Reportaje
La cruda realidad de los niños sin techo: "Nadie se explica que esto ocurra en una ciudad como Pamplona"
Menores que duermen a la intemperie en Pamplona y Comarca, y colegios que se enfrentan a una realidad sobre la que apenas tienen información. Durante veinte días, este periódico ha acompañado a tres familias sin hogar que tratan de abrirse paso entre la incertidumbre, el miedo y el frío


Actualizado el 23/10/2025 a las 08:10
Al caer la noche, en Navarra, hay niños y niñas que se ven obligados a buscar refugio bajo aleros, en portales, en naves industriales abandonadas o incluso en coches prestados para poder dormir. Lo hacen sin mantas, sin una higiene adecuada, limitada a un cubo con agua recogida de una fuente o de un grifo en el baño de una superficie comercial, y sin haber probado una comida consistente durante todo el día. Sucede en Pamplona y Comarca, en pleno mes de octubre del año 2025. El cansancio acumulado de estos niños y niñas sin techo es tal que, cuando son escolarizados, se quedan dormidos en clase por puro agotamiento.
Las entidades sociales ya lo denunciaron en septiembre: hay familias con niños durmiendo en las calles de Pamplona, y se trata de un problema estructural. Y una vez más, el peso está recayendo en la comunidad civil organizada, mientras las instituciones continúan cerrando sus puertas. Lo manifestaron en un comunicado conjunto, recordando también que, en febrero, se vivió una situación similar. Entonces eran cuatro familias sin hogar y fueron las redes vecinales quienes paliaron la emergencia.
R., de 9 años, la niña de la fotografía con la mochila escolar a la espalda, no forma parte de aquellas cuatro familias de febrero, sino de otras nuevas que han llegado recientemente a Navarra huyendo de diferentes crisis humanitarias. R. no aparece en las estadísticas, ni en los porcentajes de extrema pobreza, ni en los informes. Es una de las niñas sin techo invisibles para la Administración.


De origen peruano, R. pone rostro a esta realidad a las puertas de un fin de semana que se prevé cargado de lluvias. Ella y sus tres hermanos, de 16, 23 y 25 años, no aguantan más. Desde hace un mes sobreviven junto a su madre, de 45, en una furgoneta prestada, estacionada en una huerta también cedida. Este relato comienza con la llamada de auxilio de una compatriota peruana de la familia: “Si siguen en la calle, podrán morir de frío”, le advierte al periodista.
A partir de ese aviso, este periódico decide seguir su rastro, y el de otras dos familias con menores en la misma situación, para conocer de cerca su día a día en la calle y en los colegios, y poner voz a la denuncia de las entidades sociales. Durante al menos veinte días, ha acompañado sus pasos para mostrar la dureza de una realidad que parece normalizarse.


Cuando el día se apaga y el frío comienza a calar, R. repite una rutina que ya le resulta familiar. Se lava los dientes y la cara con el agua fría de un cubo. Luego, para escapar de las dentelladas del viento del norte, se mete en la furgoneta con la misma ropa que ha usado durante el día y se tumba junto a su hermana mayor, de 23 años, embarazada de pocas semanas. Sonríe al sentir el calor y le toca la tripa. Es una escena cotidiana a lo largo de este mes. No puede hacer los deberes, no puede jugar; solo acostarse y cubrirse con una de las dos mantas que han recibido estos primeros días de octubre. Mientras tanto, su madre recoge los platos de la cena, siempre arroz con un huevo, un plato que preparan gracias al hornillo que les ha cedido la misma compatriota que dio la voz de alarma.
En plena oscuridad, los dos hermanos de R. se acercan hasta una fuente cercana para rellenar un tanque de plástico y garantizar el aseo del día siguiente. Cuando regresan a la huerta, sin luz, con frío y viento, se acomodan como pueden en los asientos delanteros del vehículo. La hermana mayor intenta consolar a R.: “Todo esto pasará”, le susurra, acariciándole la cabeza. La pequeña sonríe, se acurruca contra el vientre de su hermana y se imagina que está en Perú, su país, paseando junto a su padre, ya fallecido por una enfermedad, con sus hermanos y sus primos por el terreno donde levantaron la cabaña de madera con dos habitaciones en la que vivían y eran, de algún modo, felices.
A las nueve de la noche, la madre abre la puerta, se acuesta a los pies de sus hijas y se cubre hasta los ojos, sin dejar de toser por un problema en los bronquios.


