Emergencia silenciosa

Angustia bajo los puentes de Pamplona: "Vamos huyendo de un lugar a otro, nos escondemos para no ser vistos"

Un recorrido entre el 13 y el 26 de noviembre por ocho puentes de Pamplona revela cómo sobreviven bajo la nieve y la lluvia algunas de las más de 200 personas que estos días duermen a la intemperie. Así es la otra Navarra, una tierra líder en calidad de vida

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8.30 HORAS. MIÉRCOLES, 26 DE NOVIEMBRE. Tía y sobrino despiertan cada mañana desde hace meses bajo una pasarela de Pamplona, agotados tras los últimos episodios de nieve e intensas lluviasIván Benítez
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Iván Benítez

Actualizado el 01/12/2025 a las 15:02

No hay nada más duro que caer en el olvido bajo un puente y ser expulsado de ese refugio incluso cuando se aproxima un temporal de lluvia y nieve, sin saber a dónde ir. Así lo relata, entre lágrimas, K., un ecuatoriano de 50 años que, desde enero, sobrevive a la intemperie bajo un transitado viaducto que conduce a Pamplona... y a Santiago. K. explica que agentes de la Policía Municipal le han pedido en varias ocasiones que abandone el lugar, sin ofrecerle alternativa alguna: ni cama en el albergue ni un espacio seguro donde recomponerse como persona. No es la primera vez que lo echan de un rincón en la calle. Por eso siente miedo. Por eso llora. 

K. se encuentra acurrucado bajo un arco de piedra, con un plato de arroz blanco y frío entre las manos y los pies descalzos sobre una alfombra que ya no absorbe más humedad. Con medio cuerpo dentro de una tienda de campaña, a cuatro grados, afirma con una sonrisa de impotencia que no tiene frío este lunes 17 de noviembre. Acaba de colgar el teléfono tras hablar con un amigo que le ha comentado que podría conseguir empleo en una empresa de Estella. Sonríe. Su horizonte, la esperanza, es diciembre. 

k., de 50 años, el lunes 17 de noviembre.
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K., 50 años, lleva desde enero oculto en este puente de piedra.Iván Benítez
k., de 50 años, el lunes 17 de noviembre.

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La percepción de algunas de las personas sin hogar consultadas por este periódico durante un recorrido por ocho puentes de Pamplona, justo cuando Navarra se prepara para disfrutar de otros “puentes”, es que los desalojos policiales se han intensificado. Denuncian que su seguridad está siendo empujada hacia una invisibilidad aún mayor, obligándolas a esconderse entre la maleza y en recovecos imposibles. Hacia la oscuridad más absoluta. Mientras tanto, en este contexto de vulnerabilidad, “Navarra se mantiene como la comunidad del Estado con mayor calidad de vida”, según publicaba la web del Gobierno foral el pasado 31 de octubre.  

Un saco de dormir vacío este mes de noviembre, a primera hora de la mañana, en uno de los pasos que llevan al casco antiguo de Pamplona.
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Un saco de dormir vacío, bajo uno de los pasos de entrada al Casco Viejo de PamplonaIván Benítez
Un saco de dormir vacío este mes de noviembre, a primera hora de la mañana, en uno de los pasos que llevan al casco antiguo de Pamplona.

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A comienzos de noviembre, colectivos sociales denunciaron la situación de quienes viven en la calle y exigieron al Ayuntamiento de Pamplona habilitar inmuebles vacíos antes de la llegada del frío. Reclamaron eliminar trabas administrativas, como la exigencia del padrón, que dificultan el acceso a recursos básicos, y pidieron crear un censo de viviendas desocupadas. Con un tono contundente, acusaron al consistorio de mantener una política de abandono y criminalización del sinhogarismo. La institución que debería aliviar la emergencia, manifestaron, se está convirtiendo en un mecanismo que expulsa y castiga a quienes se encuentran ya al límite. 

Esta crónica de 13 días y 13 noches arranca en una “grieta”, el mismo día en que el Parlamento de Navarra debate el Estado de la Comunidad.

Puente de las Oblatas. Al fondo, entre la "grieta", tres tiendas de campaña.
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Bajo el puente de las Oblatas. Al fondo, en un espacio estrecho, tres tiendas de campañaIván Benítez
Puente de las Oblatas. Al fondo, entre la "grieta", tres tiendas de campaña.

