En primera persona

"Hemos pasado en prisión 50 días por una violación en la carpa que no cometimos"

Aunque las pruebas de ADN descartaron en octubre la implicación de los cuatro detenidos en la presunta agresión sexual en la carpa de 2025, las secuelas personales y sociales persisten; este es el testimonio de lo vivido por uno de ellos y de una vecina de Pamplona que lo acompañó y cuidó durante su infierno

AUTOR: IVAN BENITEZ FECHA: LUGAR: PAMPLONA TEMA: VIOLACION Y CARPA
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B., de 21 años, y María José, de 60, vecina de Pamplona y su profesora de castellano, quien lo ha cuidado como a un hijo desde su ingreso en prisión hasta hoyIván Benítez
AUTOR: IVAN BENITEZ FECHA: LUGAR: PAMPLONA TEMA: VIOLACION Y CARPA

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Iván Benítez

Actualizado el 30/03/2026 a las 08:10

María José recuerda con nitidez la llamada que recibió la tarde del 28 de octubre de 2025. A las 16.13 horas, un agente de policía le comunicó que B., uno de sus alumnos de castellano, había sido detenido y se encontraba en el calabozo. El propio joven había pedido que contactaran con ella. Era como una madre para él. Su “ama” (en euskera).

Al escuchar al policía, la primera reacción de María José fue restarle gravedad. En un primer momento, pensó en un posible problema con una bicicleta que el joven utilizaba. Pero la realidad era otra. Esa misma tarde, los medios digitales comenzaron a difundir, a nivel regional y nacional, la noticia: el 23 de octubre se había producido una presunta agresión sexual en las inmediaciones de la carpa universitaria de Pamplona, y la Policía Municipal había detenido días después a cuatro jóvenes, entre ellos B., de 21 años.

Dos días después de la llamada telefónica desde el calabozo, fueron encarcelados en el Centro Penitenciario de Pamplona al hallarse ropa interior de la víctima junto a la tienda de campaña de los imputados. El Juzgado de Violencia sobre la Mujer número 1 de Pamplona decretó el ingreso de los cuatro en prisión provisional, comunicada y sin fianza, imputándoles delitos de agresión sexual y robo. Desde el primer momento, los imputados negaron cualquier implicación. Finalmente, las pruebas de ADN, a las que accedieron voluntariamente, respaldaron su relato al no coincidir con ninguna de las muestras recogidas.

Y el 19 de diciembre, 50 días después, la titular del Juzgado de Violencia sobre la Mujer número 1 de Pamplona decretó la puesta en libertad de los cuatro. En la resolución judicial, la magistrada explicó que había adoptado la decisión tras recibir el resultado de las pruebas de ADN remitidas por el laboratorio, en el que “hay un perfil masculino que no coincide con ninguno de los investigados”. La jueza dictó un auto en el que señalaba que los hechos “podrían ser constitutivos de delito”, pero, al no existir autor conocido tras los resultados de ADN, procedía el archivo de la causa, sin perjuicio de su reapertura si aparecían nuevas pruebas.

María José conocía a B. desde finales de septiembre de 2025. Asistía a sus clases y mostraba interés por aprender. Como otros jóvenes en situación de calle, vivía en condiciones infrahumanas: primero en la antigua ikastola Jaso, en Echavacoiz. Ella le consiguió una tienda de campaña para alejarlo del entorno conflictivo en el que se había convertido el edificio abandonado. B. instaló la tienda en una ladera, aparentemente aislada, junto a otro chico, S., también detenido. A ellos se sumaron dos jóvenes más que pidieron pasar allí un par de noches. Eran los cuatro que fueron arrestados.

Tres meses y nueve días después de salir de prisión, coincidiendo con la celebración de la segunda fiesta de la carpa universitaria del año, la de primavera, B. y María José, la persona que lo acompañó durante el “infierno” que le tocó pasar, hablan de lo ocurrido y de sus secuelas personales y sociales. 

Es 28 de marzo, diez y media de la mañana, horas después de una noche de carpa sin incidentes importantes, según la Policía Foral.

B. sigue padeciendo las secuelas de lo vivido.
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B. vive ahora en una habitación, pero durante meses ha tenido que sobrevivir en la calleIván Benítez
B. sigue padeciendo las secuelas de lo vivido.

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¿Qué sucedió los días previos a la detención de B.?

María José. Él vivía en una tienda de campaña. Pasaba frío y hablaba conmigo por teléfono. Acudía a clases de castellano. A veces se sentía muy solo y me decía: “¿Qué vida es esta?”. Yo intentaba animarle, decirle que estuviera tranquilo, que todo saldría adelante. Incluso les facilitamos un plástico para cubrir las tiendas, porque en aquellos días llovía muchísimo.