LA PASIVIDAD DE LA ADMINISTRACIÓN
R. y su familia no son los únicos que viven en la calle este mes de octubre de 2025 en la capital navarra. Los colectivos sociales denunciaron en septiembre la pasividad de la Administración y subrayaron que el área de Alta Exclusión del Ayuntamiento de Pamplona permanece cerrada, sin citas ni atención en las oficinas municipales de Zapatería 40. "El consistorio sigue gastando dinero público en hoteles y pensiones", lamentaron, "en lugar de crear un recurso estable y permanente de acogida". Entre sus demandas, exigen garantizar la atención a las familias desde el área de Alta Exclusión, las Unidades de Barrio y los Servicios Sociales de Base, además de la apertura inmediata de un dispositivo permanente y digno de acogida. También piden un compromiso firme contra el racismo y la exclusión social.
Hace poco más de un mes que R. y su familia llegaron a Pamplona, procedentes de Perú y de Italia. R. tardó dos semanas en poder escolarizarse. Finalmente, gracias a la intervención de una voluntaria de la asociación Apoyo Mutuo y una compatriota peruana que les ayudaron con las gestiones, Educación la matriculó en un centro público. Cuando este periódico conoce a R., la niña ya lleva tres días asistiendo a clase, sin comedor, y su hermana, embarazada, sigue sin recibir la atención sanitaria oportuna por falta de tarjeta sanitaria. En el colegio han recibido a R. con cariño: la ayudan, la acompañan, la integran. Pero, hasta que no ven las fotografías que se publican en este reportaje, que les muestra el periodista con su propia cámara, ni la tutora ni la dirección conocían la situación. “No teníamos ni idea de que duermen en un coche”, admiten, impactadas.
COMER EN EL COLEGIO GRACIAS A UN PARTICULAR
No tener derecho a comer en el colegio los primeros días la obliga a recorrer los cuatro kilómetros que separan el coche del centro escolar, cuatro de ida y cuatro de vuelta, para poder comer en apenas diez minutos. En este escenario, un particular ofrece su número de cuenta bancaria mientras se tramita la beca comedor del Gobierno de Navarra. Un proceso que no se resuelve de inmediato. De no haber sido por ese gesto, R. habría tenido que caminar 16 kilómetros a lo largo del día entre el coche y el colegio, sin poder ingerir una comida consistente. “Solo disponemos de partidas para temas académicos. No sabemos cómo actuar ante algo así. Ni siquiera sabemos qué unidad de barrio atiende a esta familia”, aclara el equipo directivo. El día a día supone una carrera de obstáculos para los niños y niñas que duermen en la calle y que afecta a su salud mental.
El lunes 6 de octubre, R. no acude a clase porque su ropa está empapada por la lluvia del día anterior. No se ha secado a tiempo. Esa mañana de lunes, su madre aprovecha los rayos de sol aún fríos para tenderla y lograr que se seque. La niña corretea por la huerta donde les permiten permanecer temporalmente, aunque ya les han advertido de que pronto deberán marcharse. En medio de esa precariedad, juega y sonríe, ajena por momentos al peso de la incertidumbre.
PERÚ, ESCAPAR DE LA VIOLENCIA DE LAS MARAS
La historia de R. comienza en un entorno de violencia y pandillas. Su madre cuenta que huyeron de Perú tras la muerte del padre de R., víctima de cáncer, y para escapar de un barrio marcado por extorsiones y amenazas de muerte. Primero intentaron rehacer su vida en Italia, adonde se adelantaron la abuela y la hija mayor para trabajar como internas, la misma que ahora está embarazada. Pero el idioma, la falta de papeles y la precariedad laboral las empujaron a emprender un nuevo viaje. Volaron a Madrid y, desde allí, tomaron un autobús hacia Pamplona.
Aquí, una amiga les recomendó acudir a las instalaciones de una ONG internacional, pero, al llamar a la puerta, les dijeron que había mucha gente esperando y que no podían atenderlas. Permanecieron en un parque cercano hasta las once de la noche. A esa hora, la amiga consiguió que un conocido les ofreciera cobijo en un taller mecánico, con la condición de permanecer en silencio y salir temprano. Así lo hicieron. A la mañana siguiente acudieron a la calle Zapatería 40, a la oficina de Alta Exclusión. Un trabajador social les garantizó tres noches en un hotel. Pero, después de esas tres noches, se acabó. Gracias a la misma compatriota que las ayudó el primer día, recibieron el apoyo logístico necesario: comida y el coche prestado en una huerta. No obstante, la cuenta atrás de su estancia en este lugar comenzó el 15 de octubre.
El dueño les ha avisado de que deben marcharse: no pueden seguir allí, por su seguridad. “Jamás pensé que vería algo así en Pamplona”, confiesa Asun Senosiain, voluntaria de Apoyo Mutuo, al comprobar las condiciones en las que sobreviven bajo la lluvia.