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JUEVES 13 DE NOVIEMBRE

El termómetro marca 20 grados. La presidenta del Gobierno, María Chivite, destaca en el Debate sobre el Estado de la Comunidad que Navarra es “la comunidad con mayor calidad de vida de España”, con una “estabilidad política e institucional que constata una manera de hacer las cosas que funciona”. Sostiene que “constituimos un ecosistema virtuoso que aúna crecimiento económico con justicia social” y recuerda que “las normativas, igual que el conjunto de prestaciones y medidas, deben adecuarse al contexto de cada momento”. El actual, dice, debe conducir hacia un modelo más vinculado al empleo y la inclusión social. 

Ese mismo jueves, 13 de noviembre, mientras los parlamentarios debaten, un joven de 25 años que llegó a Navarra siendo menor se despereza bajo el puente de las Oblatas; un hombre de 43 sale de su tienda junto a la pasarela que conduce al antiguo túnel del Plazaola para asistir a sus clases de castellano; otro, de 50, sube a su bicicleta bajo el puente de la Magdalena y se lanza a las calles para repartir su currículum; una mujer de 53 y su sobrino, de 38, intentan evitar que una rata rasgue un paquete de compresas en la chabola de plásticos donde sobreviven desde hace meses en una pasarela que lleva a la Comarca... Mientras todo esto ocurre en los márgenes, bajo el asfalto, los políticos ensalzan la calidad de vida y Pamplona se dispone a encender las luces navideñas. El clima, por ahora, acompaña donde nadie quiere ver, pero no es más que un espejismo. 

En este puente que conecta Pamplona con la Txantrea duermen varios jóvenes.
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En este puente que conecta Pamplona con la Txantrea duermen varios jóvenesIván Benítez
En este puente que conecta Pamplona con la Txantrea duermen varios jóvenes.

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CUATRO DÍAS DESPUÉS

Cuatro días después, lunes 17, Aemet lanza un nuevo aviso meteorológico. Bajo los puentes del Arga, en las pasarelas que cruzan vías de tren y carreteras, en esos huecos donde el hormigón se convierte en cámara frigorífica, hombres y mujeres de todas las edades, también hay mujeres, escuchan el pronóstico de frío y lluvia con un encogimiento de hombros. Este periódico les transmite la previsión meteorológica.

 —No hay plazas en ningún sitio —expresa Yousef, de 25 años, asomado desde una tienda de campaña bajo el puente de las Oblatas. Yousef y otros dos jóvenes en tiendas contiguas han dormido a cero grados, literalmente, en una grieta de la ciudad. 

Arterias que conectan barrios y orillas, pero también espacios en los que la “justicia social” ha desaparecido por completo. “En la calle solo se sobrevive”, resume K. “Vamos huyendo de un lugar a otro, nos escondemos para no ser vistos. No nos quieren ni bajo tierra”. Ese lunes comparte tienda de campaña en el puente de la Magdalena con una mujer pamplonesa de 30 años. Sus historias son un cruce de fracasos personales, aseguran, que los han llevado hasta este lugar. Ella quiere estudiar; él recorre cada mañana la ciudad buscando empleo en la construcción para pagar una habitación y saldar deudas. 

—¿Se ve la tienda desde arriba? —pregunta ella al periodista. —Hay mucha gente, mucha. Nos escondemos. Allá atrás, en otro puente que une la Txantrea con el centro, hay más chicos —señala hacia el otro lado del muro. 

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K., 50 años, y una pamplonesa de 30 que también vive en la calleIván Benítez
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No muy lejos de donde duermen, hay una pasarela que atraviesa una vía y que mira al norte. Allí sobreviven desde hace meses Mohamed, de 38 años, y su tía Fadhila, que acaba de cumplir 53 este mes. Ese lunes 17 de noviembre despiertan con fuertes ataques de tos. Sobre el traqueteo de trenes y las pisadas de viandantes que apenas reparan en su presencia, llevan medio año en una chabola construida con plásticos. Duermen sobre tierra y colchones empapados, protegidos por un muro de hormigón que apenas contiene el cierzo y que tampoco logra frenar la lluvia. Han desplegado dos paraguas que actúan de parapeto. Tosen sin parar. Los colchones, empapados, se han convertido en un conducto peligroso para sus cuerpos, que ya sufren calambres y dolores musculares. Las ratas, “enormes”, dicen, entran en busca de comida y muerden ropa, mantas y los dos paquetes de compresas que han recibido de una particular. 

