Verano en mi pueblo

Verano en Cabanillas: un respiro entre barajas y chapuzones

Las piscinas municipales o el bar del Club de Jubilados La Unión son algunos de los lugares con más vida durante el verano

Vecinos de Cabanillas, en el bar del club de jubilados.
Vecinos de Cabanillas, en el bar del club de jubilados./Javier F. Aguerri

Javier F. Aguerri

Publicado el 19/07/2025 a las 05:00

Entre las orillas del Ebro y las Bardenas Reales, Cabanillas es un pueblo que, durante buena parte del año, goza de una notable actividad. Esta localidad navarra, de poco más de mil habitantes, es especialmente conocida por su escuela de cesta punta, el Club Cabanillas Jai Alai. Su origen se remonta a cuando la Federación Aragonesa de Pelota se fijó en las modernas instalaciones deportivas construidas en la villa.

No obstante, con la llegada del verano y el parón de la temporada de cesta punta, el pueblo se relaja. Los frontones del complejo deportivo, que el resto del año suelen tener bastante movimiento, quedan en silencio, salvo por algún aficionado o jugador profesional que aprovecha para entrenar por su cuenta. La atención se desplaza entonces a otros lugares, como las piscinas municipales o el bar del Club de Jubilados La Unión.

El primer espacio se convierte en el verdadero centro de la vida social durante el verano. Cuando se abren las puertas, los vecinos comienzan a llegar poco a poco. Entre quienes acuden habitualmente destaca un grupo de mujeres que cada día, a las cuatro en punto, se reúnen allí. Una de ellas es Vitori Romero Paz. “Disfrutamos mucho del verano en Cabanillas. Tenemos una tranquilidad que no se ve en las ciudades”, explica.

Además del baño, el recinto acoge un curso de aquagym que está teniendo mucho éxito. En él, se combinan ejercicio y agua como fórmula para combatir el calor sin renunciar a mantenerse activo. Esta actividad, además, sirve como punto de encuentro diario para muchas cabanilleras, que han hecho de esta rutina una parte imprescindible del verano.

El bar del Club de Jubilados La Unión es el segundo punto neurálgico del verano. Desde que abre sus puertas a las 14 horas, los clientes habituales se van reuniendo alrededor de las mesas para jugar a las cartas. El guiñote es, sin duda, el gran protagonista. Fernando Asiain Cervera, quien regenta el local, lo explica con naturalidad: “Siempre vienen a echar la partida. Para darle algo más de emoción, suelen apostar algún que otro euro o la propia consumición”.

Las partidas reúnen a personas de distintas edades. Algunos llevan jubilados varios años; otros acuden después de su jornada laboral para desconectar. Lo importante no es tanto ganar como pasar el rato y mantener una costumbre que lleva décadas presente en el pueblo. “En este bar se lleva jugando a las cartas más de 30 años”, señala Asiain. A lo largo de las mesas, los tapetes verdes empiezan a llenarse de cartas y monedas, mientras los participantes charlan, bromean o discuten sobre la jugada más reciente.

Aunque todos insisten en que lo esencial es divertirse, no falta quien se queja de la mala suerte o de que su compañero no ha interpretado bien las señas. Algunos, entre risas, lanzan acusaciones. “Aquí hay más de uno que hace trampas siempre que puede”, comenta uno de los presentes, aunque en voz baja “por si acaso”.

El ambiente es relajado, pero también competitivo en su justa medida. El bar, con sus televisores encendidos y su aire acondicionado, ofrece un refugio frente al calor, donde el tiempo parece ir más lento. Entre cafés y alguna que otra copa, los temas de conversación van desde la actualidad hasta anécdotas del pasado. El juego es la excusa perfecta para encontrarse cada tarde.

Los domingos, sin embargo, las mujeres de mayor edad también se suman a las partidas de guiñote junto a los habituales. Las mesas se reordenan, los equipos cambian, y el tono se vuelve aún más animado. Ellas, con experiencia y seguridad, demuestran que no tienen nada que envidiar. Los hombres intentan imponer su práctica, pero no siempre lo logran. Las jugadas se suceden entre risas y comentarios. No hay premios, ni trofeos, pero sí una satisfacción compartida que forma parte de lo que significa vivir un verano en Cabanillas.

Aunque en su día fue un destino más activo para el turismo rural y de aventura gracias a los albergues que ofrecían rutas por las Bardenas, excursiones hacia el Valle del Roncal o piragüismo en el cauce del Ebro, a día de hoy en Cabanillas el verano no es sino una rutina sencilla hecha de partidas, baños, conversación y tiempo compartido. Una calma que sus habitantes no cambiarían por nada.

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