Salud
El pueblo de Navarra donde se vive más y mejor: este es el secreto de su longevidad
De los 4.296 habitantes censados en esta localidad de la Ribera de Navarra, cerca de un millar tiene entre 65 y 101 años, incluidos 74 nonagenarios. El año pasado se celebraron los cumpleaños de tres mujeres centenarias, y en 2021 falleció Ángeles Álava a los 111 años. Sus vecinas y vecinos revelan el secreto de una longevidad tan extraordinaria


Actualizado el 31/03/2025 a las 09:28
Un olivo de 909 años custodia la entrada del Centro Termolúdico de Cascante, en el corazón de la Ribera. Dentro, en la piscina, once usuarios de una residencia de mayores realizan ejercicios en el agua de la mano de tres instructores. “¡Esto es la gloria!”, exclama Mª Jesús Hernández, de 81 años.
Cascante, con 4.296 habitantes, desafía las estadísticas de la longevidad. No solo se superan los 85 años, también se alcanzan los 90 y los 100 con una vitalidad envidiable. Especialmente las mujeres. Aquí vivió hasta el año 2021 la abuela de Navarra, Ángeles Álava, fallecida con 111 años. El secreto de la longevidad en esta localidad, explican sus vecinos, no es fruto de un milagro, sino de una integración social que ayuda a reforzar la autonomía y el sentido de pertenencia. El envejecimiento no se traduce en aislamiento, sino en vida en comunidad. Una fuerte estructura social favorece que las personas mayores mantengan un alto nivel de actividad física y mental. Desde hace años, Cruz Roja gestiona talleres con los que combatir la soledad. Asimismo, iniciativas como el festival Estaciones Sonoras incluyen a los mayores en la vida cultural, reforzando el sentido de pertenencia.


Este estilo de vida ha puesto a Cascante en el mapa de las posibles “zonas azules”, un término que define regiones con longevidad excepcional. En realidad, Navarra entera podría encajar en esta categoría. Según el INE, en 2024 la comunidad contaba con 299 centenarios y más de 9.500 personas mayores de 90 años, cifras en aumento. “No tenemos cines, pero escuchamos a los pájaros y vemos un cielo azul como en ningún otro lugar”, resume Asun Romeo Gómara, concejal de Bienestar Social. La clave está en la sencillez: movimiento diario, apoyo mutuo, alegría compartida y una dieta basada en productos de la tierra. “No es solo una cuestión de años, sino de cómo se viven”, suscribe. El envejecimiento saludable, en resumen, es una cadena de equilibrio entre naturaleza, tradición y vida social. Normalmente, las mañanas comienzan con paseos a la Basílica del Romero y continúan con tertulias en la plaza y actividades en el Club de Jubilados. Según los últimos datos de 2025, de los 4.296 habitantes en el municipio hay 949 personas entre 65 y 101 años (74 son nonagenarios). El año pasado celebraron los cumpleaños de tres centenarias; una de ellas falleció en noviembre.


Diario de Navarra ha visitado a quienes han hecho de la vejez una etapa de plenitud. Benita Melero, de 101 años; Mª Jesús Tabuenca, de 99; Bautista Díaz, de 93; Isabel Gómara, de 85; Romerito Falces “Romi”, de 86, y José María Alonso “Mari”, de 81, comparten un mismo propósito vital: actividad, voluntad, generosidad, optimismo... y un espíritu indomable. Este es su secreto.


BENITA MELERO FERNÁNDEZ (101 AÑOS)
El pasado 12 de enero, Benita Melero celebró su 101 cumpleaños rodeada del cariño de su familia, amigos y vecinos en Cascante. Dos meses después, Benita recibe al periodista en su hogar. Sentada en su habitación, frente a la televisión encendida, se disculpa con humor por sus limitaciones físicas. “No oigo y me fallan las rodillas, pero tengo buen pico y buena cabeza”, bromea tras haber desayunado y limpiado una habitación con dos camas, una estantería con muñecos y un televisor. A su lado, su hija Mª Carmen, su nieta Sonia Gorrindo, de 48 años, y la concejala de Bienestar Social, Asun Romeo, arropan la conversación.
Cuando Asun le muestra una fotografía en el móvil, la centenaria exclama con picardía: “¿Ya estoy ahí dentro? ¡Ay, si fuera joven!”, mientras se acerca con decisión al entrevistador. Su espíritu sigue intacto. “Si por ella fuera, se subiría a una silla a limpiar”, comenta Sonia entre risas. “Yo soy la que más me parezco a ella. Tenemos el mismo genio”. Y es que el carácter fuerte de Benita se forjó desde la infancia, cuando compaginaba la escuela con el trabajo en el campo. “Arrancaba los espárragos más rápido que los hombres, trabajaba más duro que ellos”, recuerda con orgullo, como si aún sintiera la tierra entre las manos. No es de extrañar que, cuando le preguntan por el secreto de su longevidad, responda sin dudar: “El trabajo y las arvejas”.
—¿Arvejas?
—¡Sí, arvejas! —espeta con extrañeza—. ¿No has oído hablar nunca de ellas?
Benita sonríe.
Pero su vida no ha sido solo esfuerzo. “Me ha gustado aldraguear, callejear y chismorrear, pasear hasta el Romero y, sobre todo, bailar con mi marido”. El recuerdo de su esposo, Juan Roncal, la emociona. Pide que le acerquen una fotografía de él en uno de sus viajes a Benidorm. “Bailábamos agarrados”. Para su familia, Benita sigue siendo el alma de la casa. “Mi abuela es una luchadora y sigue viva porque se siente necesaria”, afirma Sonia. “Sigue siendo la que mejor prepara las migas, la que mejor baila… Lo que más le gusta es dar. Siempre ha sido muy generosa”.
Otro de sus secretos es el buen apetito. La noche anterior a la entrevista cenó un bocadillo de tortilla con pimientos, un detalle que refleja su esencia: la de una mujer fuerte, que sigue disfrutando de la vida con la misma intensidad de siempre.


