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Un 7 de julio sin Sanfermines

‘Liebrero’ cimentó el doble vallado

Se cumplen 80 años desde que se redoblase la protección en el encierro. Su origen se halla en dos cornadas gravísimas que sufrió una espectadora tal día como hoy en 1939 después de que un toro de Arturo Sánchez Cobaleda rompiese el perímetro de seguridad

Ampliar Tras romper la valla, ‘Liebrero’ se fijó en la pequeña Aurelia Larequi Herrera
Tras romper la valla, ‘Liebrero’ se fijó en la pequeña Aurelia Larequi HerreraJOSÉ GALLE GALLEGO
Publicado el 08/07/2021 a las 06:00
La fuerza de los toros se concentra en su cuello poderoso. Temible cuando percibe la soledad, sin el abrigo de la manada, despliega su fiereza sobre todo cuanto represente amenaza. Se cumplen ahora ocho décadas del doble vallado, que, aunque retenga el ímpetu de contemplar el peligro de las astas en primera fila, se advierte como medida más que necesaria a tenor del conmovedor suceso que dio lugar a su colocación.
Habrían de pasar dos años, como lo atestigua el Ayuntamiento probablemente por las carencias económicas que castigaba a un país entero tras el cataclismo de su conflicto fraticida, para que los espectadores debiesen dar un paso atrás y una segunda hilera de maderos encajados velase por su seguridad. Por las crónicas, tantas veces repetidas por la impresión que produjo y aún sigue generando en la historia del encierro, se sabe de la ruptura de la primera y única línea de protección que hasta entonces separaba el espectáculo del peligro.
El 8 de julio de 1939 saludó al matrimonio Larequi Herrera con el entusiamo que estiraba de las sábanas de sus seis hijos por acudir al encierro. El padre, que tenía sus reparos, urdió una treta para frustrar su sueño: atrasar el despertador a las ocho de la mañana. Lo que no esperaba es que la ilusión de sus hijos adelantase a las manecillas del reloj en un amanecer temprano. Desvanecido cualquier pretexto de efectos disuasorios, acabaron yendo cinco de los seis hijos acompañados de la madre, Clara Herrera. Fueron por García Ximénez y la avenida de Roncesvalles hasta la plaza de toros. Cuando llegaron el coso ya estaba lleno. Entre el gentío arremolinado junto al vallado encontraron acomodo. Al acercarse la manada de la ganadería de Arturo Sánchez Cobaleda, uno de los toros, de nombre Liebrero, marcado con el número 26, se volvió al reclamo de un mozo vestido de militar. Apremiado por la amenaza, el corredor saltó la valla, que recibió un brusco impacto del morlaco perseguidor. 
A la fuerza se unió posiblemente -por los testimonios de entonces- el deterioro de la estructura, después de dos años de suspensión de los Sanfermines por la Guerra Civil. La suma de factores acabaron en el pavor dibujado en el rostro de los espectadores, ateridos por las astas desplegadas ante sus ojos sin mediación alguna que pudiera librarles de la inminencia de una posible cogida. El espantó abrió un claro, con el toro dirigiendo su mirada a Aurelia Larequi Herrera, la benjamina de la familia con diez años de edad. En plena carrera logró zafarse de una cogida más que esperada. Peor suerte tuvo su madre. En medio de la confusión, con su cuerpo tendido junto a las taquillas de la plaza, la mujer recibió dos cornadas de gravedad, una en la ingle y la segunda en el glúteo. El pánico se extendió a su alrededor. 
Había personas que intentaron trepar por una pared para ponerse a salvo. La madre de los Larrequi Herrera logró salvar la vida. La suerte del toro, predestinada desde el instante en que comenzó a correr en el encierro, se saldó con una muerte anticipada. Su presencia intimidatoria, libre del acotado que enfila la carrera hasta toriles, acabó de un disparo certero del guardia civil Cipriano Huarte, originario de Olite.
LA PRIMERA MUJER
Las estadísticas, siempre dadas a una lectura fría aunque válidas para contrastar la evolución de un hecho, indican que Clara Herrera no fue la primera mujer corneada en el encierro. En la nada privilegada nómina de empitonados figura el nombre de Anne Karlin Ruan, originaria de Noruega, que a sus 24 años de edad fue alcanzada por un ejemplar de Salvador Guardiola. Su nombre, toda una premonición: Entrometido. Sucedió curiosamente tal día como hoy pero en 1991. El callejón se convirtió en una trampa para la propia mujer como para el sueco Torly Urban, quien, a sus 23 años, quedó a merced del animal, arrastrado de la valla de la entrada hasta permanecer suspendido de un cuerno durante diez segundos.
El encierro, tan atractivo a los ojos de quienes lo contemplan desde una valla, está hilvanado de episodios espantosos. Algunos de ellos explican los cambios que ha registrado por el bien de todos.
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