¿La tienda de campaña estaba colocada en un lugar concreto?

María José. Sí. En las inmediaciones de la carpa universitaria, junto a una vereda, en una zona por la que sube y baja mucha gente, pero también un punto aislado frecuentado por parejas. B. y S. llevaban ya varios días allí. Después se sumaron los otros dos chicos. Tuvieron la mala fortuna de coincidir con la celebración.

¿La detención no fue la misma noche de la carpa?

María José. No. Tres o cuatro días después, cuando iba en bicicleta a hacer unas cosas, fue cuando lo detuvieron, concretamente en un comedor social.

¿Por qué detienen a B.?

María José. Me llamó un policía para decirme que B. les había dado mi número de teléfono y que estaba detenido. Pensé que quizá podía tener que ver con la bicicleta que llevaba, que alguien hubiera creído que era robada. No se me ocurrió ninguna otra posibilidad. Luego empezaron a salir noticias en televisión y me asusté muchísimo. Fue horrible, porque no podíamos tener contacto con él ni saber si estaba bien. Aun así, dentro de mí pensaba que B. no había podido hacer eso. No le veía con carácter para forzar a una persona a la que ni siquiera conocía.

(B. asiente y añade que la policía encontró un tanga junto a su tienda y que por eso los detuvieron).

¿Qué información les da la policía en comisaría?

B. Prácticamente ninguna. Entras directamente. En comisaría me preguntaron: “¿Sabes por qué estás aquí?”. Respondí que no. Entonces me dijeron que por agresión sexual. Yo dije: “Imposible”. No me explicaron mucho más. Pasé dos o tres días en el calabozo

¿Cuándo sabe exactamente de qué se le acusa?

B. Allí mismo, en comisaría, fue cuando me lo dijeron por primera vez. Te dicen que estás allí por agresión sexual y ya está. Y tú solo puedes pensar: “Eso es imposible”.

Dos vídeos grabados con el móvil la noche de la presunta violación

¿Qué sucedió la noche de la presunta violación?

B. Llegamos a la zona y vimos a dos personas al lado de la tienda manteniendo relaciones sexuales.

¿Qué hicieron entonces?

B. Me acerqué y les dije: “Por favor, alejaos, respetad a la gente que duerme aquí”. Al principio parecía que se iban a marchar, pero cuando volví a los cinco minutos, seguían allí.

¿Hay vídeos?

B. Sí, dos. En el primero enfoco al suelo y les pido que, por favor, se alejen. En el segundo, usando la linterna, vuelvo a decirles: “Por favor, alejaos”. Grabé ese segundo vídeo porque presentía que pasaba algo raro.

¿Enseñó esos dos vídeos en comisaría?

B. El primero sí, pero el segundo apareció después en el juzgado. Mi abogada me dijo que era mejor esperar y que diera permiso para que lo viera primero el juzgado

¿Qué pasó con ese segundo?

B. El primero lo grabé con la cámara del móvil. El segundo con una aplicación que se llama Snapshot. Esa aplicación guarda copias aunque borres una. El vídeo ya no estaba en la cámara, pero sí en la aplicación. La policía me pidió permiso para recuperar vídeos y fotos antiguas del móvil. Me pidieron el código, todo, y yo colaboré para que pudieran recuperarlo.

¿Cuándo tuvo el juzgado acceso a esos vídeos?

B. Ya estando en prisión preventiva. Yo llevaría cuatro o cinco días en la cárcel cuando me dijeron que los estaban revisando.

¿Qué pasó después?

María José. Los dejaron libres por las pruebas de ADN, pero no se sabe nada más. No sabemos si siguen buscando al presunto violador o no. Eso es lo más fuerte. Se habló de un sobreseimiento parcial; es decir, no había pruebas suficientes para mantener la prisión preventiva, pero tampoco quedó claro qué pasaba con el resto de la investigación.

"Otros internos nos avisaron desde una ventana: No podéis ir al módulo, os van a linchar"

¿Cómo fueron esos primeros días en prisión?

B. Muy duros. Al entrar pasas unos días aislado. Estábamos de dos en dos, en una habitación pequeña con literas. Luego, en el patio, otros internos nos avisaron desde una ventana: “No podéis ir al módulo, os van a linchar”. Nos dijeron que, cuando nos pasaran y no hubiera cámaras, podían atacarnos.

¿Por qué?

