Reforma

Santiago de Sangüesa, en buenas manos

Se cumple ahora medio siglo de la culminación de la reforma total de este templo parroquial. Una obra en la que se vieron involucrados los propios vecinos de la ciudad y a la que destinaron 6.000 horas de trabajo voluntario a lo largo de 3 años

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Santiago de Sangüesa, en buenas manosEduardo Buxens
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Aser Vidondo

Actualizado el 20/03/2021 a las 06:00

El 20 de marzo de 1971 era sábado, como hoy. Ese día, la página veinticuatro de Diario de Navarra dedicaba su espacio más destacado a informar sobre la consagración del nuevo altar de la parroquia de Santiago de Sangüesa, que había sido reformada por completo, y que tuvo lugar el día previo, festividad de San José. Una obra de 6 años para la que el vecindario aportó, según la crónica, 6.000 horas de trabajo voluntario, y la Institución Príncipe de Viana millón y medio de pesetas. Hoy, exactamente 50 años después, algunos de sus protagonistas evocan con emoción cómo trabajaron en auzolan, cada uno aportando lo que sabía o podía, para sacar adelante ese proyecto. Y lo hacen desde un templo parroquial que, es evidente, reluce y goza de buena salud.

“El ambiente aquellos años fue estupendo, y siempre que dabas una voz encontrabas vecinos dispuestos a ayudar”. Lo dice Nicolás Navallas Martiz, que atesora 96 años a sus espaldas y que fue uno de los integrantes del ‘equipo titular’ que lideró la obra en la parte que correspondió al vecindario, que se prolongó 3 años. “El esfuerzo valió la pena. Cuando terminamos, entrabas a la iglesia y te sentías satisfecho, a gusto con el trabajo realizado”, expresa por su parte otro protagonista de aquel auzolan, Antonio Ruiz Sánchez, de 77 años.

Este último, albañil de profesión, asesoraba al resto en cómo afrontar los trabajos. “Yo era fontanero y tuve que aprender de albañil. Nos picamos toda la iglesia, y no es pequeña”, evoca Nicolás Navallas, quien asegura que “el origen de estos trabajos estuvo en el hallazgo años antes (en 1964) de una gran escultura de piedra del Apóstol Santiago enterrada bajo la tarima del templo”.

Hubo dos fases de obra, una inicial a cargo de Príncipe de Viana, que mejoró el exterior, y una segunda, realizada por vecinos, que reformó el interior por completo. En una época en la que “se puso de moda sacar la piedra en las iglesias”, esta fue una de las labores principales desarrolladas en Santiago. “Estaba toda la parroquia revocada y pintada a rayas, imitando la piedra”, recuerda Navallas. “Hubo que quitar toda esa cal, hasta en las bóvedas, a mano y con cepillos de alambre y piqueta, y después rejuntar la piedra. Salieron cantidad de pegotes de ladrillo que se retiraron y a cambio se colocó mucha piedra nueva”, evoca Ruiz.

En este punto en concreto, jugó un papel esencial como cantero Julio Huelva Zalba. Un labrador que había sufrido años atrás un accidente con un caballo y que presentaba una lesión de cadera. “Tenía la invalidez y, como voluntario, se pasaba todo el día en la iglesia. Llegó a picar y tallar miles de piedras con las medidas que le daban para encajarlas en los huecos que tocaba completar”, explica su hija, Mª Carmen Huelva Villanueva, de 66 años. Ella le llevaba y recogía a diario, con la bici o la moto, y le arropó también el día de la inauguración de 1971, cuando en la eucaristía ofrendó la maza con la que tanto había trabajado. “El propio cardenal Tabera, llegado desde Roma, le invitó a que marcara con una H, por su apellido, una columna del templo”, añade.

TODAS LAS TARDES

Además de sacar la piedra y rejuntarla, completando las oquedades existentes (“nos volvíamos locos para buscar las piedras más propicias para que encajaran por tamaño y, sobre todo , por color”, asegura Antonio Ruiz), se acometieron muchas otras acciones. Entre otras, retirar la tarima de madera (y los enterramientos que surgieron) y colocar una nueva solera de hormigón y losas; tapar puertas y ventanas; abrir capillas; tirar el atrio exterior con techumbre y verjas; desmontar el coro de madera y el órgano ubicados sobre la puerta; retirar los púlpitos; poner calefacción bajo el suelo e iluminación con apliques de forja; colocar nuevos bancos de madera; instalar un nuevo órgano...

En ese llamado ‘equipo titular’ que lideró la obra se encontraban sangüesinos como Jesús Navallas, Nicolás Navallas, Antonio Ruiz, Jesús Oroz, Justo Ibáñez, Paco Iso, Jesús Ansa, Julio Huelva o Paco Sola. “Trabajaban sobre todo desde las 7 de la tarde, cuando acababan en sus labores, y hasta las 11 de la noche. Y acudían también los fines de semana”, destaca Mª Carmen Huelva.

“Pero para todo colaboraron muchas personas. Cuando echamos el suelo, igual estábamos 50 o más. Empezamos el día siguiente de Reyes y el día antes de San Sebastián ya estaba puesto”, recalca Antonio Ruiz.

A los más jóvenes, se les requería para trabajos que exigían más fuerza. “Mis hermanos (Tomás e Ignacio) y yo veníamos cuando nos necesitaban. Nos encomendaban lo más duro, como picar o salir al campo a buscar piedras”, apunta con una sonrisa Domingo Casajús Garcés, de 71 años y que entonces trabajaba como agricultor. “Recuerdo un día, lloviendo y nevando, que había fuera hasta 30 remolques de escombro, y lo quitamos”.

“Yo tenía entonces 14-15 años, y me pasaba días enteros con la carretilla sacando escombro o metiendo hormigón”, resalta por su parte José Luis Navallas Villanueva, hoy de 66 años. “Eran tiempos en los que había otra solidaridad, ganas de hacer las cosas”, añade. “Yo era más pequeño, entre 7 y 10 años, pero toda ayuda venía bien, así que me empleaban de recadero, avisando a la gente de que al día siguiente por ejemplo había camión para cargar o descargar. Y también, claro, me enviaban a por vino”, expone asimismo Ángel Navallas Echarte, de 60 años e hijo de Nicolás Navallas.

“Quien más, quien menos, aportó tiempo, esfuerzo, materiales, herramientas o transporte. Y hubo muchos donativos”, asegura su padre. “Fue un auzolan largo y en mayúsculas”, apostilla la hija de Julio Huelva.

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