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Me quedo en el pueblo

Dejó Barcelona por Cirauqui... y por amor

Isabel Cadena Riera, empleada de banca, se enamoró de Javier Sánchez de Muniáin Valencia, agricultor. Él le dijo que el trabajo se puede mover de sitio, las tierras no. Y se mudó ella, que ahora preside la asamblea de Cruz Roja en Estella

Isabel Cadena Riera, presidenta de Cruz Roja en Estella, junto a la iglesia de Cirauqui.
Isabel Cadena Riera, presidenta de Cruz Roja en Estella, junto a la iglesia de Cirauqui.
Actualizada 04/04/2021 a las 06:00

"El trabajo se puede mover de sitio, las tierras no”, le dijo Javier Sánchez de Muniáin Valencia, agricultor de Cirauqui, a Isabel Cadena Riera, catalana del centro de Barcelona, empleada de banca. Se conocieron en una cena con amigos comunes hace quince años y el argumento fue decisivo. Dos años más tarde, ella dejó una vida “acomodada” entre millones de habitantes para escribir una nueva historia en un pueblo de menos de 500. Problemas de salud le alejaron de su puesto de trabajo y ahora es presidenta de la asamblea de Cruz Roja en Estella.

Isabel, 57 años, desgrana su periplo en la terraza del bar de jubilados de Cirauqui, en la plaza, donde está Apellániz, la casa natal de su marido, y donde vivió sus primeros años en el pueblo. “Nos encontramos de casualidad, un día de la Mercé, 24 de septiembre en que yo celebraba mi cumpleaños con amigos. Él había ido a pasar el fin de semana con una pareja amiga mía, me comentaron si me importaba que se uniera”, describe que el amor hizo el resto. “Yo no tenía ninguna intención de cambiar de vida, tenía trabajo, muchos amigos, mi familia, mi piso, viajaba y era independiente económicamente... Si alguien me dice entonces que acabaría aquí me reiría, mis amigos no me daban más de seis meses, pero Javier es una persona muy noble, agricultor desde los 18 años, por vocación y por amor a la profesión, es, de las personas que conozco, una de las que más le gusta su trabajo y es una de las cosas que me enamoró de él”. Los primeros meses de la relación, en la distancia, fueron algo enrevesados. “No había Alvia, en avión los billetes eran muy caros y el coche cansado solo para un fin de semana, pero hacíamos todo tipo de cábalas, a veces hasta Zaragoza y desde allí en el Talgo...”, repasa.

Hasta que ella consiguió el traslado de la entidad financiera donde trabajaba y se casaron al poco. Dice que en Cirauqui es “la catalana”. Le pesó decir adiós a su Barcelona cosmopolita, pero fue bien acogida en la Navarra rural. Pudo el amor y ha ganado en tranquilidad. “Y en la paz que me proporciona llegar a casa y sentarme frente al paisaje. Además, en la ciudad puedes estar con mucha gente y no saludar a nadie en todo el día, aquí es al revés”.

La desventaja, que la hay, “es depender del coche para todo, aunque es cierto que en el pueblo hay lo básico: centro de salud, farmacia, panadería, carnicería, ambulantes de fruta o pescado, ... y muchos niños, sin duda el futuro de cualquier pueblo. Van a la escuela a Puente la Reina y después a Estella”, se detiene Isabel en el encanto de las callejuelas empedradas de Cirauqui, en balcones vestidos de flores, en su densa historia, la calzada romana, el camino de Santiago, ahora desalmado.

Isabel sufre Estenosis de Canal. Lo cuenta con naturalidad, con la serenidad que tal vez otorga la enfermedad. Han sido cuatro operaciones y otras catorce ambulatorias, un periplo oscuro y largo de informes, consultas y respuestas negativas que dibujaban un futuro no lejano en silla de ruedas, hasta que en uno de los cientos de correos que envió, de puertas a las que llamó, dio “con el ángel”, como califica a la neurocirujana que decidió apostar y le intervino. Las consultas continúan, pero avanza, con permiso de las crisis que le dejan días postrada. Al menos, los dolores indómitos están más controlados: “Un día sin dolor, eso es la lotería para mí”.

Su relación con Cruz Roja, a la que dedica ahora buena parte del día y toda la ilusión, comenzó hace cuatro años en la consulta del dentista. Bueno, exactamente antes de entrar. “Cuando empecé a encontrarme bien iba al dentista en Estella y justo al lado está la sede de Cruz Roja. Me asomé y hasta hoy”, sonríe con unos ojos grandes y expresivos un proyecto que abarca desde Puente la Reina hasta Viana. La pandemia ha sido una prueba maldita, pero allí siguen, con las burbujas y los malabarismos para esquivar contagios y evitar confinamientos que trastoquen una agenda donde pocas líneas caben ya. Suman 110 voluntarios, activos unos 30, pero los aforos mandan y ahora es de 9 personas, de modo que rotan.

Isabel estudio Dirección de Empresa y es Ingeniera Técnica Agrícola, de ahí la primera conversación con Javier: “Nos pusimos a discutir de tractores”. Y domina el inglés, de manera que su formación le ha ayudado a profundizar en el voluntariado, donde ya tenía camino andado, en campos de refugiados en África, en Asia... En Cruz Roja llevan a cabo asesoría en Extranjería, técnica de desarrollo local, de empleo y atienden el huerto eco social en un terreno cedido por los capuchinos, tanto voluntarios como usuarios son personas vulnerables. “No sé si es más lo que das o lo que recibes, lo hacemos porque nos sentimos bien. Coges vitaminas”.


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