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Jornadas

El acoso escolar, en primera persona

Tudela cerró ayer sus Jornadas contra el Acoso Escolar con una charla en la que el ex jugador de baloncesto, Iñaki Zubizarreta, narró su experiencia como víctima de bullying en infancia

El acoso escolar, en primera persona
El acoso escolar, en primera persona
Actualizado el 16/05/2021 a las 06:00
La historia de un niño “al que se lo hicieron pasar muy mal”, y las secuelas que quedan después. Esta es la dura experiencia que narró ayer en el cine Moncayo de Tudela el ex jugador de baloncesto profesional Iñaki Zubizarreta Tellería y con la que la capital ribera cerró las Jornadas contra el Acoso Escolar organizadas por la concejalía de Juventud para visibilizar esta problemática y dotar de herramientas tanto a los jóvenes como a sus familias para gestionarla. Alrededor de medio centenar de personas escucharon atentamente cómo Zubizarreta, de 49 años y que en su carrera deportiva jugó en equipos como el Valencia Basket, Zaragoza o Cajabilbao, entre otros, les contaba sin paños calientes el bullying que sufrió en su infancia. Y lo hizo acompañado de Jesús Pernas, especialista en cyberbullying y al que calificó como “un hombre que me ha transformado la vida y me ha sacado de este pozo en el que estaba”.
DESTRUIR EL CORAZÓN
Zubizarreta, de casi 2,10 metros de altura, ya medía más de 1,80 con 11 años. “Era un niño normal, pero a todos les sacaba, por lo menos, la cabeza”, explicó, para comenzar a relatar el acoso escolar que comenzó a sufrir en el colegio cuando estudiaba 6º de EGB. Dijo que tras tener un curso anterior “una gran maestra” en 6º, le tocó otra profesora que “no vio al niño, sino el cuerpo”. “Pensaba que por mi estatura, por envergadura, podría hacer daño a los demás y me castigó todo el curso sin poder ir al recreo”, dijo. Añadió que el ‘juego’, como él lo denominó, “comenzó con un compañero nuevo que no destacaba por nada pero era bastante ‘chinche’ y que, como él solo no podía, buscó a amigos y, desde la cobardía del grupo actuaron contra un niño solo que no se podía defender”.
Recordó que un día fueron a jugar a un parque y el padre de ese chico comentó, en referencia a Zubizarreta, “que qué hacía ese subnormal jugando con su hijo”. “Mi madre cuando se percató, se enfadó y tuvieron una discusión acalorada y, al día siguiente, ese chaval me vino con el mote ‘Jacobo, cuanto más alto más bobo’ que me puso su padre”, reflejó. Añadió que la profesora le decía que “no tenía tiempo para responder a un bobo que no lo podía entender. También dijo que había un grupo de chavales de 16 o 17 años que le esperaban y le pegaban, o le dejaban notas diciéndole ‘no vales para nada’ o ‘suicídate’. Como consecuencia de una paliza “me desperté en el hospital tras dos días en coma”, expuso.
Un acoso que llevó a Zubizarreta, residente en Getxo (Vizcaya), a pensar en quitarse la vida. Algo que, finalmente no hizo porque sus padres habían perdido ya a dos hijos en un solo día, “y no me pareció justo que mi otro hermano perdiera a tres hermanos en tan poco tiempo”. Reconoció que lo que más echó de menos en toda esta situación “es no hubo nadie que parase aquello”, y consideró que su error fue “guardar silencio por no dar más problemas en casa”. Unos silencios “que te destruyen, porque te destruyen el corazón”.
Zubizarreta explicó que una de las secuelas que quedan en quien sufre acoso “es la gestión del conflicto”. Añadió que el suicidio de un niño de Hondarribia en 2004 fue el detonante que le hizo sacar “toda esa rabia mala contenida, rencor y asco a esa gente que me trató tan mal”. “Toqué fondo, vi que ese rencor no funcionaba y, a partir de ahí, ha sido todo un trabajo reconstruir ese dolor en positivo”, aseguró. Un trabajo que no ha hecho solo porque, según dijo, ha tenido la suerte “de contar con esa gente especial que, más que amigos, son familia, hermanos de alma”.
PARA QUE NO SE REPITA
Zubizarreta no dudó al afirmar que su secreto “siempre ha sido que jamás me he rendido, porque rendirse nunca es una opción”. “Hoy mi vida es un regalo. Por fin he encontrado un sentido a toda esta historia que me ha pasado, y es precisamente para trabajar con todas mis fuerzas para que no se vuelvan a repetir historias como la mía”, afirmó. En este sentido, dijo que “hace falta sumar voces” y que los niños y jóvenes informen a los profesores y sus familias de lo que pasa si ven un acoso escolar. “Guardar silencio por no ser chivatos nos convierte en cómplices y no nos exime de responsabilidad. No podemos mirar a otro lado. Tenemos que dar voz a todos esos niños que nos necesitan, y también a esos adultos que siguen cargando con esa mochila de los niños y las niñas rotos”, comentó.
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