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José, el Patriarca del Casco Viejo de Pamplona, se despide

Hace 25 años le nombraron Patriarca de los gitanos del Casco Antiguo de Pamplona. Contento con su labor, pero algo cansado, dice adiós

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Pilar Fernández Larrea

Actualizado el 07/12/2017 a las 14:00

Le pides dos apellidos y José María enumera cuatro: “Muñoz Berrio Berrio Echeverría”. Y subraya al tiempo la frase impresa en su tarjeta de visita: “El hombre de la paz, donde lo necesitan, ahí está” . 75 años y aspecto de galán de cine, es el Patriarca de los gitanos del Casco Viejo de Pamplona. Pero lo deja. Se va. No demasiado lejos. “Si alguien me necesita ahí estaré, pero hay que tener la cabeza muy despierta y la mía está ya cansada”, argumenta sentado en la terraza del bar Baviera de la Plaza del Castillo de Pamplona, donde es cliente desde hace 40 años.

Siete, ocho, tal vez hasta en diez ocasiones pronuncia José María Muñoz la palabra respeto. Es sin duda el puntal, como la viga maestra de una trayectoria que comenzó en Pueyo, en 1943. Nació el mayor de once hermanos. Eran pobres. No hay sinónimos que mitiguen el adjetivo. “Hasta los 14 años pedí limosna en la puerta de la iglesia de los Capuchinos, en Carlos III”, recuerda a pocos metros de esta avenida. Con 15 empezó a trabajar, primero en una fábrica, hasta que inició su propia andadura en la construcción, arreglos..., que le llevaría más tarde a la compra venta de vivienda, “sacando la vida como Dios manda”. “He aprendido de todo en la vida, pero lo que más me ha gustado ha sido respetar a las personas”, enfatiza José María. Se casó con Antonia Berrio Castillejo. Han tenido seis hijos y suman 64 entre nietos y biznietos. Una descendencia que dibuja una sonrisa, el cariño silueteado en un rostro curtido, enmarcado en sus ojos claros.


A José María le cuesta definir cómo le eligen a uno Patriarca. No es sencillo explicarlo. “Es la popularidad, es la trayectoria, es no haber hecho mal a nadie”. Es todo esto y algo más, el carisma, tal vez. El caso es que con 50 años se lo propusieron, y hasta hoy. Por eso camina con su bastón, es la autoridad entre los suyos, una figura de mediador entre familias y vecinos, en posibles conflictos. “Una cosa bonita”, resume empeñado en brindar con champán por su despedida. Él quiere pagar, pero al final invita la casa y el mismo dueño cuenta en la terraza lo bien que se ha portado siempre José María, un señor respetado en el Casco Antiguo. Describe el hostelero la diferencia entre un usuario y un cliente: “estar en una terraza no es como montar en una villavesa”.


“El respeto se lo gana todos los días uno”, apunta el Patriarca, que apenas tuvo oportunidad de aprender a leer y escribir. “Solo lo justo”. Pero no quiere eso para los suyos. “La escuela es lo principal, hasta para sacar el carné y poder conducir una camioneta hace falta”, evidencia este hombre que vivió en la Chantrea y lleva 44 años en la calle Jarauta, donde no hace mucho le brindaron un homenaje. “Mis paisanos fueron”, precisa orgulloso y “muy contento con el pueblo de Pamplona”: “Por cómo me ha acogido. Estoy encantando. Todo lo que he hecho lo volvería a hacer”, transmite.


Dice José María que los gitanos de Pamplona, que viven sobre todo en el Casco Antiguo y en la Rochapea, “son buena gente, aunque en todos los sitios de la vida hay alguien malo”.


Que Dios nos de salud y que nos veamos muchos años”, brinda con los periodistas y se aleja camino de la Estafeta. Le espera su paseo diario, hora y media por las calles que más quiere. Después tal vez se bañe en el Aquavox de San Agustín, “lo mejor que ha hecho Pamplona para los viejicos”, o a lo mejor da una vuelta por Casa Sabicas, donde visitará a su hijo, “formal, como los otros cinco”.

 

DNI


Nació en Pueyo, el 10 de marzo de 1943, el mayor de once hermanos. Cuando tenía 15 años se trasladaron a Pamplona, primero a la Chantrea, y luego a Jarauta, donde vive ahora. Casado con Antonia Berrio Castillejo, tienen seis hijos y 64 nietos y biznietos.

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