HistorIA

La Galera, una cárcel para mujeres "libremente divertidas" en la Pamplona del siglo XVIII

La actual plaza de San Francisco, donde ahora se levanta la biblioteca pública —otrora Grand Hotel— acogía las Cárceles Reales. A partir del siglo XVIII se creó un espacio para mujeres acusadas de delitos sexuales

Recreación con IA de las cárceles reales en cuya planta superior se creó la Casa Galera, para mujeres acusadas de faltas sexuales
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Recreación con IA de las cárceles reales, a la izquierda de la imagen, en cuya planta superior se creó la Casa Galera, para mujeres acusadas de faltas sexualesDN
Recreación con IA de las cárceles reales en cuya planta superior se creó la Casa Galera, para mujeres acusadas de faltas sexuales

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Ruperto Mendiri

Publicado el 15/10/2026 a las 05:00

A finales del siglo XVII, en 1684, la Cortes de Navarra se dirigieron al rey para pedir que se construyese una "galera", una cárcel para mujeres a las que se atribuían "delitos" o más bien, "faltas" sexuales; mujeres de "vida licenciosa" que practicaban la prostitución. Por entonces las Cárceles Reales se ubicaban donde hoy está la plaza de San Francisco —en el entorno de la parcela de la biblioteca pública y antiguo Grand Hotel, antes La Agrícola—, frente al Consejo Real, ahora la plaza del Consejo. 

En la exposición de motivos, como recoge el historiador Juan Jesús Virto Ibáñez, las Cortes hablaban de "un aumento del vicio contagioso de la sensualidad". "Para las mugeres que viven libremente divertidas, no basta el medio que regularmente se usa, que es el de desterrarlas", decía expresamente el texto. Hay que tener en cuenta que la cárcel no era un fin por entonces, sino la parte previa al castigo hasta que se dictase sentencia. Como citaban las Cortes, era habitualmente el destierro en el caso de las mujeres que ejercían la prostitución. 

La petición cayó en saco roto hasta que casi medio siglo después se incorporó a las cárceles reales, en la planta superior, la Casa de la Galera. Ocurrió en 1722 y el nuevo centro para mujeres pretendía cumplir lo que las Cortes decían de "mandar a las mugeres libianas, que conocida, y públicamente lo son quedando esto al prudente arbitrio de los Jueces". Así lo recoge el historiador Juan Jesús Virto Ibáñez en su artículo "'La Galera' de Pamplona: cárcel de mujeres en el reino de Navarra". 

Otro historiador, Pedro Oliver Olmo en su 'Genealogía de la "corrigenda: mujeres encarceladas en Pamplona (silgos XVI-XIX)', a finales del siglo XVI ya se planteaba en España un "modelo femenino" carcelario que fijara "castigos 'moderados' de reclusión de trabajos obligatorios para conseguir el arrepentimiento (corrección) de las mujeres vagabundas, perdidas y delincuentes". 

"En Pamplona —continúa el historiador— también se acabaría poniendo en marcha pero exclusivamente para el caso de las mujeres que cometían pecados y transgresiones de tipo sexual. Las otras, las mujeres encausadas por delitos criminales 'comunes', siguieron siendo encerradas en las Cárceles Reales". 

Recreación con IA del interior de la galera, donde las mujeres encerradas debían trabajar para costear su propio encierro
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Recreación con IA del interior de la galera, donde las mujeres presas debían trabajar para costear su propio encierroDN
Recreación con IA del interior de la galera, donde las mujeres encerradas debían trabajar para costear su propio encierro

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Los dos tipos de internas vivían en condiciones insalubres. Virto Ibáñez habla de una población reculsa con "numerosas enfermedades". Cita un informe de 1794 del Consejo Real sobre la alimentación d elos presos. "Los más de ellos no come cosa caliente y de algun alimiento y solo algunos pocos hacen sopas de aceite", parafrasea del documento. Recoge también las humedades y el frío como duros acompañantes en el encierro. 

El caso es que presos comunes, tanto hombres y mujeres, como las presas en la galera compartían el mismo edificio aunque con estancias bien diferenciadas para evitar el contacto entre diferentes sexos. En la galera —el nombre procede del castigo impuesto a delincuentes, que debían remar en barcos del rey— las mujeres tenían un oratorio propio y debían realizar trabajos como hilanderas y otros que se encargaban desde el exterior, todo ello para financiar su propio encierro. 

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