Club de Jubilados
El Club de Jubilados es uno de los grandes tesoros. En colaboración con Cruz Roja y el Ayuntamiento, lleva a cabo una labor esencial para el bienestar de sus miembros. “Disfrutan de un café solidario, celebran cumpleaños, juegan al bingo, a las cartas, al dominó, hacen manualidades, reciben fisioterapia y podología, además de participar en excursiones y viajes”, detalla la presidenta del centro, Mª Carmen Villeras.
En octubre, el consistorio organiza, con el impulso de Cruz Roja, un homenaje a todas las personas mayores de 65 años, una gran fiesta que reúne a una parte significativa de la población. Si tuviera que destacar un secreto de longevidad, Villeras lo tiene claro: “La subida al Romero. Para Cascante es esencial”. Más que una costumbre, se ha convertido en un hábito arraigado. A esta celebración de octubre se suma un reconocimiento anual a la vecina, vecino y matrimonio con más edad.
Esta mañana de martes, a las once, quince mujeres de entre 70 y 91 años se reúnen en torno a varias mesas rectangulares. Comparten bizcocho y conversación, poniéndose al día sobre el fin de semana. El periodista se une a la tertulia.
—¿Cuál es el secreto de la vitalidad de este pueblo? —plantea. La pregunta genera un breve silencio.
—No quedarse en casa. Y subir al Romero andando cuando el tiempo acompaña —responde María Ana Hernández, 89 años.
—Nuestra alimentación, basada en verdura local, es clave para la longevidad. Somos lo que comemos —añade Alicia Artegain, de 91.
—Aquí no paramos. Después del desayuno, gimnasia, natación, estimulación cognitiva, misa… —comparten la mayoría.
—Yo llevaba años encerrada, sin conocer a nadie, y gracias a este centro he cambiado. Ahora tengo amigas (si ellas me consideran así —sonríe—), nos preocupamos unas por otras y hasta participé en un cortometraje, El viaje de Ana —comparte Ana María, de 85 años, desde el otro extremo de la mesa.
—Luchar en la vida te mantiene en pie —resalta Mª Pilar Visanzay, 81.
—Estamos aprendiendo a usar la tecnología, y Alexa se ha convertido en una gran compañía —comenta Teresa Artigas, de la misma edad.
—¡Hay que volver a los pueblos para vivir más! —exclama con entusiasmo Isabel Hernández, 84.


