Marcilla alza su rabiosa

Una azada de kilo y medio y mango de madera de setenta centímetros abandonaba el campo para protagonizar el campeonato mundial

Lanzamiento de Rabiosa en Marcilla.
Lanzamiento de Rabiosa en Marcilla./Irati Aizpurua

Gael Laspalas

Publicado el 27/08/2025 a las 20:19

Las calles de Marcilla repletas. El vallado del encierro abierto para que los coches pudieran serpentear por el pueblo. Las banderas colgadas de los balcones. La plaza de la Calva, frente al Castillo de Marcilla. El bar Palomo, el Castle y el Paquita con sus terrazas desbordadas de zuritos y pacharán desde las once. El foso del castillo congregaba al vecindario y, poco a poco, las murallas y vallas amarillas que delimitaban la zona de lanzamiento se llenaban de brazos apoyados, esperando a que dieran las doce. Categorías: infantil, veterana, masculina y femenina.

Cuando el reloj marcó el mediodía, Marcilla se detuvo para mirar hacia un mismo punto: la rabiosa, esa azada de kilo y medio con un mango de madera de 70 centímetros que se convierte en protagonista de un campeonato singular. Desde 1988, el foso del castillo ha sido escenario de lanzadores locales y forasteros que convierten un gesto ancestral en arte festivo. Treinta y siete ediciones después, el ritual sigue vivo: un pueblo entero pendiente del vuelo de la rabiosa.

La competición arrancó con la inocencia de los más pequeños. En categoría infantil, Eric Aguinaga sorprendió al público con un lanzamiento de 17,70 metros y lo celebró con los brazos en alto. Una distancia que le valió los aplausos de todos y un considerable premio de 100 euros.

Después, los veteranos demostraron que la experiencia también se impone. Miguel Romeo, con 23,75 metros, se llevó la victoria y, con ella, un lote y 100 euros. Su veteranía quedó reflejada en la técnica y la seguridad de su lanzamiento.

El turno femenino tiñó de aplausos el foso. Aisha Bencheikh, con un estilo preciso, alcanzó 18,59 metros y conquistó no solo el podio, sino también la ovación emocionada de la multitud. Su recompensa: una botella de vino y 300 euros, aunque el verdadero galardón fue el reconocimiento de todo un pueblo en una mañana donde la azada era la auténtica protagonista.

Finalmente, la categoría masculina cerró la jornada. José Ignacio Aguinaga, heredero de una saga, lanzó hasta 27,89 metros. El silencio previo se rompió en un estruendo de aplausos cuando la azada tocó tierra. El premio: un vino y 300 euros que supieron a gloria compartida.

No es deporte, dicen. Quizá tampoco folclore. El lanzamiento de la rabiosa es un rito que une generaciones, que teje la memoria de Marcilla entre las piedras de su castillo. Es, en definitiva, la expresión de un pueblo que, año tras año, convierte la fuerza en celebración. Y mientras la música y la alegría se extendían por las calles, todos sabían que, más allá de los metros y los premios, lo esencial era haber vivido juntos ese instante en que la azada se alza contra el cielo y el pueblo entero, en un mismo gesto, se eleva con ella.

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