En primera persona
Primer paseo tras más de 40 días atrapados en casa por un incendio: "Tengo ganas de llorar"
Dos hermanos con distrofia muscular de Duchenne, dependientes de sus sillas eléctricas, han permanecido más de 40 días atrapados en su vivienda después de que un incendio dejara inutilizado el ascensor de su edificio en Ardoi (Zizur Mayor)


Publicado el 03/08/2026 a las 05:00
“Tengo ganas de llorar”. Khalid levanta la vista hacia el cielo. Observa las nubes. Sigue el vuelo de los pájaros entre los árboles. Mira a un lado y a otro de la calle como si volviera a descubrir un lugar conocido. Lleva más de cuarenta días sin salir de casa. Sentado en su silla eléctrica, no puede contener la emoción.
Unos segundos después aparece su madre, Latifa. Empuja la silla de su segundo hijo, Abdellah, cuya batería vuelve a dar problemas y no funciona. Poco importa. Lo importante es estar fuera.
Los tres permanecen inmóviles durante unos instantes. Abdellah también levanta la cabeza hacia el cielo. Va conectado a un respirador. Sus ojos se humedecen. Durante más de cuarenta días apenas han conocido otra postura que la de las camas articuladas instaladas en el salón de su vivienda. Han mirado al techo. Han soportado el calor. Han convivido con las llagas provocadas por la inmovilidad y con el miedo constante a que pudiera repetirse un incendio en el mismo edificio, como el que les sacudió el 1 de junio.
“Necesito que la cabeza descanse y sentirme vivo”, dice Abdellah.
Comienzan a recorrer despacio la acera. Khalid se adelanta unos metros.
“He llorado todos los días al escuchar los fuegos artificiales de Sanfermines sin poder salir”.
Su madre asiente. Sonríe con impotencia.
“El ascensor es nuestra puerta a la calle. Ahora funciona, pero cada vez que atravesamos el rellano recordamos lo que pasó”.
Hace una pausa.
“Necesitamos que alguien nos alquile una vivienda en planta baja. Por mis hijos. Por nuestra seguridad. Por favor...”.


Es viernes, 17 de julio. Poco después de las once de la mañana. Acaban de salir por primera vez del edificio de Ardoi, en Zizur Mayor. Desde el incendio declarado el 1 de junio, la familia había permanecido atrapada en su vivienda porque el ascensor quedó inutilizado. Para Khalid y Abdellah, de 26 y 24 años, afectados por distrofia muscular de Duchenne y dependientes de sus sillas eléctricas, aquellas puertas cerradas significaban mucho más que una avería: suponían perder cualquier posibilidad de ver el cielo.
La libertad ha regresado. El miedo, no.
Para entender por qué un paseo de apenas unos metros termina entre lágrimas hay que volver a la tarde del 1 de junio.
Poco después de las tres, un estruendo sacudió el edificio. Después llegó un intenso olor a quemado. Al principio, Latifa pensó que era como otras veces. En el bloque no era extraño oler a comida quemada. Pero aquel humo era distinto.
Abrió la puerta de casa. El rellano había desaparecido bajo una espesa nube negra. Apenas tuvo tiempo para reaccionar. Cerró de inmediato. Intentó respirar, pero el aire ya quemaba. Empezó a marearse. Las piernas dejaron de responderle. Avanzó a gatas, apoyándose en las paredes, hasta llegar al salón.
Allí estaban dos de sus hijos. Abdellah permanecía tumbado en una cama articulada, conectado al respirador del que depende día y noche. A su lado estaba Ishak, de 11 años. Temblaba. Permanecía inmóvil.


Entonces se escucharon gritos en la escalera.
“¡Es peligroso quedarse dentro del edificio!”.
Latifa volvió a abrir. El humo era todavía más espeso.
“¡Por favor, ayudadme a sacar a mis hijos! ¡Sin mis hijos no salgo!”.
Uno de los vecinos entró en la vivienda sin dudarlo. Cogió en brazos a Abdellah y comenzó a bajar las escaleras. Lo hizo sin el respirador que utiliza las veinticuatro horas del día. Su cuerpo estaba muy debilitado por la enfermedad y por el aislamiento. Otros vecinos fueron relevándose durante el descenso hasta conseguir ponerlo a salvo. Uno de ellos resultó afectado por el humo.
Después salió el pequeño Ishak, cubriéndose la cara mientras corría entre la humareda. Latifa fue la última. Khalid, el mayor, no estaba en casa. Había acudido a su sesión de rehabilitación en el centro de día de la Asociación EM Navarra, en Ansoáin.