Y sin padrón no tienen acceso a nada. Lo han solicitado, pero no cumplirán los seis meses requeridos hasta enero. A partir de entonces, “no ocurrirá nada”, dejan claro desde la asociación Apoyo Mutuo, porque ya se está denegando incluso al cumplir ese tiempo. 

Un recorrido del 13 al 26 de noviembre por ocho puentes de Pamplona, entre nieve, lluvia y viento. Así sobreviven algunas de las más de 200 personas que duermen a la intemperie estos días en una Navarra, comunidad que presume ser líder en calidad de vida.
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Un recorrido del 13 al 26 de noviembre por ocho puentes de Pamplona, entre nieve, lluvia y viento. Así sobreviven algunas de las más de 200 personas que duermen a la intemperie estos días en una Navarra, comunidad que presume ser líder en calidad de vidaIVÁN BENÍTEZ
Un recorrido del 13 al 26 de noviembre por ocho puentes de Pamplona, entre nieve, lluvia y viento. Así sobreviven algunas de las más de 200 personas que duermen a la intemperie estos días en una Navarra, comunidad que presume ser líder en calidad de vida.

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VIAJE A PIE: TURQUÍA-PAMPLONA 

Mohamed ríe al reconocer que su historia podría formar parte de un guion de una película de cine. No duda en resumirla con la ayuda del traductor de su móvil mientras se frota las manos, con temblores, intentando expulsar el frío de su cuerpo. La escribe así:

“En Argelia, mi primo y yo trabajábamos de mecánicos de automóviles. Nuestras vidas iban bien gracias al trabajo duro. Con el tiempo, junto con mi tía, abrimos un restaurante grande, un proyecto que nos dio estabilidad. Pero todo cambió con el coronavirus. Tuvimos que cerrar el restaurante y el taller. Las deudas comenzaron a acumularse. Intentamos resistir, pero la situación empeoraba cada día. En ese tiempo, oíamos que en Europa había trabajo y oportunidades, así que decidimos viajar a España por mar. Pero las mafias nos estafaron. Nos robaron el dinero. Ya no teníamos empleo, ni vivienda, ni coche, ni nada en Argelia. Siempre hemos sido personas útiles y trabajadoras”. 

Mohamed continúa su relato. Escribe que fueron años de cansancio y un mes y medio de viaje a pie desde Turquía a Pamplona, pasando hambre, frío, miedo. Atravesaron Bulgaria, Serbia, Bosnia, Croacia, Eslovenia, Italia, Suiza y Francia. Mohamed habla de ríos en los que casi se ahogan al atravesarlos a nado, de montañas y bosques con animales salvajes, de taxis que los estafaron, de policías que los trataron con humanidad y otros, en Croacia, que deportaron a su primo, el hijo de Fadhila. También escribe de lugares donde recibieron comida, de ciudades que se convirtieron en refugio temporal y de otras donde solo encontraron obstáculos. Hasta que, finalmente, lograron entrar en España. Llegaron con una mezcla de agotamiento y esperanza. "En España sentimos una felicidad indescriptible, como si hubiéramos pisado el país del bien y la justicia”, sonríe mostrando la pantalla del móvil. “Solo queremos trabajar. El trabajo nos da dignidad. Queremos integrarnos, aprender el idioma y ser útiles”.

Relatos como los de Mohamed, Fadhila, K. y Yousef conviven con el discurso oficial de una ciudad que presume de liderazgo y donde la exclusión ya no es un fenómeno marginal, sino estructural. Las fracturas que hoy se agravan en Navarra y, en general, en toda Europa tienen raíces visibles desde hace más de una década. Es necesario retroceder hasta el otoño de 2008 para dar con una realidad hasta entonces poco visible en Pamplona: el sinhogarismo. Una explosión que dibujó un nuevo mapa cuyas huellas perduran. Por primera vez, muchas familias acudieron a comedores sociales y bancos de alimentos. Surgieron nuevas formas de pobreza. La crisis no fue solo económica: también moral, social y política. 