B. Porque ya se había corrido la voz. Decían que éramos violadores. Nos advirtieron que, si pasábamos al módulo, nos iban a linchar entre muchos.

¿Qué hicieron entonces?

B. Pedimos acogernos a una medida para internos que temen por su seguridad. Dijimos que no queríamos pasar al módulo. Y, al final, estuvimos casi dos meses en aislamiento.

Nada menos que 50 días...

B. Sí. En una habitación muy pequeña. Todo el día ahí dentro, sin hacer nada, solo pensando. Eso te acaba agotando la cabeza.

¿Cómo estaba?

B. Muy mal. Me dieron pastillas para dormir porque estaba muy alterado. Pero, claro, si te pasas todo el día encerrado en una habitación, ¿cómo vas a dormir de forma normal? Era una situación muy dura.

¿Salían al patio?

B. Sí, pero muy poco. Dos horas al día como mucho.

¿Leían las noticias sobre ustedes?

B. Nos enterábamos por otros internos. Nos decían que en los medios ya hablaban de nosotros como violadores. Yo pensaba: “Ya está, dos años o quince años de mi vida se van a ir así, sin haber hecho nada”.

¿Tenía miedo?

B. Sí, mucho. Mi cabeza estaba muy mal.

¿Cómo fue el primer encuentro en prisión con B.?

María José. Fui a llevarle ropa porque me habían dicho que en la cárcel hacía frío. Quise verle y tuve que insistir hasta que me permitieron visitarlo. Entrar en prisión intimida mucho, y cuando lo vi estaba resignado, vencido. No entendía nada. Ya sentíamos que había una parte de la historia que nadie conocía.

¿Qué les preocupaba?

B. Que sabíamos que había otra persona implicada y, sin embargo, los culpables parecíamos ser nosotros. De él no sabíamos nada.

¿Cree que hubo un componente racista en todo esto?

María José. Sí. Porque enseguida saltó por todas partes lo de “cuatro argelinos”, “una manada”... Todo era terrible. Pero cuando ya no eran ellos, parecía que la agresión dejaba de importar. No se sabe que hayan detenido a nadie más. Da la sensación de que, una vez descartados ellos, dejó de interesar.

¿Cómo encontró a B. en prisión?

María José. Resignado, vencido. Hablaba poco. Pero tuvo la fortuna de apuntar mi teléfono y gracias a eso luego pudo llamarme cuando salió.

¿Cuándo salieron en libertad?

María José. El 18 o 19 de diciembre. Los trasladaron en un furgón penitenciario, pasando por distintas prisiones. Cuando llegaron a Cantabria, les comunicaron que quedaban en libertad porque el resultado del ADN era negativo. Les dieron diez euros a cada uno y una bolsa con ropa, y los dejaron allí.

¿Sin móviles, sin nada?

María José. Sin nada. Sin comida, sin móvil, sin recursos. A dos los habían trasladado antes a Palencia y a estos dos los dejaron en El Dueso. Bajaron andando hasta Santoña, cogieron un autobús a Santander con esos diez euros y desde allí me telefonearon.

¿Cómo logró traerlos de vuelta?

María José. Como B. tenía mi número, me llamaron desde Santander. Yo estaba muy nerviosa. Quise ir a buscarlos, pero ya era de noche. Al final localizamos un autobús que salía de madrugada. Un chico que habían conocido allí les ayudó muchísimo: esperó con ellos hasta las dos de la mañana y les enseñó al conductor del autobús los billetes en su móvil porque ellos no podían imprimir nada. El trayecto era Santander-San Sebastián y luego San Sebastián-Pamplona. Yo fui a recogerlos a San Sebastián. Porque no había forma de hacerles llegar los billetes de este trayecto.

¿Y llegaron?

María José. Muy nerviosos, muy mal. Los acogí en mi casa. A uno de ellos le pagué el viaje a otra ciudad para que pudiera ir con su hermano.

(Tras un par de días no podía mantener a los dos en su casa y S. dijo que podía ir con un familiar. B. se quedó con María José durante un tiempo).

¿Cómo fue después?

María José. El primer mes fue el peor. Solo estaba tranquilo si estaba conmigo, “yo con ama”, decía. A veces lloraba. Vivía aterrado. Una vez le dejé la tablet para que leyera noticias o mirara sus cosas, y me dijo que, mientras la usaba, sentía como si el funcionario de prisión pasara por delante. Cualquier palabra relacionada con juzgado, carpa o fiesta le da miedo.

¿Cómo era su vida antes de pasar por todo esto?

