Baztan-Bidasoa
La historia de más de seis mil navarros que viajaron a América en el siglo XIX
Un cambio legislativo en 1840 proporcionó cobertura a la salida de navarros de la montaña hacia un destino desconocido en argentina, uruguay o cuba en el que procurarse un porvenir que su tierra de origen se lo negaba. La historiadora Raquel Idoate Ancín rescata a más de 6.000


Actualizado el 07/12/2021 a las 06:00
Tan pronto como se difundió hace dos años el contenido de una tesis doctoral, recopilada en el posterior libro de Emigración de la Navarra Atlántica a América (1840-1874), su autora, la doctora por la UPNA en Patrimonio, Sociedades y Espacios de Frontera, Raquel Idoate Ancín, comenzó a recibir mensajes de uno y otro lado del océano. Ante sí emergió una corriente de comunicación, surgida de la emoción y la curiosidad de conocer la identidad de antepasados. Un buen número de las consultas procedió de América sobre las líneas ascendentes grabadas en los apellidos de sus solicitantes.
Para responder a ese torrente de interrogantes, la historiadora de 37 años de edad tuvo que leer “más de medio millón de documentos”, que se dice pronto, seducida por un resquicio abierto por su padre, Carlos Idoate Ezquieta, quien en los años 80 investigó en el mismo período la emigración navarra a América pero focalizada en el valle de Baztan. Quien fuera director del servicio de Archivos y Patrimonio Documental del Gobierno de Navarra llegó a identificar a unos 1.400 navarros. “Mi planteamiento fue una especie de ensayo”, recuerda. “Fue una memoria de licenciatura que no es una tesis doctoral. El objetivo fue comprobar si se podía llegar a un resultado sobre la emigración a partir de los protocolos notariales. Empecé a buscar y me centré en Baztan, en parte por que me gusta muchísimo; y en parte porque es suficientemente grande para que proporcionar una resultado y a la vez pequeño para que la investigación no se eternizara”.


Ya su padre, Florencio Idoate, quien fuera una figura esencial en la investigación histórica en la Comunidad foral y también dirigiese el Archivo General, aludió a emigrantes de forma indirecta en Una matanza de vascos y navarros en Perú, publicada en Rincones de la Historia de Navarra.
La apertura de perspectiva por la tercera generación de historiadores a otros valles de la Montaña Navarra, incluida en la Merindad de Pamplona, aporta novedades en cuanto a número y vicisitudes que rodearon a quienes en el siglo XIX abandonaron sus hogares para emigrar.


Cree Raquel Idoate que, entre los 1.400 baztaneses localizados por su padre, más los 4.000 identificados en su tesis con nombre y al menos un apellido, el alcance de la emigración hacia Argentina, Uruguay y Cuba principalmente, es amplio y denso. Por mediación de María Luisa Guimón Fort, quien puso a su disposición imágenes y documentos del legado familiar en Elizondo, logró ampliar la nómina con 600 nuevas identidades. A la donante, fallecida en marzo, está dedicado un libro suyo (Los Fort : De Navarra a América. Comisionados de viajes en el negocio de la emigración). La suma realizada detalla un registro superior a 6.000 personas en un somero repaso, que lógicamente será mayor por el desafío de indagar en nuevos nichos de investigación a partir de protocolos notariales y el hábito de quienes cumplimentaban los trámites en el sur de Francia. Los hubo también que emigraron con identidad falsa. Le sucedió a Miguel Fermín Oreja, un joven de Errazkin que salió hacia México para huir de la Primera Guerra Carlista con el nombre falso de Pedro Arriaga. “Al cabo de un tiempo volvió e hizo un testamento por el que dejó dinero para que se arreglase la iglesia y se pagase al maestro de instrucción primera de su pueblo. Murió cuando regresaba a México”.