TRES FAMILIAS, TRES RELATOS ENCADENADOS
Mientras R., sus hermanos y su madre esperan a que la Administración sea capaz de mirarles a los ojos, hay otras dos familias con menores sin techo en las aulas, procedentes de Marruecos y Argelia, que duermen a la intemperie.
Una de ellas “ha comenzado a respirar” gracias a un matrimonio pamplonés que no ha dudado en tenderles la mano: primero les pagaron una habitación a la mujer y a los tres hijos, de 9, 13 y 17 años, y después les dejaron un coche para que el padre pudiera dormir. La otra sobrevive gracias al empeño de los profesores de un colegio concertado, donde estudian sus dos niños de 5 y 13 años.
Si la familia peruana llegó desde Italia en avión, una de las magrebíes lo hizo caminando desde Turquía con sus tres hijos, tras 50 días de travesía por la ruta de los Balcanes. La otra viajó en barco y con visado hasta Almería y después a Pamplona. Tres caminos distintos que se cruzan en una misma ciudad, unidos por la misma fragilidad y por la respuesta solidaria de quienes, sin recursos públicos, deciden intervenir. Actuar.


"LOS NIÑOS LLEGAN A CLASE AGOTADOS"
Son tres historias que palpitan entre las luces y sombras de la capital europea del bienestar. El relato de R. conecta con el grito de impotencia de tres docentes, dos de un centro concertado y una de un centro público, que se han topado con esta no tan nueva realidad. Lo hacen, evidencian, sin haber recibido orientación ni apoyo de Educación o de los Servicios Sociales.
“Son niños que se presentan en clase agotados, porque duermen en la calle, sin higiene, sin una alimentación adecuada, con miedo permanente tras los viajes de huida que han vivido. Estamos pagando las noches de hotel de los niños que viven en la calle”, explican dos profesores de un colegio concertado de Pamplona. “Les estamos costeando el alojamiento y lo hacemos encantados, dentro de nuestras posibilidades. Pero ¿hasta cuándo podremos seguir así? Los fines de semana los hostales están llenos. No podemos mirar hacia otro lado: en Pamplona hay niños durmiendo en la calle”.
El colegio sostiene a la familia como puede. Los niños comen allí, participan en actividades extraescolares y son acompañados por los docentes. “Nadie se explica que esto ocurra en una ciudad como Pamplona. También tenemos familias que han pasado más de un año viviendo en hoteles, sin posibilidad de cocinar ni estudiar, sobreviviendo como pueden”. Lamentan que en la inscripción escolar no figure ningún análisis social. “Nos da la sensación de que no hay coordinación entre Educación y Servicios Sociales. Todo va en paralelo, sin un sostén real. Las ayudas son mínimas y los criterios, restrictivos. Encima, separan a hermanos en distintos centros, incluso en modelos lingüísticos diferentes: uno en euskera y otro en castellano”.
Ante la falta de soluciones, los profesores de este centro se plantean escribir al Defensor del Pueblo para visibilizar esta situación. “Es preocupante el desconcierto. Hablamos de necesidades básicas: comida, alojamiento, seguridad. ¿Qué se puede enseñar a niños y niñas que no duermen ni comen? El sistema ha colapsado”.


