atrás a Carmen Arbizu Cadreita, de Ziordia, en la nueva Abuela de Navarra. Aunque no tuvo descendencia por opción célibe en su profesión de fe como religiosa de las Mercedarias Misioneras, sus 108 años le otorgan hoy el afectuoso distintivo. Los cumplió el 23 de octubre a los cinco días de que lo hiciese su antecesora en el simbólico y honorífico título, la cirbonera de Vicenta Chivite Garbayo.

El domingo, al mediodía, recibió la buena nueva de su sobrina, Amparo Arbizu Pozueta, en la comunicación telefónica semanal que le ata a su familia y a su tierra de origen. “¡Que te has convertido en la persona de mayor edad de Navarra!”, le confió.“No me digas”, respondió con un halo de sorpresa, que derivó en una risotada en el convento de Zaragoza, donde vive. Sin la capacidad de escucha de antes, en buena lógica por su edad, su mente es un caudal despierto de entendimiento. “¡Está genial” quien goza de vitalidad. La semana pasada perdió a un primo carnal. “Llevaba mucho tiempo malo”, le hizo ver a su sobrina en ese hilo umbilical que anuda la trama de los sentimientos.

La rutina se impone en la espera de la llamada de los domingos que comunica tantos recuerdos. “Pongo hasta una alarma en mi móvil para no olvidarme. La superiora del convento ya me dice que la tía está sentada esperándome”, observa la sobrina solícita y portadora de buenas nuevas que comparte por línea consanguínea y afecto a raudales. Por haber superado el siglo de existencia, Carmen participó meses atrás de un estudio sobre la memoria, de la que salió airosa por las respuestas dadas. El único obstáculo fue su sordera. Las limitaciones que le ha han salido al paso no han invalidado su capacidad de levantarse a cada traspié dado. Con una férrea voluntad y una fe inquebrantable ha sabido sortearlos en una vida nada plácida y más bien sacrificada. A los diez años –recuerda su sobrina- perdió un ojo. Una rama rasgó una parte de su visión. Su orificio ocular fue ocupado por un ojo de cristal. Siempre ha dado muestras de espíritu de sacrificio, comulgado con una humildad como principio regidor en su etapa de religiosa, entre Cataluña y Zaragoza. Sin estudios -como señala su sobrina-, no pudo ejercer la docencia. “Mi tía hacía trabajos de limpieza”, apunta. De tanto arrodillarse, le salieron postillas. Un día, la superiora le entregó un cepillo con un palo para evitar que se desriñonase. Aquel detalle fue acogido “como el mejor regalo que le podían hacer”. Continuó con la misma disciplina en el ejercicio de sus labores pero con algo más de alivio. Probablemente por haberse forjado en la adversidad, intenta valerse por sí misma en lo que pueda. Hasta hace poco utilizaba el bastón, que cambió por un andador. Es autónoma para levantarse y vestirse.

SU MADRE FUE CENTENARIA

El tan perseguido elixir de la vida, que tantos quebraderos de cabeza ha dado a lo largo de la historia de la humanidad, está, en su caso, oculto en el portento genético que parece rodear a su familia. “Su madre vivió hasta los 100 años”. Entre sus hermanos, el propio padre de Amparo Arbizu “murió con 97 y dos tías, con 94 y 93. La que menos vivió, falleció con 80”. Era también religiosa, de la orden de Nuestra Señora de la Compasión, que estuvo en Ziordia.

A su localidad natal regresó mentalmente la centenaria meses atrás cuando recibió el pañuelo de fiestas y un ramo de flores de una delegación del Ayuntamiento que se desplazó a Zaragoza con motivo de su cumpleaños. Las nuevas tecnologías le devuelven también al escenario de su infancia. Una empleada del convento que cuida de ella le muestra el callejero ilustrado a través de Google Maps. Su mente pasea entre calles que pisó de niña y joven y que nunca olvida por mucho que opciones de vida le hayan conducido a otros rincones con la vitola a la honra a la longevidad. ¡Larga vida, Carmen!     

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