Mientras los discursos celebraban rescates financieros, recuperación y solvencia, las calles se llenaban de desesperanza y miedo. Fue entonces, con el estallido de la crisis financiera, cuando miles de familias en España perdieron sus hogares: más de 600.000 desahucios entre 2008 y 2019. En 2013, el paro alcanzó el 27 % a escala estatal. En Navarra, se duplicó entre 2007 y 2009, y la construcción perdió más de la mitad de sus empleos. 

Desde 2008 hasta hoy, el perfil de quienes duermen en la calle ha cambiado profundamente. Basta caminar por el Arga, detenerse frente a las “grietas” de las murallas, adentrarse en zonas de maleza o bajo los puentes para constatar que cada vez más personas duermen a la intemperie. No hay que olvidar que, desde 2011, al menos cuatro personas han muerto en la calle en Pamplona por agotamiento e hipotermia: Jacek, Chus, Mikel y Ángel. Cuatro nombres que, lejos de ser excepciones, revelan un patrón de abandono: nadie quiso verlos. 

Jacek murió como vivió, en la calle, bajo este banco de madera blanco de la avenida Baja Navarra. Falleció la madrugada del 13 de noviembre de 2011. En la imagen, dos de sus amigos en abril, posan para un reportaje que publicó este periódico.
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Jacek murió junto a este banco blanco de la avenida Baja Navarra. Falleció la madrugada del 13 de noviembre de 2011. En la imagen, dos de sus amigos, en un reportaje que publicó este periódicoI.b
Jacek murió como vivió, en la calle, bajo este banco de madera blanco de la avenida Baja Navarra. Falleció la madrugada del 13 de noviembre de 2011. En la imagen, dos de sus amigos en abril, posan para un reportaje que publicó este periódico.

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Ángel falleció por hipotermia la madrugada del 13 de enero de 2024 en este bando del barrio pamplonés de San Juan. El ramo lo colocaron los vecinos, apenas duró 12 horas.
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Ángel falleció por hipotermia en este banco de la plaza Monasterio de Azuelo la madrugada del 13 de enero de 2024. El ramo lo colocaron los vecinos, apenas duró 12 horas en el lugarIván Benítez
Ángel falleció por hipotermia la madrugada del 13 de enero de 2024 en este bando del barrio pamplonés de San Juan. El ramo lo colocaron los vecinos, apenas duró 12 horas.

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En este contexto, en un mundo con 59 guerras activas y más de cien millones de personas desplazadas, Navarra aplica políticas de acogida que las entidades sociales denominan “efecto patada”.  El nuevo sinhogarismo hunde en la actualidad sus raíces en fenómenos globales: guerras, migraciones forzadas por la violencia, cambio climático, pobreza, expolio de recursos naturales, deterioro de los sistemas sociales en los países de origen y dictaduras empujan a millones de personas a huir.

MADRUGADA DE JUEVES A VIERNES

Bajo otro puente de hierro, el que conecta el centro con la Txantrea, vive otro Mohamed, éste, marroquí de 25 años. Relata que convivía con otros tres compañeros y que, al cobrar una ayuda, alquilaron una habitación y se marcharon. 

Mohamed, marroquí de 25 años, duerme desde hace meses en este puente. Esta imagen se tomó la noche del jueves 20 de noviembre.
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Mohamed, 25 años, duerme en este puente. Esta imagen se tomó el jueves 20 de noviembre.I. Benítez
Mohamed, marroquí de 25 años, duerme desde hace meses en este puente. Esta imagen se tomó la noche del jueves 20 de noviembre.

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La madrugada del jueves al viernes, horas antes de la llegada de la masa polar, agentes municipales avisan a Mohamed de que debe dejar el puente ante la inminente crecida del río y la bajada de temperaturas. Le aseguran que dormirá bajo techo, en el albergue. Pero Mohamed duda, aunque finalmente recoge sus cosas la mañana del viernes y acude al albergue. Más allá, bajo la ojiva de piedra, K. no está en su tienda. Probablemente también le hayan avisado. 

En otro puente cercano, a las siete de la tarde del 20 de noviembre, a dos grados y con una cortina de aguanieve, I., un maliense de 22 años, aguarda en el puente del Vergel para ir a dormir a otra grieta del bienestar, junto al ascensor de Descalzos

—No pongas mi nombre, que si mi madre se entera de que duermo en la calle no podrá dormir. Alto y delgado, fuma un cigarrillo de liar, pendiente de la pantalla del móvil, sentado sobre una esterilla, junto a una mochila donde lleva un saco de dormir y su documentación personal. 

