Entrevista
Iñaki Arbilla y Eduardo Laporte: "En Pamplona se decía 'me gustas' a una chica tirándole bolas de nieve"
Separados por un río, el Arga, estos dos pamploneses nacidos en la misma década de los 70 diseccionan en el libro 'Pamplona-Iruña, dos orillas' recuerdos de dos biografías diferentes pero con espacios comunes. Uno, desde la Rochapea. El otro, desde el Ensanche.


Actualizado el 23/05/2026 a las 08:11
Iñaki Arbilla Ruiz (Pamplona, 1976) y Eduardo Laporte Miqueleiz (Pamplona, 1979) comparten un elemento capital, nuclear, condicionante, encerrado aquí entre paréntesis: su ciudad, Pamplona. Ambos licenciados en Comunicación Audiovisual, ambos alejados profesionalmente de su título universitario y ambos con varios volúmenes publicados, se zambullen en este libro a cuatro manos, Pamplona-Iruña, dos orillas (Ed. Eunate) en once glosas de otros tantos episodios biográficos, algunos casi con una dimensión iniciática típicamente pamplonesa.
¿Cómo es la orilla de cada uno?
Iñaki: La orilla que a mí me toca es Rochapea. En el libro la describo como una mezcla de fábricas en uso y en desuso, zonas residenciales, casas y casas de labor. Porque sigue habiendo mucha más huerta de la que quedó después de remodelar el barrio; y lugares inhabitados, lo que nosotros llamamos campas. Es una mezcla de esas cuatro cosas.
Eduardo: Mi orilla la frecuento poco. Vivo a 400 kilómetros, así que mi acercamiento es más desde la memoria. Era una orilla muy placentera, muy burguesa, muy de barrio en el sentido comercial. Mis padres (su padre es el diseñador parisino Philippe Laporte) tenían la tienda a 5 minutos de casa y mis abuelos vivían enfrente. Era como un burgo. Me sentía muy protegido, con una arquitectura definida por Eusa que nos marcaba un poco la mirada, donde todo lo hacíamos prácticamente a pie. Me sentía identificado con los Ensanches sobre todo, y no me gustaba el otro lado, esa orilla que era San Juan o Iturrama. Tenía especial inquina quizá porque el colegio estaba ahí, y para mí el colegio era un poco el infierno.
Hablemos del colegio. Ambos hablan de algún episodio de violencia -Eduardo cita un pasaje de la vida escolar de Pío Baroja y la violencia infantil- contra el abusón de clase. ¿Qué recuerdan de esa época?
Iñaki: Mis padres querían escolarizarme en la Rochapea, pero no hubo manera y acabé en Agustinos, que es lo más lejos que te puedes ir de Pamplona: lo siguiente ya es Berriozar. No tengo malos recuerdos del colegio. Los Agustinos eran casi laicos. No recuerdo un exceso de fervor religioso. Había más pasión por el fútbol. Y eso es algo que creo que nos une a Eduardo y a mí: hay poco fútbol en el libro porque los dos fuimos niños un poco, ahora dirían, raros o freakies. Nos gustaba leer, cosas más elevadas, y en el mundo del fútbol, que es siempre competición, nos sentíamos un poco marginados. Creo que eso nos une.
También ese episodio de violencia escolar...
Iñaki: Sí. Un episodio común en la infancia: el empleo de la violencia como arma. Te pisan hasta que llega un momento en que, aunque no te guste, la ejerces para defenderte. No te queda otra. A veces, en colegios como el mío, solo de chicos, esa dinámica se acentuaba. Éramos tan violentos que ligábamos tirando bolas de nieve. En Agustinos, si te gustaba una chica, la perseguías y le tirabas bolas. Era la forma que teníamos de decir “me gustas”.
Eduardo: En Secretos del corazón tiran piedras a las chicas. Hay un capítulo en las memorias de Baroja, cuando él estuvo en Pamplona, en la Bajada de Javier, en el que dice algo de Agustinos: o pegabas o te pegaban. Decía que la brutalidad era incluso mayor que en Madrid. La brutalidad de los navarros. Creo que la hemos heredado y la hemos recibido, incluso seres un poco pacíficos como Iñaki y yo, mansos... A veces tenías que zurrar para enseñorearte y no caer en las garras del bullying. Por suerte no lo sufrí, pero tampoco hicimos mucho para que no lo sufrieran otros; no teníamos esa conciencia.
Y usted, formado en San Cernin, habla de una educación geómetra.
Eduardo: Es un concepto de Blaise Pascal en contraposición a la educación sutil. Vivimos en estructuras educativas muy rígidas y firmes. Hubo excepciones entre los profesores, aunque el alumnado, y de eso me quejo un poco también, era muy orientado a encontrar su salida profesional pronto: ingenieros, economistas, abogados, gente de bien. Yo tengo idealizada la educación de La lengua de las mariposas, la Krausista, y lo cuento con nostalgia. Es el tiempo que nos tocó vivir: veníamos a estrenar la democracia. Tampoco tengo especial queja, aunque éramos un poco bichos raros; no jugábamos a fútbol, como dice Iñaki, y hacíamos lo que podíamos por integrarnos, siendo un poco escritores en potencia, lo peor de cada casa (risas).
Cuando uno escribe de sí mismo puede caer en la melancolía o en la exorcización de demonios. ¿Cómo es en cada caso?
Iñaki: Creo que es un libro en general luminoso. Si hubo algo en nuestra vida que nos marcó o que no nos gustó, no lo reflejamos en el libro.
