Cuando el Atlántico no es nada

Casi 9.000 kilómetros y seis años separaron al nacer a la ecuatoriana Jacqueline Anchundia y a la adrianesa Rosi Moreno. Unidas ahora familiarmente, demuestran una amistad a prueba de prejuicios y estereotipos

Rosi Moreno (izquierda) y Jacqueline Anchundia se abrazan en la casa de cultura de San Adrián.
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Rosi Moreno (izquierda) y Jacqueline Anchundia se abrazan en la casa de cultura de San Adrián.R.M.
Rosi Moreno (izquierda) y Jacqueline Anchundia se abrazan en la casa de cultura de San Adrián.

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R.M.

Actualizado el 30/05/2019 a las 11:28

La conversación prorrumpe por momentos en explosiones de carcajadas, como fiel reflejo de la excelente sintonía y complicidad entre dos buenas amigas. Rosi Moreno es una adrianesa de 30 años, hija de una andaluza y un navarro, y profesional del sector del transporte. Jacqueline Anchundia nació en Ecuador hace 24 años. Llegó a San Adrián en 2007, junto con su madre y dos de sus tres hermanas -la tercera nació en San Adrián- en busca de un futuro mejor. “Tenía 12 años y al principio me costó mucho adaptarme. En Ecuador tuve una educación muy estricta y aquí, los niños no pedían las cosas por favor, no daban las gracias ni pedían permiso. Aquí básicamente no existían esas formas”, relata Jacqueline, procedente de la Costa ecuatoriana, una de las tres regiones, junto con la Sierra y Oriente, en que se divide el país latinoamericano. “Hay diferencias enormes dentro de mi propio país”, explica esta asesora comercial.

Unidas ahora por la sangre, se conocieron en un evento familiar hace cuatro años. Jacqueline empezaba entonces una relación con el primo segundo de Rosi, con quien ha tenido una hija hace pocos meses. Ahora, Rosi es la madrina de la pequeña.


Rosi Moreno: Enseguida nos acercamos la una a la otra. No somos nada diferentes. Parece que te separa una cultura, pero al final, todo el mundo es igual, tenemos los mismos valores y todos perseguimos lo mismo. Jacqueline es una persona encantadora. Y hay que evitar juzgar a los que vienen de fuera por el hecho de ser de fuera, que es lo que se tiende a hacer. Yo no tengo prejuicios con nadie. Y no solo me refiero a razas, sino a la cultura o a la personalidad.

Jacqueline Anchundia: De Rosi me gusta mucho que no tiene prejuicios. Da igual quién sea y cómo sea. Ella no juzga. Siempre le da una oportunidad para que se muestre tal cual es. Eso me gusta y en ese sentido nos parecemos bastante. No me gusta que se juzgue porque sí a una persona.

R.M.: Sí. Siempre hemos actuado con naturalidad. Cuando nos conocimos no hubo por parte de ninguna de las dos ningún prejuicio. Nos conocimos, empezamos a hablar y tan a gusto. Nos vemos a menudo porque mi madre y su suegra son vecinas y también por la nena.

RECELO EN EL INSTITUTO

Los inicios no fueron fáciles para Jacqueline. A esas maneras algo bruscas que de repente encontraba en España, se sumaba cierto recelo entre sus compañeros.

J.A.: Yo veía que aquí los niños hacían lo que les daba la gana. Aquello me chocó bastante, pero yo sigo con los valores y la educación que recibí de niña. Aparte de eso, aunque no fuese racismo, sí que veía que la gente era reacia a estar contigo por el hecho de proceder de otro sitio. No me hicieron bullying, pero sí vi que se lo hacían a otras personas ecuatorianas. Yo me integré a base de exponer lo que pensaba. Si me decían algo por ser ecuatoriana, cogía y atacaba. Puedo contestarte educadamente pero decirte barbaridades (risas).

R.M.: A mí me encanta conocer a gente de todas las culturas. Pero sí que veo que aquí se encasilla mucho sin conocer, especialmente a los musulmanes. Muchas veces no se da la oportunidad de conocer a la gente. Aunque sí que es cierto que San Adrián es cada vez más multicultural y cada vez es más normal ver a niños juntos, o cuadrillas de jóvenes con personas de diferentes razas. Pero las personas más maduras suelen estar más separadas. Los de aquí con los de aquí. Mi madre es andaluza, pero parece que se separa lo español de lo demás.

J.A.: Con los marroquíes está bastante marcado. Mi mejor amiga es marroquí y se nota muchísimo. Ella es marroquí moderna. No lleva pañuelo y está casada con un español. La gente mayor lo hace de forma inconsciente pero encasilla a las personas según su origen. “Moros, gitanos, ecuatorianos...”.


En ese contexto, Rosi y Jacqueline representan el modelo perfecto de integración, de una amistad a prueba de prejuicios y estereotipos, sana, humana, con el aprecio mutuo como bandera.

R.M.: De Jacqueline me gustó mucho que fuese tan abierta para hablar con todo el mundo. Aunque no nos veamos todos los días, sé que puedo confesarle cualquier asunto íntimo. Es una persona muy comprensiva, muy madura pese a su juventud. Se nota que ha tenido otros valores, otra educación. Es jovencita, pero desde que le conocí, siempre pensaba que era mayor por la forma de entender la vida. Es muy familiar. Los valores principales los tiene muy claros. Y eso es muy bueno.

J.A.: Rosi no tiene prejuicios. Porque aquí a la gente le extraña que sea ecuatoriana por ser alta y delgada. Pero es que en España también hay personas bajitas y gorditas.

R.M.: Es que eres muy alta para ser ecuatoriana (risas).

J.A.: Yo le digo a la gente que Ecuador es muy grande. Mi padre mide 1,90 m., para empezar. Y soy ecuatoriana de pura cepa.Me sigue chocando que la gente no se crea que soy ecuatoriana. Es cierto que he ido perdiendo el acento, pero cuando me enfado, me enfado en ecuatoriano. Y con mi familia siempre me sale más el acento. En España es más habitual que los ecuatorianos procedan de la Sierra, que quizás tienen un carácter más cerrado.


Tanto una como otra, tienen claro que las nuevas generaciones, los niños de la escuela, crecen en un ambiente más integrador.

R.M.: Yo creo que las cosas están cada vez mejor. Yo creo que los niños maman la integración desde pequeños.

J.A.: Yo creo que es así. El problema está en los adultos que son los que tienen los prejuicios. Los niños se van juntar con cualquiera. El problema es lo que escuchan en casa.

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