La evacuación fue solo el principio. Aquella misma noche, los tres fueron trasladados a un recurso residencial. Parecía una solución provisional, hasta que el edificio recuperara la normalidad. No lo fue.
Ishak no podía permanecer en aquel centro y tuvo que dormir en casa de unos conocidos. Latifa pasaba las noches junto a Khalid y Abdellah, alojados en habitaciones separadas, y durante el día salía para atender al pequeño. “Sus cuerpos se están atrofiando”
La situación apenas duró unos días. Latifa decidió regresar a casa. No quería dejar solos a sus dos hijos mayores ni que Ishak siguiera durmiendo lejos de ella. El 6 de junio cruzaron de nuevo la puerta de su vivienda.
Entonces descubrieron que el ascensor seguía averiado. Las dos sillas eléctricas quedaron inmovilizadas junto a la escalera. El edificio volvió a convertirse en una trampa.


Comenzaron así más de cuarenta días de encierro. Un confinamiento que no solo les impidió salir de casa. También empezó a pasar factura a sus cuerpos.
El salón se convirtió en dormitorio, comedor y sala de espera. Las horas transcurrían mirando al techo. Consultaban el móvil. Abdellah escribía con el dispositivo de seguimiento ocular que maneja con la mirada. Veían partidos de fútbol. Esperaban.
El calor tampoco daba tregua. El termómetro superaba los 33 grados, aunque Latifa asegura que la sensación era aún mayor por el calor acumulado. Un aparato de aire acondicionado apenas conseguía aliviar el ambiente.
La falta de movimiento favoreció la aparición de úlceras. Permanecer tumbados durante semanas redujo todavía más una movilidad ya muy limitada por la enfermedad. También comenzó a resentirse su capacidad respiratoria.
El fisioterapeuta de la Asociación EM Navarra acudía periódicamente a la vivienda para realizar ejercicios respiratorios imprescindibles.
“Sus cuerpos se están atrofiando y están perdiendo capacidad respiratoria”.
La advertencia era clara.


Mientras tanto, la rutina de Latifa no se detenía. Desde el amanecer hasta el anochecer cambiaba de postura a sus hijos para evitar nuevas llagas, vigilaba su respiración, preparaba la alimentación por sonda, administraba la medicación y atendía cualquier necesidad que surgiera. Apenas encontraba tiempo para sentarse.
También tenía que hacer la compra. A su lado siempre estaba Ishak. Con solo 11 años ayudaba a mover las camas, acercaba el material sanitario, colaboraba en la alimentación y permanecía pendiente de sus hermanos. El fútbol se convirtió en un refugio.
Pero el miedo nunca desapareció. Cualquier ruido en la escalera los sobresaltaba. Aquellos más de cuarenta días dejaron secuelas. Perdieron citas médicas y actividades en el centro de día. La enfermedad avanzó. Aun así, ninguno ha renunciado a buscar espacios donde seguir viviendo.
Khalid encuentra ese lugar en el centro de día de la Asociación EM Navarra. Abdellah ha encontrado otro refugio. Escribe con un dispositivo de seguimiento ocular. Ha publicado varios libros. Leer y escribir ocupan buena parte de sus días. Los dos comparten otra pasión: la selección española.
Al sentir de nuevo el aire después de más de cuarenta días mirando el mismo techo, Khalid solo quiere observar. Se detiene en los árboles. En los pájaros. En la gente que pasa por la acera. Escenas cotidianas que para él adquieren un significado distinto. “Me siento libre”.


Latifa los observa en silencio. Pero sabe que el miedo sigue ahí. Para salir de casa todavía tienen que atravesar el mismo rellano donde el humo les obligó a huir. El mismo pasillo donde pidió ayuda a gritos. El mismo lugar en el que creyó que podía perder a sus hijos. Cada vez que cruza ese tramo revive la misma escena. “Todavía nos da miedo”.
Mientras vivan en una segunda planta dependerán de que un ascensor funcione. “Solo necesitamos que alguien nos alquile una vivienda en planta baja”.