No hace falta bucear en profundidad para descubrir las razones que empujó a un contingente de navarros de la zona norte a emigrar. El hambre que se instaló entre las Guerras Carlistas fue el mayor acicate de aventuras, en parte, sin retorno. La economía familiar estaba debilitada y las alternativas de empleo eran menguantes por el cierre de ferrerías, como sucedió en el siglo XIX en Cinco Villas. “Había gran necesidad, muchas penurias en un período entre guerras. Las familias tenían muchos hijos. El que no heredaba la casa, buscaba acomodo en otra o sino tenía la obligación de emigrar. Los campos estaban arrasados. En Navarra no estaba desarrollada la tecnología para el campo. Y además había epidemias”.


LA LEY DE 1840
Hubo un cambio en la legislación estatal desde 1840 que activó los viajes en grupo numeroso con destino América. Asegurada la cobertura, comenzó el reguero de jóvenes de 16 a 25 años de edad, con profusión de varones dispuestos a poner en práctica sus conocimientos de pastores y labradores en ultramar. Fueron también mujeres que, a la hora de confiar su tarea, revelaban su capacidad de gobierno del hogar. “Algunas de ellas fueron reclamadas como tales por sus hermanos”, observa como detalle la historiadora.
La salida progresiva hacia América tuvo un reflejo directo en la merma de los censos demográficos de sus localidades de procedencia. Las pérdidas debilitaron el 11% de la pirámide poblacional en términos como Arantza o Leitza, donde, sino en todas, de la mayoría de sus casas partió algún miembro. Se daba la circunstancia del primado del primogénito en el reparto de la heredad, lo que se traducía en una dificultad para sus hermanos menores en la búsqueda de medios de subsistencia en el entorno conocido.
Reconocido el contexto social y fijado el amparo legal para emigrar en grupo, las condiciones dictaban la obligación de dejar por escrito y ante notario compromisos económicos contraídos, en forma de devolución de fianzas y autorizaciones familiares. Son precisamente estos protocolos notariales los que sirvieron de base a Carlos Idoate como a su hija Raquel en sus respectivas investigaciones.
“Generalmente -señala la historiadora- se hacía la escritura en el notario más cercano a la casa. Había 22 tipos de escrituras. Una de ellas, la obligación. Era una especie de contrato para pagar el viaje desde el puerto de Pasajes o Bayona hasta América. Otro tipo era el de la fianza”. Era necesario solicitarla porque los recursos familiares resultaban, de normal, limitados. Para comprender la carestía del viaje basta con señalar que su precio equivalía al jornal de todo un año. “Los 1.600 reales que ganaba el tamborilero de Lesaka eran un precio posible”. En esa circunstancia, ante notario, se adquiría el compromiso de devolver la fianza de una sola vez o a plazos.“Una parte antes de salir y la otra, al llegar”. En ocasiones, la hipoteca de la casa -“el bien más importante que tenía la familia”- era ofrecida como aval. “Me parece fuerte”, exclama Raquel Idoate. Ocurría también que algunos de los que emprendían la aventura habían sido elegidos en el sorteo para incorporarse a filas. En tal caso debían dejar por escrito el depósito de una cantidad para que otro joven ocupase su lugar en las quintas. La “licencia de embarque” constituía otro documento oficial. Tenía la validez de “un permiso de padres a hijos o de mujeres a sus maridos”.


“Me resulta curioso que en los testamentos se nombrase a los hijos que emigraon. Se iban de la casa y sus padres, a la hora de hacer el testamento, se acordaban de quienes habían ayudado a pagar el pasaje. Lo tuvieron presentes cuando en muchos casos se iban para no volver”.
Sobre las ganacias obtenidas tras años de esfuerzo en otro continente, “hubo mucha más gente que ayudó a su casa. Su identidad igual no ha trascendido pero fueron y son importantes para sus familias. Otros, con mejor suerte, financiaron la fuente, el frontón o la escuela de sus pueblos”.