Mª JESÚS TABUENCA (99)
De Mª Jesús Tabuenca Galindo, de 99 años, dicen que es la más querida del pueblo. Coqueta y algo perezosa, es una gran aficionada a los autodefinidos, los dulces y la fruta. Cascantina, es la quinta de seis hermanos.
—Escribe y también cose.
—Enhebro la aguja divinamente (ríe).
—¿Qué es lo primero que hace al levantarse por la mañana?
—Pintarme el ojito (se le escapa una carcajada). Hay que estar presentable. ¡Hombre…! ¡Es que me conoce todo el mundo! Me llaman por la ventana.
—¿Cómo fue su infancia?
—Recuerdo que a los 12 años empecé a trabajar en una sastrería y ya no fui a la escuela. Era un lince para coser. Como tenía mucho trabajo, a veces pasaba noches enteras sin dormir. Mi padre se quedaba conmigo y asaba una patatica para que no estuviera sola. Mi marido, Joaquín, era fontanero del Ayuntamiento, pero también le dejaban trabajos en las casas. Vivíamos bien. Tuvimos cuatro hijos. (Joaquín falleció en 2011).
—Va a cumplir un siglo de vida.
—Sí. A veces me acuerdo hasta de la guerra. Recuerdo el día que mataron a Munárriz. Estábamos en la calle, sentadas encima de una manta, cuando llegó mi padre. De repente, empezaron a aparecer camiones con soldados. Nos obligaron a levantar el brazo, yo no sabía qué significaba, pero todos pasaban con las escopetas en dirección a la plaza.
—Se expresa con una claridad meridiana. ¿Cuál es el secreto para llegar a los 99 años y ser la más querida?
—No tengo ningún secreto. Bueno, sí, uno: hablo con todo el mundo. Siempre he sido muy habladora. Dicen que me quieren mucho.
—¿Y no fue a la escuela?
—Los primeros años. Aprendí lo básico. Pero lo que sé es por los autodefinidos, que me entretienen mucho. He tenido una vida maravillosa.
—¿De qué momentos se acuerda?
—Me encanta celebrar los cumpleaños y que vengan a felicitarme, pero un año, durante la pandemia, no pudieron venir. Se escondieron al otro lado del cristal, en la acera. Y, de repente, salieron todos cantándome. Allí estaban mis hijos (se le humedece la mirada). También recuerdo cuando, con 93 años, me montaron en una avioneta. Me engañaron, me dijeron que íbamos a Pamplona a ver un nacimiento. Era un 4 de enero. Y, de repente… llegamos al aeropuerto. ¡Me dejaron pilotarla y todo! (ríe). Iba bajito para que viera. ¡He vivido y vivo muy bien!
—Yo creo que guarda más secretos.
—Tengo mucha fe. Cuando me levanto, abro la ventana y doy gracias a Dios por cuidarme. Ahora bien, para mí no hay nadie malo. Si nos lleváramos todos bien, viviríamos aún más. Se vive muy a gusto cuando no piensas en nada malo. ¿Cómo puedo estar tan contenta?
—Y guapa.
—¿Me ve guapa? No he tomado nunca una aspirina. No me enveneno. Eso sí, como fruta y dulces a todas horas.
—Me acaba de romper los esquemas.
—Y para desayunar, tostada con mantequilla, bien de azúcar y mermelada. Y cuatro cucharadas de azúcar al descafeinado. Y para comer, me gusta de todo.
—¿Qué aficiones tiene?
—Me gusta mucho la televisión. Veo de todo, hasta La isla de las tentaciones. No sé… tengo tantas cosas que contarte.
Al terminar, confiesa un último secreto que la hizo fuerte y prefiere no desvelar.
—Hay de todo y de todo se sale. Con optimismo y vitalidad, se sale. Ahora cuido a cinco bisnietos.


Al despedirse, abre la nevera y saca un sobre de jamón que parece reservado para las visitas. Lo ofrece con una sonrisa pícara, como quien sabe que la generosidad es otro de los secretos de una vida bien vivida. Se ríe, lanza un último guiño y asegura que, mientras la vida le siga regalando días, ella los vivirá con la misma alegría.
BAUTISTA DÍAZ JIMÉNEZ (93)
Si hay alguien que cante bien en el pueblo, ese es Bautista Díaz, el auroro de 93 años. Su voz resuena como un eco de tiempos pasados. A sus 93 años, su vida sigue el ritmo de la tierra y la tradición. Su madre, Luisa Jiménez, vivió hasta los 101. Nunca había pisado una consulta médica hasta los 91, cuando sufrió un infarto que la llevó al quirófano. “Hasta ese día, nunca necesitó ir al médico”, recuerda una mañana de cierzo en su casa, donde ahora vive solo tras la reciente pérdida de su esposa. “Mi sobrina Sandra es mi ángel de la guarda”, dice con un nudo en la garganta.


Su jornada comienza antes del amanecer. A las seis en punto, escucha el rosario del Papa y desayuna su ritual de siempre: un plato de aceite con ajo picado y un puñado de nueces y almendras revueltas. “El desayuno es mi secreto”. Luego, sin más dilación, sale al campo. Esta mañana ha limpiado treinta robadas de olivos con sierra y tijeras y ha alimentado a las gallinas, como si fuera lo más natural del mundo. Lo es para él.
La conexión con la tierra le viene de su abuelo, agricultor de los de antes. “Vivió hasta los 93 años y trabajó hasta el final. De él aprendí a desayunar ajo con aceite, a trasnochar y madrugar para trabajar”, cuenta con orgullo. No todo ha sido fácil. A los 65 años, sufrió un accidente con el tractor. Cayó por una pendiente y quedó inconsciente bajo la máquina. “Cuando desperté, estaba entero, sin un solo rasguño”, relata. Desde entonces, no ha vuelto a pisar un hospital.
Con la mirada puesta en el presente, observa con escepticismo el ritmo de la sociedad actual. “Veo que se corre mucho y que la gente solo quiere acumular”, reflexiona. Mientras tanto, él sigue a su paso, sosteniendo con su voz y su rutina el eco de una vida auténtica.


