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Andaluces con raíces en San Adrián
El destino de la cordobesa Paqui Jiménez y del malagueño Diego Espejo parecía escrito en San Adrián. Él llegó a Navarra en 1976, con 13 años. Ella, un año después, con 16. Ex cuñados, han sabido mantener la amistad y la pasión por su tierra


Actualizado el 30/05/2019 a las 11:29
Nacidos en pueblos próximos de Andalucía, pese a ser ella cordobesa y él malagueño, Paqui Jiménez y Diego Espejo son la voz de la experiencia. Ambos llegaron a San Adrián en la década de los 70, con las oleadas migratorias que se desplazaron desde el sur español hacia el norte industrial en busca de un futuro más próspero. San Adrián venía tejiendo ya desde los años 20 una productiva red económica que se convirtió, hace 40 años, en el principal reclamo para otras poblaciones españolas con menos recursos. Incluso a casi 1.000 kilómetros de la Comunidad foral.
La familia de Diego Espejo se desplazó al completo en 1976 desde Villanueva de Algaidas (Córdoba). Él tenía entonces 13 años. Un año después, en 1977, lo hacía la familia de Paqui Jiménez, que entonces era una adolescente de 16 años, desde el municipio malagueño de Villanueva de Algaidas. Apenas 20 kilómetros separaban una localidad de la otra. Primero les unió San Adrián. Después, el amor y el desamor. “Tenemos la particularidad de que somos cuñados, o más bien, ex cuñados”, dice Paqui Jiménez. “Me casé con su hermana y tuvimos dos hijos. Pero nos separamos hace 25 años”, apostilla Diego Espejo, que, como se ve, nunca ha perdido el contacto con la familia de su ex mujer.
Estamos en los años 70. España sale de la dictadura franquista, pero sigue experimentando el fenómeno de la migración, tanto fuera como dentro de las fronteras del país. En Iznájar y en Villanueva de Algaidas, varios vecinos hablan de las posibilidades de trabajo en un pueblo navarro sembrado de chimeneas industriales: San Adrián.
Diego Espejo: Cuando vinimos aquí ya habían llegado muchos andaluces. Se pasó de boca en boca y al final, la gente que se desplaza procede de un mismo pueblo o de una misma zona. Aunque vinimos toda la familia, mi madre vive ahora en Córdoba, con mi hermana mayor y con la pequeña. Mi padre falleció.
Paqui Jiménez: Nosotros también nos vinimos toda la familia. El proceso del movimiento migratorio fue similar: vinieron a San Adrián unos vecinos, el tema se fue comentando y ante la falta de trabajo en nuestro pueblo nos vinimos toda la familia. En principio, pensábamos que iba a ser sólo para la temporada del espárrago, pero encontramos trabajo, y hasta ahora.
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EL CHOQUE CULTURAL
Salvando las distancias, aquellos familias procedentes de Andalucía que llegaron hace más de 40 años, se enfrentaron a algunos de los prejuicios a los que ahora tienen que hacer frente las personas de otros países que llegan a la localidad navarra en busca de trabajo.
D.E.: El choque de culturas se notaba mucho al principio. Ahora, con el paso del tiempo, ya no. La gente está acostumbrada. Y ya no hay la inmigración de antes, esas oleadas que igual traían a 500 personas o más de golpe. Ese choque sí que provocaba cierto recelo. De chiquillo sí que recuerdo algún insulto, alguna peleílla, pero cosas de niños. Ahora el choque cultural lo tienen los magrebíes.
P.J.: Al principio no quería venir. Te puedes imaginar que con 16 años es muy duro dejar tu tierra y tus amigos, para llegar a un sitio en el que no conoces a nadie. Es una edad muy difícil para un cambio así. El primer año me moría de frío. Respecto a la gente y al choque cultural, lo cierto es que a nivel personal nunca me he sentido atacada. Veía más cierto rechazo a nivel colectivo. Y alguna vez sí que escuché, algo así, como “que se vayan a su pueblo”. Pero también escuchaba comentarios de andaluces que no me gustaban. No puedes criticar las costumbres del lugar al que llegas o la forma de hablar, de llamarle a las cosas. Yo creo que cuando llegas a un sitio eres tú el que tiene que adaptarse. Yo vi un rechazo por parte de los dos. El desconocimiento es lo que genera la desconfianza. Pero una vez que se conocen las personas, la cosa cambia.
Conscientes de que las diferencias culturales se arreglaban desde el conocimiento, la comunidad andaluza adrianesa fundó en 1996 la asociación Raíces de Andalucía, que se ha convertido en un elemento básico para no perder el contacto con sus orígenes y además, promover la integración.
P.J.: Yo ahora soy secretaria de la asociación y fui presidenta. Mi vinculación con la asociación ha sido desde su fundación. Excepto cuatro años que estuve de concejal -independiente por UPN-, el resto del tiempo siempre he estado en la junta directiva.
D.E.: Pues yo creo que hemos llevado casi el mismo camino. También fui concejal y también presidí la asociación, de la que fui uno de los fundadores. Mi hija nació aquí pero es más andaluza que yo. Se pierde por todo el folclore andaluz, por el cante y el baile.
P.J.: Además de las asociaciones culturales, yo creo que hace falta mucho diálogo. Sentarte a hablar con personas que son diferentes a ti en su cultura y procedencia. Porque al final, todos somos iguales. Si de verdad hubiera integración, este proyecto que hace Diario de Navarra no existiría. Nos falta interés por los demás, acercarnos a una persona distinta y decirle, “de dónde vienes, qué quieres, tienes algún problema, necesitas algo...”. No lo hacemos.
D.E.: Hay que darse a conocer a través de la cultura. Yo creo que será lo más importante. La mejor forma de conocer a la gente es a través de la cultura. Ya sea a través de asociaciones. Y también con intercambios culturales. Nosotros llevamos aizkolaris a Andalucía. La gente se quedó alucinada. Y los propios aizkolaris nos decían que se habían divertido cortando troncos. La gente recogía las astillas de los troncos para que las firmaran los aizkolaris y después colgarlas en las paredes de casa. También hemos traído grupos de Andalucía a cantar y bailar...