B. Estaba tranquilo de corazón y de cabeza. Pensaba en conseguir una habitación, estudiar, hacer deporte, mejorar. Estaba tramitando la residencia y quería seguir con mi vida.

¿Y ahora esa situación puede afectarle en Extranjería?

B. Sí. Ese es mi miedo. Cuando me detienen, todo se complica. Se decreta una orden de expulsión. Yo estaba tramitando la residencia y tengo miedo de que me expulsen.

¿No tienen derecho a una compensación por lo sufrido?

María José. Se lo preguntamos a la abogada de oficio y nos dijo que no, que la jueza había actuado correctamente. Personalmente, creo que aunque desde el juzgado se hubiera actuado correctamente, creo que deberían tener derecho a una compensación por el tiempo de privación de libertad. Las secuelas psicológicas y las pertenencias que no han podido recuperar.

¿Cuál es el problema principal para alguien sin recursos en una situación así?

María José. Ahora mismo hay que pagar la habitación, la comida, los gastos básicos y, además, buscar ayuda legal y psicológica.

¿Qué atención psicológica recibe alguien que ha pasado 50 días en prisión sin haber cometido ningún delito?

María José. Prácticamente ninguna. Está totalmente abandonado. Nadie se ha preocupado realmente por su estado mental. Hemos intentado buscarle ayuda por nuestra cuenta, pero siempre encontramos barreras. Es como si el tema fuera tabú... y la barrera idiomática lo dificulta. Así que he tenido que intentar ser yo su psicóloga, “hablando” mucho con él.

¿Cuál es el sueño de B.?

B. Quiero estar en paz. Tener una familia. Solo tranquilidad.

En Argelia era deportista de élite.

B. Sí. Fui campeón de Argelia de artes marciales con 16 años.

¿Por qué se fue de Argelia?

B. Para buscar una vida mejor, ayudar a mi familia, aprender cosas nuevas y construir mi futuro. Somos cinco hermanos. Mi padre está enfermo, tiene párkinson

¿Su familia está al tanto?

B. Sí, lo saben todo. Durante el tiempo que estuve en la cárcel mi madre lo pasó muy mal.

¿Cómo se enteraron en Argelia?

B. Por alguien conocido.

¿Cómo viajó a España?

B. Viajé desde Argelia hasta Túnez. Después tomé un avión rumbo a Marruecos y llegué a Casablanca. Seguí hasta Castillejos, cerca de la frontera española, con la intención de entrar en Ceuta. La primera vez lo intenté y la policía me detuvo. Me trasladaron al sur del Sáhara marroquí, a más de 60 kilómetros. Pero no me rendí: regresé de nuevo hacia el norte para intentarlo otra vez. En el segundo intento lo conseguí. Entré nadando por el mar, con aletas. Fue muy duro, peligroso; puedes morir en el intento. Nadé durante cuatro horas. Y al final, lo logré.

¿Qué le gustaría que ocurriera ahora?

B. Quiero vivir en paz, rehacer mi vida y que todo esto no me perjudique más. Parte de mi corazón sigue muerto por encerrarme, por acusarme de haber violado a una chica en la carpa. Siendo inocente.

María José. De alguna manera sienten esa vulnerabilidad. Que alguien, injustamente, te pueda hacer un daño extremo sin darte derecho a réplica ni a reparación, y que encima después queden en el olvido.

Réplica, reparación y olvido...

María José. Primero, réplica, porque no pudieron replicar; nadie les escuchó directamente. Los encerraron y parte de la sociedad y algunos medios ya los habían juzgado. Y, una vez que se sabe que no fueron ellos, no hay ninguna reparación.

B. Nos culparon de violar a una chica sin derecho a réplica.

María José. Exactamente. Y todo el mundo los condenó. Luego resulta que, cuando se sabe la verdad, no hay ningún tipo de reparación y nadie se acuerda de ellos. Pero ellos siguen con el miedo de ser señalados por algo que nunca cometieron.

(De hecho, esta entrevista se hace de forma anónima por el miedo a ser señalados).

María José. Es terrible. No se sabe nada de esa tercera persona que pudo cometer la presunta agresión sexual. Y no se le ha dado ninguna importancia. Como si la comisión de un delito fuera diferente según la perpetre un rubio o un moreno.

B. Cuando la gente sabe la verdad, como yo la sé, me siento más tranquilo, más relajado.

¿El viernes escuchó la palabra “carpa”?

B. Sí. Me encerré en mi habitación y no quería salir. Sentía miedo, nervios. Quiero acabar con este tema, pero que se conozca la verdad. Hemos pasado en prisión 50 días por una violación en la carpa que no hemos cometido.

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