Maliense
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I., de 22 años, maliense, en el puente del VergelIván Benítez
Maliense

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A las cuatro de la madrugada ha empezado a nevar con intensidad en Pamplona. Y a las siete comienza a cuajar. Los medios digitales publican sus primeros titulares: “Caos en la autovía A-15”, “Cortes de luz en los pueblos”, “Problemas en las carreteras”. Galerías de fotografías de bolas de nieve, paisajes idílicos. 

“Qué hermoso está todo esto”, comenta un trabajador en prácticas del departamento de Servicios Múltiples del Ayuntamiento, atravesando la misma pasarela bajo la que viven Mohamed y su tía Fadhila. En ese momento, circula un tren de mercancías y toca la bocina. 

—Para saludar —apostilla el operario, sonriendo y haciendo fotos. Todo parece tan idílico. Sin embargo, a los pies de la sonrisa, late la angustia. 

Son las nueve de la mañana y arrecia la nevada. El agua se ha filtrado por el talud de cemento y el suelo de la chabola se ha convertido en un barrizal. Mohamed sigue tosiendo sin parar. Sale de la caseta, se resbala, se agarra a las ramas de un árbol, sonríe. Mohamed siempre sonríe, a pesar de las circunstancias. 

Calambres
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Fadhila y Mohamed, bajo la pasarela mientras diluviaIván Benítez
Calambres

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En el puente de las Oblatas, este viernes teñido de blanco, bajo la gran estructura de cemento y hierro en la que sobrevive Yousef, no hay nadie. Han debido salir muy temprano para buscar cama en el albergue. 

A las diez de la mañana, la entrada de este centro para personas sin hogar parece la sala de espera de urgencias. F., navarro de 60 años, fuma en la puerta. 

—Están viniendo muchos chicos de la calle, pero no hay sitio. Les dicen que está lleno. Les están comprando billetes de autobús para sacarlos de Pamplona —desvela, detallando el destino al que los envían. 

—Es muy difícil encontrar nada. Cuando reaccionas, ya te han quitado la habitación… Y la calle es tan dura. Uno no se puede hacer una idea hasta que se vive algo así.

 Llegan más y más personas sin hogar. La sala de espera de esta fractura social se llena. Más billetes que los alejan de la ciudad. Fuentes policiales aseguran que, desde el jueves 20 de noviembre hasta el domingo 23, han sido diez las personas que han sacado de la calle. Pero no todos han querido hacerlo, aseguran. Un ejemplo claro del delicado estado psicológico en el que se encuentran tras meses a la intemperie, sin ningún tipo de recurso. Es complicado volver a la calle después de tres noches bajo techo, suelen explicar. 

Chabola bajo la pasarela en la que viven Fadhila y su sobrino Mohamef.
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Pasarela bajo la que viven Fadhila y su sobrino MohamedIván Benítez
Chabola bajo la pasarela en la que viven Fadhila y su sobrino Mohamef.

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UN INFORME DEMOLEDOR

La escena frente a la puerta del albergue, personas exhaustas aguardando una cama, testimonios de expulsiones silenciosas hacia otras comunidades, no es una excepción. Es parte de una realidad más amplia que ha dejado de ser coyuntural. En octubre de 2025, la asociación Elkarri Laguntza – Apoyo Mutuo publicó un informe que ofrece una radiografía contundente del sinhogarismo en Pamplona y su comarca. Según sus estimaciones, más de 200 personas viven sin techo a las puertas del invierno. La ausencia de un registro específico impide dimensionar con rigor el problema y planificar recursos suficientes. A ello se suma el colapso del padrón. 

El documento recoge más de 500 solicitudes pendientes y esperas de hasta siete meses que mantienen a cientos de personas en un limbo administrativo. “La actual ordenanza de alojamiento, que solo garantiza tres días al año a quienes llegan por primera vez, resulta claramente insuficiente para una ciudad en la que el pasado invierno más de 150 personas durmieron a la intemperie, quedando fuera del protocolo de emergencia”. La asociación alerta de una “emergencia humanitaria silenciosa”: personas sin techo, sin comida, sin atención sanitaria y en condiciones que recuerdan a campamentos improvisados de refugiados. Y el fenómeno no deja de crecer. “¿Quiénes son los nuevos sin hogar?”, preguntan. 