Eduardo: Estoy de acuerdo con Iñaki. El libro tiene un leitmotiv que es el sol de la infancia de Machado y de Albert Camus. Por un lado, es una frase que uso mucho respecto al duelo y la celebración: la pena por lo que no está y la celebración por lo que se vivió o por lo que se mantiene. En mi caso, dado que vivo fuera y quiero hacer un recuento de los tesoros heredados, yo diría que hay una arqueología, más que nostalgia. No tengo millones de recuerdos; ya me he vaciado. Después del libro Navarra, Madrid y de este libro tengo que buscar en mis recuerdos. Esto refuerza lo que he llamado de forma algo pomposa el arraigo interior. Si vives fuera, se afianza con la literatura.
¿Así que estarían en consonancia con la idea de Rilke de que la verdadera patria del ser humano es la infancia?
Iñaki: No sé si es la patria, pero sí te marca. Te marca el carácter, te marca el ritmo al que vas a vivir muchas veces, y si existen traumas infantiles, es difícil. No es el caso del libro. Hay un capítulo que habla de los veranos, y ahí sí que nos pusimos de acuerdo para no pisarnos y no ir al lugar común, Salou, que es lo que compartimos. Yo hablo del pueblo, Beunza, donde tenía un tío mío una casa. A mí me marcó el pueblo, el contacto en soledad con la naturaleza. Lo disfrutaba mucho y me marcó. Es difícil no estar influenciado por la infancia.
Eduardo: Sí. A mí me gusta la frase de Rilke y también la de Albert Camus que dice que “el sol de la infancia te libra de todo resentimiento”. En mi caso había mucho sol. La vida de Pamplona favorece una vida tribal con una enorme red de afectos. Yo es que no necesitaba ni tener amigos porque mi familia ya era como mi cuadrilla: mis primos y demás. Llevábamos una vida algo desahogada por suerte; viajábamos mucho, teníamos privilegios, que se dice ahora.
¿Sombras?
Eduardo: Las únicas sombras a esa luz venían un poco del entorno etarra. Lo cuento en la glosa de la violencia. Desde la ventana de mi casa veíamos esos espectáculos un poco de Gladiator hasta que llegaba la policía y repartía estopa. Eso sí que afectó un poco a esa felicidad ininterrumpida, como un contraste inesperado. También cuento la bomba que pusieron en la empresa de mi padre, cuando yo iba a parvulitos sin saber que estaban atentando contra el negocio familiar. También nos tuvimos que ir un poco con el rabo entre las piernas por la extorsión a mi padre por el hecho de ser francés.
“La vida intramuros era quizás más civilizada y más aburrida”
El padre de Eduardo, Phillippe Laporte aportó cierta sofisticación a Pamplona con su boutique y sus diseños. La idea del libro parece mostrar al barrio obrero y al barrio rico. ¿Cómo era su familia, Iñaki?
Iñaki: Mi familia no venía de la pobreza, pero sí era obrera. Mi padre era bombero. De mis abuelos, uno era conductor de coches fúnebres y el otro trabajó en diversas fábricas. Parte de la idea del libro era buscar lo que había de diferente y de común en esas vidas separadas, no solo por el río, sino también por la clase social y el acceso a la cultura. En mi vida a veces no había libros. Mi madre era de Círculo de Lectores y traía libros a casa, pero en casa de mis abuelos en San Pedro apenas había nada. Creo que había un libro de Ben-Hur y no mucho más. Pero eso tampoco significa que no hubiera un caldo literario.
Eduardo: Me gusta mucho la escritura a cuatro manos porque nos muestra el mundo desde dos orillas: la de Iñaki, más asilvestrada, más batallera, y la mía, feliz pero poco aventurera. Ha sido un reto escribir unas memorias porque lo consideraba poco literario, como la de Juan Marsé en Si te dicen que caí, con sus aventis y sus exploraciones. Los territorios que narra Iñaki me parecen pintorescos y muy literarios. Lo narra con mucha precisión, con mucho cariño y con oficio. Iñaki habla, por ejemplo, de las fábricas de cementos pretensados. Me hizo mucha gracia esto: un cemento que está ya pretenso, como mucha gente aquí en Madrid, que estamos tensos y pretensos. O los campos que labró Miguel Induráin frente al Monte Ezkaba. La de Iñaki es una vida un poco de Macondo, que en la Pamplona intramuros, quizá más civilizada y más aburrida, nos perdíamos.
¿Había realismo mágico en la Rochapea de los 80, Iñaki?
Iñaki: Yo creo que está menos contado lo que pasaba en esta orilla, en la Rochapea. Me di cuenta al hacer el documental sobre el grupo de viviendas municipales de San Pedro. Había mucha información sobre lo que ocurría en Pamplona, pero dentro de la ciudad. Hasta cierta época, fotógrafos como Arazuri no hacían fotos de esta zona. Hay una del convento de San Pedro, pero sacada de lejos. Esto ya no es Pamplona. Históricamente ha sido así también con expresiones como fuerapuertas, zonas polémicas... Pamplona, más que una ciudad religiosa, ha sido una ciudad militar desde tiempos inmemoriales. Y los militares no tenían ningún reparo en derribar conventos si venían los franceses. Pasó con Trinitarios, Santa Engracia... Sí que hay realismo mágico porque es un lugar más propicio a la imaginación, con sus fábricas, sus huertas y sus casitas.
'Pamplona-Iruña. Dos orillas'
Autores: Iñaki Arbilla y Eduardo Laporte
Páginas: 109
Precio, 19,9 euros
Editorial: Ediciones Eunate