"SI LA SOCIEDAD NO SE IMPLICA, SE QUEDAN ABANDONADOS"
Mientras los docentes denuncian el colapso de un sistema incapaz de proteger a la infancia, en las calles de la comarca las historias de solidaridad continúan escribiéndose en silencio.
Una de ellas comienza en Berriozar, en la explanada de una gran superficie comercial. “Caminábamos mi pareja y yo cuando nos cruzamos con un chico saharaui y una familia cargada de bultos. Nos preguntó si conocíamos alguna habitación disponible para ayudarles”, recuerda César. Era viernes, a las siete de la tarde. La búsqueda de alojamiento se prolongó durante tres horas, entre llamadas a organizaciones y a los servicios sociales del Ayuntamiento de Pamplona, sin respuesta o con negativas: “Esto no nos corresponde”.
Ese viernes era muy frío. “Hacía un frío del carajo. Eran tres menores y sus padres, que el saharaui había encontrado durmiendo en la calle tras 50 días caminando por la ruta de los Balcanes”, relata. “Nos enseñaron fotos de cómo dormían en campos de cereal en Bulgaria. Fue brutal. La niña era tan pequeña... Nos miramos y dijimos: esto es humanidad”. Una amiga del chico saharaui alquilaba una habitación por 400 euros, pero solo a la madre con las niñas. César y Arantxa decidieron pagarla y dejarles su coche para que durmieran el padre y el hijo. Días después continuaron ayudándolos. Pagaban la habitación, prestaban el coche y, con apoyo de amigos, tejieron una red solidaria para sostenerlos. “Es durísimo. Sin pasaporte no hay nada que hacer; sin empadronamiento, no hay ayudas. Si la sociedad civil no se implica, se quedan abandonados”, lamenta César.


"LAS ESCUELAS NO TIENEN MANERA DE CONOCER LAS SITUACIONES PERSONALES"
Las historias de R. y de otras familias sin techo se entrelazan con un mismo hilo: la falta de respuesta institucional. Esa brecha se percibe en las escuelas, donde los docentes se enfrentan a realidades que desconocen hasta que puede ser demasiado tarde.
Juanjo Aragón Urtasun, maestro jubilado y exdirector de un centro público, resume el contexto social de los niños y niñas sin techo que llegan a las aulas: “Los profesores y directivos no tienen manera de conocer las circunstancias personales de las familias salvo que haya una entrevista previa. En los impresos de matriculación no figuran datos sobre su situación económica. Cuando la inscripción se realiza fuera del periodo ordinario, la hace la ventanilla única de Educación y se rige por criterios distintos, como estar en situación desfavorecida o no hablar castellano. La Administración matricula directamente en plazas reservadas en concertados y públicos. En definitiva, resume Aragón, las matrículas fuera de plazo se gestionan en Educación, que no informa a los centros. Estos solo se enteran con el paso del tiempo”, deja claro. “Si se deriva a la trabajadora social del barrio, puede que no atienda al menor porque no vive en la zona del colegio. No tiene sentido escolarizar a un niño lejos de su vivienda”.
El 17 de octubre, Día de la Erradicación de la Pobreza, la Plataforma de Entidades Sociales evidenció que un 18,3 % de los navarros está en riesgo de pobreza o exclusión social, marcando “el peor dato desde 2014”. Durante un evento celebrado en el Parlamento de Navarra bajo el lema “¡No dejemos a nadie atrás!”, se debatió sobre esta problemática y se reafirmó el compromiso institucional de combatir la pobreza y la desigualdad, destacando el Pacto Navarro contra la Pobreza y la Desigualdad firmado en la legislatura pasada.
Octavio Romano y Andrea Corera, representantes de la plataforma, hicieron un llamamiento a las fuerzas políticas para erradicar la desigualdad en Navarra y reforzar el compromiso con los países empobrecidos. “La pobreza no es una situación inevitable, sino el resultado de decisiones políticas, económicas y sociales que deben ser transformadas”, afirmaron. La Red Navarra contra la Pobreza advirtió del empeoramiento de los datos en los últimos años. “Por mucho que repitamos que Navarra presenta mejores indicadores sociales que la media estatal, la realidad es que cada año el porcentaje de personas en la pobreza aumenta”.