Admitido como tal por su propio padre, el gran aporte de la historiadora pamplonesa al estudio de la emigración en el siglo XIX estriba en su amplitud de miras y un cambio de enfoque. Rescata del segundo plano a los gestores del viaje, “comisionados” para ser más precisos, según el lenguaje utilizado en la época para definir a quienes buscaban personas y les procuraban la infraestructura del desplazamiento y destino. En Elizondo hubo, al menos, tres generaciones Fort que se sucedieron en la captación de mano de obra en el propio valle de Baztan y su entorno y se encargaron de los trámites, incluido el pasaje. Por las averiguaciones realizadas por Raquel Idoate, su talante huye de la condición de administradores sin escrúpulos que se guiaban por el único fin de obtener beneficio en el negocio. Los Fort “ayudaron a muchas familias. Pudieron enviar dinero a Navarra, diferenciadas con el nombre del origen de la persona a la que se debía entregar . La gente siguió confiando en ellos tanto en América como Navarra”.
La saga de los comisionados Fort en Elizondo comenzó con los hermanos Juan Pedro y Esteban. Procedentes de la Alta Garona francesa se asentaron como curtidores que habían aprendido el oficio en la Baja Navarra. Aprovecharon el cambio de legislación de 1840 para los viajes a América para diversificar su actividad económica e iniciarse como comisionados. Lo hicieron siguiendo el ejemplo de armadores y navieras de Francia con los que mantenían contactos. Una de las vías de comunicación establecidas ató su destino con la compañía francesa Apeztegui Hermanos. La relación entre ambas familias se saldó con la apertura de una línea de transporte entre los dos continentes.
A medida que fue creciendo las posibilidades y la demanda de mano de obra en América, los Fort se dividieron. Una parte de la familia acabó instalándose en el destino para afianzar la infraestructura en la búsqueda de alojamiento y empleo a los braceros recién llegados. Otra se quedó en Elizondo, al mando de las gestiones de partida, de otros negocios y de la custodia de bienes que les eran conferidos para garantizar su cuidado durante las prolongadas ausencias. “Catalina Fort se casó con José Francisco Echenique, del barrio de Ariztegi, en Gartzain. Se fueron todos los hermanos, a excepción de dos a América. También el matrimonio. José Francisco Echenique era el herededo de la casa pero al emprender el viaje suscribió un tratado con los Fort de Elizondo para que se ocupasen de la administración de la propiedad. Mantuvieron una relación epistolar continua. Durante la Segunda Guerra Carlista, la casa se fue deteriorando poco a poco. Había muchos gastos y los Fort comunicó a Echenique que enviase dinero para que no cayese en manos extrañas”. La respuesta fue afirmativa. La casa, como la tierra, adquiere valor no sólo económico sino sentimental. Lo saben muy bien en la Montaña Navarra. Simboliza el lugar de pertenencia y arraigo.
FAMILIA MICHELENA MACHICOTE DE IGANTZI: DE 10 HERMANOS, 9 EMIGRARON A ARGENTINA


Del caserío Gotxekoborda, de Igantzi, salió Josefa Lorenza para contraer matrimonio con un herrero de Etxalar. Su unión, como la ilusión que avivaba al matrimonio joven con un futuro por delante, se quebró con la pérdida de él en una época de penurias y necesidades, herida por las Guerras Carlistas. Un nuevo rumbo puso a la viuda en la tesitura de emigrar a Argentina donde rehacer su vida, que se había cobrado un alto precio a costa de un proyecto familiar hecho trizas. Probablemente, la crudeza de un mal quiebro en el devenir de su historia forjó su carácter. Convertida en dueña de un rancho cuando contrajo segundas nupcias con un vascofrancés en el entorno de La Plata, en Argentina, no era raro verla pasear con un revólver en la cintura con intención disuasoria para aplacar cualquier connato de desobediencia en los braceros que tenía a su cargo. La imagen de mujer hecha a sí mismo en la adversidad quedó grabada en allegados y empleados a los que su recuerdo ofrecía un guión de anécdotas y relatos transmitidos a sus descendientes.
Pionera en la familia, su ejemplo de emigrante cundió en el ánimo de nueve de los diez hijos nacidos del enlace entre Mario Michelena Larrechea y Cecilia Machicote Chango en el caserío Tolareta, del barrio de Irisarri, de Igantzi. Sólo se quedó Feliciana al cuidado de sus padres. El resto se acogió a las posibilidades de empleo que ofrecía la hacienda gobernada con aplomo y tesón por Josefa Lorenza, a la que unía una corriente de parentesco sostenida entre La Plata e Igantzi.