El perfil tradicional, hombre autóctono con adicciones, convive ahora con un grupo mayoritario: jóvenes migrantes de entre 21 y 27 años, en su mayoría del Magreb, en situación administrativa irregular, muchos con estudios y experiencia laboral, decididos a trabajar y a enviar dinero a sus familias. También aparecen mujeres expuestas a agresiones, familias con menores sin atención y adolescentes que no encajan en el sistema de protección, algunos con trastornos emocionales graves. “Una cifra de personas perfectamente asumible para Navarra, una de las comunidades más ricas del país”, recalcan. “Eso sí, si hubiera voluntad de coordinación y recursos estables”. 

Joven migrante rescatado en el puerto de Barbate (Cádiz).
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Joven migrante rescatado en el puerto de Barbate (Cádiz).Iván Benítez
Joven migrante rescatado en el puerto de Barbate (Cádiz).

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Denuncian que no existe un censo ni un sistema eficaz para acceder a recursos básicos. El procedimiento se ha convertido en un laberinto burocrático: solicitudes acumuladas, meses de espera, resoluciones paralizadas durante buena parte de 2024 y requisitos que el Tribunal Administrativo de Navarra ha declarado ilegales. El propio Defensor del Pueblo, Patxi Vera, llegó a conminar al Ayuntamiento a que cumpliera la ley y dejara de ampliar plazos sin justificación. Aun así, los retrasos continúan, e incluso se suspende la tramitación cuando se alcanza la fecha límite. “Retrasar el empadronamiento es condenar a una persona a seguir en la calle sin acceso a nada”. 

La falta de alternativas se agrava con el frío. Entre 2022 y 2023, al menos 15 personas se quedaron sin cama; entre 2023 y 2024, entre 20 y 30; y entre 2024 y 2025, más de 100. “Y el resto del año, todavía más”. Paralelamente, el debate institucional se enquista en un choque competencial: ¿quién debe garantizar el alojamiento y la manutención?, interpelan. “Según la Cartera de Servicios Sociales, la competencia es del Gobierno, pero en la práctica ambas administraciones actúan por debajo de lo necesario, sin recursos suficientes ni un plan común”, continúan explicando.  El informe de esta asociación, que acompaña a las personas sin hogar desde hace muchos años, es tajante: “Es improbable que vivir sin techo, sin comida y sin atención genere un efecto llamada; lo que existe es un efecto contención: quienes llegan, se quedan atrapados”. 

El Servicio de Alta Exclusión apenas cubre los nuevos perfiles, insiste el documento. “Las Unidades de Barrio no atienden a personas no empadronadas, y ya incluso a las empadronadas, y los equipos de calle no tienen un lugar fijo donde ser localizados”. El resultado es evidente: “meses perdidos en los que las situaciones se agravan y, con frecuencia, se cronifican”. 

Aunque la ley garantiza asistencia sanitaria a cualquier residente, muchos jóvenes reciben avisos de que las urgencias serán facturadas, denuncian desde Apoyo Mutuo, “lo que actúa como elemento disuasorio”. Asimismo, están registrando casos de autolesiones, depresiones severas y pérdida de sentido vital entre jóvenes que llevan meses, años, atrapados en la ruta migratoria. 

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Mujeres víctimas de diferentes violencias  duermen a la intemperie en Pamplona. En la imagen, el móvil de una de estas mujeres que ha vivido en la calle en 2023Iván Benítez
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La Renta Garantizada, esencial para alquilar una habitación y comenzar un proceso formativo, “se ha convertido en otro muro”, lamentan. “En 2024, las solicitudes por exclusión social grave se redujeron un 22,5 % en Pamplona, justo cuando la cifra de personas sin hogar aumentaba un 35 %”. 

Las últimas imágenes del informe muestran aulas repletas de jóvenes en cursos de castellano y formación profesional. Muchos cuentan con experiencia en construcción, soldadura, mecánica o restauración, pero la oferta pública es insuficiente: listas de espera interminables para aprender español y escasez de cursos adaptados a su perfil. 