JOSÉ MARÍA ALONSO PÉREZ 'MARI' (85)
José María Alonso, ‘Mari’, de 85 años, y Romerito Falces, ‘Romi’, 86, coinciden en la calle principal, muy cerca del Ayuntamiento. Mari cuenta que se ha levantado algo cansado. El fin de semana ha cocinado migas para 500 personas y parece que le ha pasado factura. En cualquier caso, dice, suele madrugar, limpiar la habitación y acercarse al huerto. “¿Cuál es mi secreto? Creo que para vivir más hay que volver al campo y respirar aire puro. El trabajo también te mantiene en forma, sea el que sea”. Mari forma parte del grupo más antiguo de voluntarios de la Cruz Roja. “Desde que cumplí 14 años”. Su vida laboral comenzó a los 7. Alternaba la escuela con el trabajo en un obrador de pan. Horneaban pan de leña y asados. “Desde los 7 años sé cocinar asados. Por las tardes, tenía lección particular”. Hoy su gran ilusión es Endika, su nieto de dos años.


ROMERITO FALCES SOLA 'ROMI'(86)
A Romerito Falces le gusta que la llamen Romi. Lo deja claro desde el principio de camino a su casa, en una pendiente que parte del Ayuntamiento, donde se cruza con Mari. “Estos días me cuesta levantarme de la cama. Me duelen las piernas”, suspira. A pesar de los dolores, se aferra a la fuerza de voluntad que la acompaña desde la niñez, cuando le diagnosticaron polio y sus brazos se convirtieron en sus piernas. “¿Mi secreto? No rendirme y hacer lo que todo el mundo. Nunca quise vivir en una urna de cristal”, dice con determinación. A los 20 años abrió una perfumería, que más tarde amplió con una mercería. “Me jubilé a los 65 y entonces me dediqué a pintar”. Pero si algo la enorgullece es haber sido, quizás, la primera persona en Navarra en obtener el carné de conducir con una discapacidad. “Tenía un Seat 600”, dice con una sonrisa. “Tuve algo a mi favor: en casa siempre confiaron en mí”.


ISABEL GÓMARA ÁLAVA (86)
Isabel Gómara Álava, de 86 años, sube el último repecho de la calle Cuevas Virgen. Se apoya en su muleta. Frente a ella, la basílica del Romero. “Este es el banco en el que me suelo sentar”, susurra. Está bien ubicado, protegido del cierzo por los setos, bañado por los primeros rayos del amanecer. “Este es mi secreto de vida. El Romero es nuestro. Nos mantiene en pie”. Se quedó viuda con 42 años y tres hijos. “Te haces a ti misma”, sonríe.


Centro de Salud y Residencia
La enfermera del Centro de Salud, Almudena Marín Garbayo, con 14 años de experiencia en la localidad, subraya la importancia del trabajo comunitario y el desarrollo de activos de salud para fomentar el autocuidado. “Es fundamental que los usuarios se sientan seguros. Esa seguridad se construye con intervenciones que promuevan la autonomía, la participación y el bienestar. No son cambios inmediatos, pero a largo plazo marcan la diferencia”, destaca. Para ella, el bienestar de los mayores no depende solo de su estado físico, sino también de su percepción sobre los recursos a su alcance. “Cuando alguien se siente acompañado y respaldado, su necesidad de asistencia disminuye. Puede padecer los mismos dolores, pero no los vive de la misma manera”.
Otro pilar clave es la prevención de la fragilidad, con estrategias como evitar caídas y fomentar el ejercicio. En este sentido, el Centro Termolúdico de Cascante se ha convertido en un recurso esencial. Pero el bienestar no solo se mide en términos físicos, sino también en el apoyo a quienes los cuidan. Por ello, el Servicio de Respiro en el Centro de Jubilados, con transporte adaptado gracias a un convenio con Cruz Roja, supone un alivio imprescindible para las familias. Por otro lado, la Residencia Nuestra Señora del Rosario pone el foco en un factor decisivo: la felicidad. “Van de la mano”, subrayan desde el centro. “El fuerte tejido comunitario y la alta participación social son clave para que nuestros mayores vivan con plenitud en Cascante. Es una suerte poder aprender de su experiencia”.
En Cascante, envejecer no es retirarse de la vida, sino habitarla de otra manera. Aquí, la longevidad es la consecuencia de mantenerse en movimiento. De seguir sintiéndose útil, acompañado, escuchado.

