En primera persona
Así es la noche en el interior del antiguo convento de Aranzadi, en Pamplona: "Aquí dentro no tenemos futuro"
Oscuridad, frío, ratas, hambre y accidentes graves. Mientras el Ayuntamiento de Pamplona presentaba su nuevo modelo de atención a las personas sin hogar, 90 personas pasaban la noche del 7 de enero en el interior del edificio abandonado. Este periódico accedió al inmueble para comprobar de primera mano la situación humanitaria
Actualizado el 09/01/2026 a las 11:52
Cazar ratas para evitar que devoren la escasa comida disponible forma parte de la rutina nocturna en el antiguo convento de las Agustinas de Aranzadi. Las atrapan, las introducen en bolsas de plástico y las arrojan al contenedor.
Así transcurre la noche del 7 de enero para algunos de los cerca de noventa jóvenes sin hogar que, en plena ola de frío, se refugian en este inmueble abandonado de Pamplona. Son las ocho de la tarde. Por la mañana, el concejal de Acción Social del Ayuntamiento, Txema Mauleón, presentaba el nuevo modelo de gestión para la atención a personas sin hogar. En su comparecencia, reconocía que el sistema municipal no tiene capacidad para atender a todas las personas que duermen en la calle y subrayaba que el Consistorio cumple tanto la ordenanza como el protocolo frente a las bajas temperaturas.
Ese miércoles, el termómetro más cercano a Aranzadi marca cero grados. La previsión concede una breve tregua de madrugada: la temperatura podría subir, con suerte, hasta los dos grados. Dentro del antiguo convento, entre suelos cubiertos de hielo, charcos de agua y basura acumulada, un grupo de jóvenes trata de templar cuerpos castigados tras varias noches a la intemperie. Alrededor de las llamas que brotan de una estufa improvisada, alimentada con madera, se reúnen personas con problemas respiratorios, como Moontassar, de 40 años, y otras con lesiones graves. Entre ellas está Hadine, de 20 años, con la pierna rota tras caer por las escaleras del edificio hace unos días.


Es el primer accidente del año y el cuarto en apenas unos meses en este inmueble abandonado. El más grave ocurrió cuando otro de los ocupantes cayó por el hueco del ascensor y se golpeó la cabeza. Llevaba ocho meses sobreviviendo en este mismo edificio y permanece ingresado en la UCI, en estado crítico y con respiración asistida. “Le quedarán secuelas”, aseguran quienes lo han visitado en el hospital.
Junto al calor precario de la estufa de madera también está Hicham, de 49 años, dos de ellos viviendo en la calle. El interior del convento sobrecoge a estas horas por el frío, la humedad y, sobre todo, por la oscuridad. Esta crisis humanitaria late a escasos minutos del Casco Viejo y del Ayuntamiento de Pamplona. Pero nadie parece querer escuchar. Y mucho menos atender.
A medida que se avanza por el edificio, las preguntas se encadenan entre pasillos que se abren directamente al vacío, con pasos inseguros sobre hielo derretido. Un paso en falso basta para acabar en la UCI.
— Cuidado aquí —advierte Hicham, siempre pendiente.
De pronto, una habitación rompe la penumbra. Unas bombillas precarias, conectadas a una batería extraíble, iluminan la escena. Sobre un colchón yace Hadine, con la pierna escayolada, junto a un pequeño fuego alimentado con alcohol. El mismo que cayó por las escaleras. A su lado, dentro de una bolsa de plástico, hay una rata muerta.


— Intentaba comerse lo poco que tenemos. La guardamos para tirarla al contenedor.
Las ratas están por todas partes. Salen de las tiendas de campaña, de las bolsas de comida y de los colchones. Los pasillos se recorren a la luz de linternas improvisadas.
— Aquí está el comedor, aquí el baño —indican, señalando lo que queda de unos retretes.
En este contexto, Pamplona y Navarra parecen carecer de recursos suficientes, pese a tratarse de una comunidad que presume de calidad de vida. Los pasillos resbalan y la sensación térmica cae por debajo de cero. Hicham continúa ejerciendo de guía entre la oscuridad. Tiene la piel cuarteada, el rostro envejecido, la mirada enrojecida y ha perdido varios dientes. Llora al hablar de su situación.
— ¿Qué puedo hacer? Nada. ¿Qué futuro nos espera aquí dentro? Aquí dentro no tenemos futuro. Aquí solo hay basura, ratas y frío… mucho frío. También somos personas… —susurra mientras señala recovecos sin barandillas y alturas peligrosas.
Las preguntas se descuelgan. ¿Es suficiente lo que se está haciendo ante la magnitud de una crisis que no parece abordarse con programas integrales de acogida, mientras los conflictos a escala global siguen activos, 59 en curso, y más de cien millones de personas huyen de sus países?
Caminar de noche por el interior de este antiguo convento provoca vértigo. Es como bucear en el mar a oscuras, perdiendo la orientación en todo momento.
Desde la tercera planta, donde uno se encuentra, las escaleras parecen empalmar directamente con las inferiores. Las protecciones de madera han sido arrancadas para usarlas como combustible. Las puertas están encadenadas. El lugar recuerda al edificio abandonado de la antigua ikastola Jaso, en Echavacoiz. Precisamente, hace apenas tres horas, se ha producido allí un incendio intencionado que ha obligado a desalojarlo. Dos inmuebles abandonados en la misma ciudad, cargados de vidas rotas.
Al dejar el lugar una hora después, las preguntas vuelven a señalar el vacío institucional: ¿por qué se permite que estas personas permanezcan aquí cuando hay camas vacías en el albergue municipal de Jesús y María? ¿Por qué no se preparan kits básicos de abrigo (sacos, mantas, anoraks, calcetines, gorros y guantes) para quienes duermen en la calle? ¿Dónde están las duchas calientes y los desayunos?
Lo más elemental para no caer en la desesperación, mientras avanza otra noche. En los últimos días, dos personas sin hogar han muerto en Cataluña. El último se llamaba Eusebio. Tenía 57 años.
