Concejo

El dicho navarro que no se cumple: comprobamos que sí que hay gente "un martes en Labeaga"

Este concejo del Distrito de Igúzquiza reniega del dicho popular de la comarca que les alude a ellos y un día de la semana para decir que no hay nadie. Pues sí hay gente, historia y paisaje

El paseo de todos los días de Gloria Goñi y Jesús Mari López (a la derecha) se nutrió de encuentros con, en el coche, María Teresa Díaz de Cerio y su hija Marta Botero. Apoyado en el vehículo Esteban López y a su lado Lucía Otero,
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El paseo de todos los días de Gloria Goñi y Jesús Mari López (a la derecha) se nutrió de encuentros con, en el coche, María Teresa Díaz de Cerio y su hija Marta Botero. Apoyado en el vehículo Esteban López y a su lado Lucía Otero,
El paseo de todos los días de Gloria Goñi y Jesús Mari López (a la derecha) se nutrió de encuentros con, en el coche, María Teresa Díaz de Cerio y su hija Marta Botero. Apoyado en el vehículo Esteban López y a su lado Lucía Otero,

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Myriam Munárriz

Publicado el 30/06/2024 a las 05:00

Un martes en Labeaga (Distrito de Igúzquiza) está, a las seis y media de la tarde, el matrimonio de jubilados Gloria Goñi y Jesús Mari López junto a Loli Curiel, de la misma edad, cumpliendo con su paseo diario. Está también Esteban López, casado con Loli, seguramente que como ellos dando una vuelta por el pueblo, o quizá revisando algún pasaje histórico de Labeaga y puede que también tallando piedra.

Quizá ese día, como secretario de cuentas del pueblo haya quedado con Lucía Otero, la presidenta del concejo, a la que le gusta salir a la calle para ver el extenso mar verde en primavera, amarillo en verano y marrón en otoño que enmarcan Montejurra, Monjardín y la sierra de Lóquiz.

Un martes en Labeaga, entre sus 30 habitantes, también está María, que sale con su galgo recién rescatado de una perrera a andar por el campo. Y Marta Botella, de mediana edad como María, que se ha acercado a ver a su madre desde Ayegui, María Teresa Díaz de Cerio. Las dos han ido en coche al cementerio y, a su regreso, se han encontrado con Lucía, Gloria y Jesús Mari, por lo que se han quedado a hablar un rato. También un martes está Raúl Iturralde, de 50 años, y que vive junto al molino de Labeaga. Como cada día, hay que dar una vuelta a los terrenos para ver que todo está en orden. Y esto es lo que ocurre un martes en Labeaga, desterrando así el dicho popular en Tierra Estella que para decir que no hay nadie en un sitio echa mano de la frase “menos gente que un martes en Labeaga”. “Pero eso se empezaría a decir a partir de los años sesenta, cuando se produjo el éxodo rural porque me han contado que a la zona del molino venían muchas cuadrillas”, dice Lucía, vecina desde hace dos años de un pueblo que dice le atrapó cuando acudió a una fiesta del valle. “Entonces estaba en Arbeiza”, recuerda esta guipuzcoana, que recaló en Tierra Estella huyendo de la vorágine de la ciudad. “Para mí es calidad de vida que el ritmo sosegado de un lugar conecte con mi yo interior, que es bastante tranquilo”.

Esteban tampoco es natural de Labeaga. “Yo vengo de un pueblo muy pequeño de Burgos y llegué a Estella a trabajar. Me casé con una de Labeaga y le convencí para hacernos casa aquí”, dice riendo. La pena es que los jóvenes no se hayan quedado; ninguno de aquella cuadrilla de una decena de niños y adolescentes. Ahora la más joven de Labeaga tiene 20 años.

Quizá, como a Marta, que lleva veinte años viviendo en Ayegui, les haya pesado el ritmo que impone tener hijos adolescentes. “Estoy continuamente con el coche, fíjate si fuera aquí. Eso sí, me encanta mi pueblo, guardo un recuerdo increíble de mi niñez donde salíamos a la calle en pijama y siempre para la gente seré Marta la de Labeaga”.

Raúl, en cambio, hizo el camino a la inversa. De estudiante vivió en Estella y Eibar (Guipúzcoa) - “donde por cierto, me llegaron a decir lo de menos gente, pero citando que en el Molino de Labeaga. Supongo que gente que venía de las colonias que había aquí”- y regresó a su pueblo. “Vivo muy tranquilo, sería incapaz de regresar a una ciudad”. Como Jesús Mari, que también fue vecino de Estella. “Pero nevara o tronara, fin de semanas y vacaciones, nos traía aquí”, recuerda Gloria. Hasta que sus hijas fueron adolescentes y entonces el matrimonio fijó su residencia en Labeaga. “Me dejé convencer y eso que a mí me gustaba Estella. Pero aquí también estoy a gusto”. “¿Pero qué hay un martes en cualquier pueblo pequeño? ¿O incluso en Estella?”, interviene Loli, que reconoce no le agrada el dicho popular. “Por el fútbol de mis hijos me ha tocado ir a muchos sitios de la ribera en los que no te encontrabas con nadie. O como aquella otra vez que Esteban y yo bajamos a Estella y tampoco había gente por la calle. Fuimos a un bar y allí estaba sólo una pareja de Labeaga”.

SIGUE EL AUZOLAN

Como en otras muchas localidades rurales, sobre todo en las más pequeñas, se ha mantenido la costumbre del auzolan. Y estos días para ese trabajo en común vuelven a estar citados los vecinos. “Tenemos un comunal al que hay que darle acceso, por lo que nos han concedido el permiso para talar cuatro árboles”, dice Lucía. “Ahora ya no vamos muchos porque la gente se ha hecho mayor”, comenta Raúl.

Y hablando de comunales, Esteban recuerda cuando se subastaban los campos de ganado. “Y el pastor que se los quedaba sabía que a cuenta debía darnos un cordero que se juntaba el pueblo para comerlo el 30 de mayo”. Ahora esas fincas son agrícolas y no sólo se ha perdido esta cita popular, también las fiestas o las misas de los domingos. “Bueno, tenemos la fiesta del valle que es una jornada de encuentro entre todos los pueblos”, tercia Lucía.

Fiestas que eran en octubre y, recuerdan entre risas Esteban y Marta, aquellas de 1999 cuando se contrató a la orquesta Troya, de Zaragoza. “Estábamos en la comida popular y vimos llegar a un camión. Pensábamos que sería algún transportista que se había perdido. Pues no, era la orquesta. ¡Y nosotros acostumbrados a músicos que nos llegaban en furgoneta! Traían dos tiarrones enormes como gogós y tuvimos que poner mesas debajo del escenario para que nos se hundiera”.

Sin campanas en la iglesia pero a buen recaudo la estela medieval

Hace unos ocho años robaron las campanas de la iglesia. “Pero al menos no se llevaron la estela funeraria medieval”, dice Esteban, sobre una lápida que estaba a la entrada del antiguo cementerio construido junto a la parroquia. “Me avisó un vecino que había tres tipos merodeando, así que me acerqué y uno hizo como que sacaba foto; pero a los otros dos se les veía nerviosos y no paraban de decirle que se fueran, que se hacía tarde”. Así que avisaron a Príncipe de Viana que se hizo cargo de la pieza, guardaba en su depósito junto al campo de fútbol de Merkatondoa en Estella. “No dijeron que podíamos ir a verla cuando quisiéramos pero, no, hay que pedir permiso y a ver si te lo dan”.

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