Aunque fuese dura la vida de jornalero, “ordeñando vacas con el barro hasta las rodillas” no hubo reproche alguno de quienes hallaron cobijo y alimento, como apunta el pintor de Lesaka Juan Carlos Pikabea Zubiri, emparentado con la familia por lazos maternos. Nélida Michelena Vergara, argentina de nacimiento y prima segunda de su madre, Margarita Zubiri Michelena, no escuchó una palabra de lamento de su padre, Miguel, uno de aquellos nueve hermanos que abandonaron el caserío de Igantzi por la necesidad y la forja de un mismo destino.
Si no en todos, en una mayoría de las casas de la Montaña Navarra permanecen custodiadas en la memoria familiar historias de emigrantes, conservadas por los lazos de la tierra y la sangre. Reconoce Juan Carlos Pikabea que “el vínculo de la sangre y la familia atrae” y que también, sin decirlo, atrapa. El período de la emigración familiar, en su caso, fue ligeramente posterior al estudiado por Raquel Idoate, pero ejemplariza la singladura que arrastró a miles de navarros del norte a procurarse un futuro que su tierra de origen se lo negaba. Sus casos, con la distancia del tiempo y las diferencias de circunstancia y contexto, hallan reflejo en el espejo de cuantas personas huyen hoy de conflictos y del hambre en sus países de origen aun a riesgo de perder la vida en el intento.
La abuela materna del pintor, Purificación Michelena, tuvo dos hermanos, Ignacio y Pepe. Los dos siguieron la estela de la emigración que desembocaba en Argentina. Si lo hicieron fue para eludir la llamada a filas como soldados en la Guerra de Marruecos, justo ahora hace un siglo. Lograron su propósito pero nunca regresaron a su hogar. Si acaso el primero de ellos daba cuenta de sus vicisitudes en un envío epistolar irregular. Del segundo no hubo nunca noticias, quizás como signo de rebeldía del destino que se le había asignado desde el seno familiar. “Cuando llegaron a Argentina hallaron la acogida de sus primos. Allí se mantenía la filosofía de la cooperación. Cuando llegaba algún familiar se le ayudaba a buscar trabajo y casa”, relata Juan Carlos Pikabea, que es también Alzugaray y Michelena en la sucesión de sus primeros cuatro apellidos que anudan su relación con su ascendencia emigrante de Irisarri, de Igantzi.
No es difícil entender las razones del abandono del entorno conocido y las raíces cultivadas. Pero sí conmovedor atender a sus explicaciones. “Mi madre me cuenta que familias con muchos hijos solían pensar cuando nacía un nuevo hijo: ‘¿Qué vamos a hacer con éste? Igual hay que enviarle a América”, expone como un dibujo de tintes grises el pintor de Lesakae. La anécdota, hoy significada con dosis de curiosidad, contiene un mensaje de resignación y crudeza.
EL VIAJE DE LA MADRE A ARGENTINA
Sin olvidar el pasado, que es parte de una línea familiar, Juan Carlos Pikabea asegura que mantiene relación con su familia argentina. Con Ana Poci Michelena, descendiente de Miguel Michelena Machicote, conserva un hilo de correspondencia con el ánimo de regar el árbol genealógico que les une y que les ata a una historia compartida.
“Toda la ilusión de mi madre -indica- fue viajar a Argentina y encontrarse con familiares. Y lo logró. Se fue con Arkupeak. Estuvo visitando a la familia en La Plata y en Mar de Plata”. La distancia del océano, que un siglo o siglo medio atrás era una dificultad para quienes se aventuraban en travesías de semanas con el pesar de dejar atrás a seres queridos y la tierra que les vio nacer, está salvado por el puente imaginario del afecto que ensambla a tantas familias de la Montaña Navarra con sus antepasados, que es como decir, con su propia historia. De diez hermanos, nueve quedaron con el corazón partido entre Argentina y Navarra.