Por ello, reclaman un programa integral de inclusión, coordinado entre Gobierno, Ayuntamiento y tejido empresarial: más clases de castellano, formación profesional adecuada, convenios laborales que posibiliten permisos de residencia y trabajo, cláusulas sociales en la contratación pública y albergues dignos abiertos las 24 horas. “La exclusión se combate desde la inclusión, no desde la improvisación estacional”, sostienen. 

MIÉRCOLES 26 DE NOVIEMBRE

El sábado 22 de noviembre, a las doce del mediodía, varios colectivos sociales vuelven a concentrarse frente al Palacio de Navarra para denunciar que más de 200 personas duermen en la calle en Pamplona, incluso con temperaturas bajo cero. Acusan al Ayuntamiento de aplicar “denegaciones sistemáticas” de empadronamiento bajo el argumento de que “no se ha podido constatar” la residencia habitual. Lamentan que, pese al desplome térmico y los avisos por nieve, no exista ni un solo anuncio que garantice techo durante toda la ola de frío. 

“Cada año vamos a peor”, reconocen. Y subrayan, además, que el Ayuntamiento no ha activado el protocolo de ola de frío, diseñado precisamente para atender a las personas sin hogar. Afirman que las plazas habilitadas están prácticamente completas, con solo “ocho vacantes”. Recuerdan también que el Gobierno de Navarra es responsable de garantizar que todas las personas que viven en la comunidad tengan cubiertas sus necesidades básicas, tal y como establece la Cartera de Servicios Sociales. “No podemos seguir tolerando que se juegue a no ver a la gente negando su existencia”. 

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Asentamiento entre la maleza en algún punto alrededor de PamplonaIván Benítez
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No muy lejos del Palacio de Navarra, varios jóvenes han levantado un nuevo asentamiento entre la maleza y las zarzas. Mohamed y su tía Fadhila caminan hacia la sede de Apoyo Mutuo, en la Rochapea. Necesitan ropa de abrigo y escucha. Las voluntarias preparan una bolsa de comida. Cuando Mohamed descubre que dentro hay huevos, se le escapa una sonrisa nerviosa y alguna lágrima.

—Hace meses que no como huevo. Durante mucho tiempo, su dieta, para un hombre que ronda el metro noventa, ha consistido en una lata de sardinas y un tomate al día. Una sola comida.

Z., argelino de 43 años que trabajó de carnicero en su país, sale de la tienda bajo el puente en el que vive desde hace tres meses. Se dirige a clases de castellano.
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Z., argelino de 42 años que trabajó de carnicero en su país, sale de la tienda bajo el puente en el que vive vive desde hace tres mesesIván Benítez
Z., argelino de 43 años que trabajó de carnicero en su país, sale de la tienda bajo el puente en el que vive desde hace tres meses. Se dirige a clases de castellano.

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 El martes 25 de noviembre, a las nueve y media, Z., argelino de 42 años, sale de una tienda protegida por palés y colchones bajo el puente que conduce al túnel del Plazaola. Lleva un cuaderno en la mano. “Voy a la escuela a aprender español”. Z. no ha comido nada desde el día anterior y camina largas distancias para asistir a sus clases. No ha ido al albergue durante estos días de temporal. “Como un día sí y otro no”, aclara, sin mostrar debilidad en sus palabras. Esa mañana ha conseguido cuatro yogures y un plátano en un banco de alimentos. Z. se aleja del puente, agradecido por haber sido escuchado. 

Z. muestra con orgullo las tareas que hace en la academia donde aprende español.
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Z. muestra con orgullo las tareas que hace en la academia donde aprende español.Iván Benítez
Z. muestra con orgullo las tareas que hace en la academia donde aprende español.

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A la mañana siguiente, amanece a un grado y con sensación térmica aún más baja. Ha llovido durante las últimas 24 horas. Fadhila y Mohamed no pueden salir de su chabola por la cantidad de barro. Torrentes de agua han entrado, empapándolo todo. Sus cuerpos tiritan. “No podemos más”, asiente Mohamed; esta vez no sonríe. “No podemos más”. K. sigue a la intemperie bajo el puente, ajeno a los puentes festivos.

 En una ciudad que presume de calidad de vida, su presencia recuerda que la verdadera emergencia es lo que no queremos ver.

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