El libro viajero Lumbier
Rancheras y vermú para viajar en libro
118 personas viven en la residencia San Isidro de Lumbier. Cuatro de las más autónomas han redactado y diseñado el capítulo del Libro Viajero en el que cuentan su actividad cotidiana y las ganas que tienen de retomar las excursiones


Publicado el 11/07/2021 a las 06:00
Es viernes. Mediodía. En la residencia San Isidro de Lumbier suenan rancheras. Y, de pronto, ‘No te vayas de Navarra’. La alegría revolotea por el jardín, junto a la carretera, con vistas al pueblo en lo alto de la ladera. Viven en la casa 118 personas y, quienes pueden, comparten el vermú que anticipa el fin de semana... y, a veces, “solo a veces”, unas migas. “Es la atención centrada en la persona”, incide Vanessa Sola Iso, 42 años, dieciocho como terapeuta ocupacional en Lumbier. “Como no se podían hacer las excursiones, pensamos en darle la vuelta con el Libro Viajero, en el que contar dónde viven, las actividades que llevan a cabo... En nuestro caso lo hicimos con muchas fotos, visual y añadimos un video con las residencias rurales”, y apunta que el soporte físico lo plantearon grande. En Lumbier hicieron el sorteo para elegir las etapas, la primera fue Ochagavía y hacia allí salió, corte de cinta incluido, en una singular maleta de goma. “Ha sido un revulsivo y conocernos de esta manera, resulta gratificante. La idea es que después del viaje el libro regrese aquí y podamos hacer una fiesta con al menos una persona mayor de cada resi”, avanza Vanessa.
La unidad de convivencia que goza de mayor autonomía ha escrito el capítulo de Lumbier. Los cuatro autores describen la experiencia sentados en una mesa del patio. Uno de ellos, Benjamín Ruiz Lucio, nacido en Yuso, en Cantabria, en 1938. “Más de 60 años llevo en Navarra, más que la Vanessa”, propicia las risas. Vive en la resi desde hace cinco años. “Feliz”.
Junto a él se sienta Nicanor Iribarren Iriarte, natural de Esparza de Salazar. Tiene 87 años y no ha pasado buena noche pensando en la entrevista. “Es que me pongo nervioso, como cuando tengo que ir al médico, igual”, explica y cruza las manos, con sus ojos de buena gente. Fue ganadero, siempre en Esparza, “con vacas y ovejas, trabajar mucho y ganar poco”. “Pero hemos vivido a gusto”, concede. Nicanor ha sido el maquetador, diseñador del libro, tijera y papel en mano, corta y pega y vuelta a empezar. “¿El Libro? muy bonito me ha parecido, ahora no se puede, pero ya haremos algo algún día”, mantiene intacta la esperanza en Lumbier, residencia donde la covid no ha conseguido cruzar la puerta. Hay en la casa una cuidadora de Esparza y ese es un vínculo importante para él. No la puede presentar porque son sus días de descanso.
A Miguel García Maya, 76 años, natural de Montilla, en Córdoba, le agrada leer y escribir, de modo que ha sido el redactor del Libro en Lumbier. “Es como una terapia”, confiesa. Fue a la escuela hasta los 18 años, con los Salesianos. Luego se trasladó a Pamplona. Trabajó primero de cartero, en 1966, con un sueldo de 4.500 pesetas. “Más tarde fui soldador en Super Ser, allí ya ganaba 13.000 y de allí fui a montar la granja de pollos Gallina Blanca, en Zaragoza y a la mili de telefonista en Huesca. Desde 1975 trabajé en Volskwagen, donde me jubilé”, relata preciso su periplo laboral. Llegó a la residencia para recuperarse de una dolencia. Pero vio que vivía mejor y se quedó. Después de él entró su madre, espontánea y conversadora, los 95 años de María Luisa Maya iluminan cualquier mañana gris.
María Teresa Ocaña Beraza, 84 años y “corazón joven”, tiene claro que el pueblo más bonito es el suyo, Uharte Arakil. Y eso que vivió catorce años en París. “Hago todo lo que puedo por ayudar”, apunta Teresa. “Y más”, añade Vanessa. Dice que durante el confinamiento “fue la costurera oficial de la resi”, que hizo de todo. “Antes había estado catorce años voluntaria en el Banco de Alimentos”, añade Teresa coqueta, con sus pulseritas de colores y perlitas y con la tez morena como si acabara de llegar del sol del Mediterráneo. “Tiene un montón de plantas en su balcón, le gusta mucho el aire libre”. Se quedó viuda cuando iban a cumplir 50 años casados. Su marido, Antonio Rodríguez, murió de covid el 5 de mayo de 2020, en una residencia de Pamplona. “Tenía 82 años, a mí todos los novios me salían jóvenes”, cerciora Teresa.
“Me gusta aprender y saber cómo están los otros, cómo viven”, cuenta junto a Arantxa Vizcay Iriarte, auxiliar en la residencia desde hace seis años. “Te convierte como en ciudadanos del mundo, es un conjunto de experiencias, que en Buñuel sepan lo que hacemos aquí, hace ilusión, ya que no nos podemos ver”, explica del Libro Viajero.