"POR LAS NOCHES TENGO MIEDO POR LOS RUIDOS"
A mediados de este mes de octubre, R. y su familia llevan ya cerca de un mes en la furgoneta. Cada día repiten la misma rutina: R. sale del colegio y camina cuatro kilómetros hasta su "casa". Tanto a esta familia como a las otras dos de origen magrebí, los Servicios Sociales ya les han dejado claro que no pueden ofrecer nada más.
A las ocho y diez de la mañana, R. y su hermana acuden por fin a una primera revisión médica tras varios intentos fallidos por falta de tarjeta sanitaria. Después de un desayuno a base de un batido frío y un cruasán con un huevo frito, comida que reciben de un pequeño banco de alimentos, salen hacia el colegio a pie. El trayecto dura unos cincuenta minutos, y la mitad si logran cargar la tarjeta de transporte. Uno de esos días, el periodista las acompaña: el calor dentro del coche adormece a la niña antes de llegar al colegio.
Aún no le han gestionado la beca comedor, así que la mitad del coste sigue recayendo en la cuenta del particular: 58 euros. Al atardecer, R. se sienta sobre las rodillas de su hermana y cuenta cómo se siente. El colegio, reencontrarse con otros niños de su edad, tener amigas, le ha devuelto a la infancia. "Lo que más me gusta es jugar en el parque, pasear...", sonríe. "Me gustan mucho los idiomas". Cierra los ojos y su hermana recuerda cómo era la vida en Perú. "Vivíamos en una casita de madera con dos habitaciones. Yo dormía con mi madre y mi hermana, y en la otra estaban mi padre y mis hermanos. La vida allí era sencilla y buena. Trabajábamos juntos, pero la violencia se extendió por el barrio: amenazas, extorsiones, impuestos... Tuvimos que huir".
R. confiesa que por las noches siente miedo. "Se oyen muchos ruidos y te asustas. Ayer se escuchó como si algo se rompiera encima del coche". La dieta apenas ha variado: arroz y huevos. Siguen lavándose con el cubo de agua que rellenan en una fuente cercana. Bajo una techumbre de uralita, en la huerta, improvisan un pequeño espacio donde cocinan, gracias al fogón prestado por la compatriota, y tiemblan al comer. El frío cala los huesos al amanecer y al anochecer, y por la noche acuchilla. No hay manera de hacer tareas. Por suerte, en otro vehículo pueden guardar la ropa amontonada.
El 14 de octubre, el profesor del colegio concertado escribe al periodista: "Queremos seguir ayudando a los niños y a sus padres, pero no sabemos cómo. Les hemos ido pagando hospedaje estas dos semanas, pero el padre pidió el viernes que no les pagáramos más; agradecidos y pidiendo disculpas por las molestias...".
La hermana de R. ha conseguido que le hagan una revisión. "Me han hecho una ecografía y va a ser un niño. Está muy bien". Un bebé que, si no cambian las cosas, crecerá en la calle.
Entre tanto, César y Arantxa siguen pendientes de los tres menores y de sus padres, a quienes han conseguido ubicar provisionalmente en una bajera. Esta semana han recibido un mensaje del colegio porque el niño no ha hecho la tarea. Sonríe, incrédulo: "¿Cómo van a estar pensando en las tareas si no tienen para comer?".
22 de octubre. La beca comedor de R. sigue sin resolverse. Desde los Servicios Sociales aseguran a la dirección del centro que “están al tanto”, pero el profesorado continúa sin saber cómo actuar ante una realidad cada vez más evidente: la de niños y niñas que llegan a clase sin saber dónde dormir esa noche.