Los franceses tomaron la Ciudadela con bolas de nieve. ¿Cómo lo hicieron?

En 1808 utilizaron una batalla a bolazos entre sus soldados como distracción para tomar la fortaleza pamplonesa

La Ciudadela de Pamplona
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Pedro del Guayo

Publicado el 03/05/2025 a las 05:00

Fue el 27 de enero de 1808 cuando el virrey de Navarra, el marqués de Vallesantoro, comunicaba al Ayuntamiento que debía prepararse para recibir a una división de soldados franceses, pues llegaba el general D´Armagnac al frente de 2.500 hombres. En los Pirineos una gran nevada le dio la bienvenida y dado lo impracticable del camino, no tuvo más remedio que dejar en Valcarlos a la artillería. El 6 de febrero hicieron noche en Roncesvalles y el 8 llegaban a la capital, entrando con toda su pompa por el portal de San Nicolás. Tras una brillante parada militar en la plaza del Castillo, fueron distribuidos por los diferentes cuarteles de que disponía la ciudad. Pero aunque venían como aliados de España, las verdaderas intenciones de D´Armagnac (planeadas por Napoleón y el mariscal Joaquín Murat) eran otras: debía tomar como fuese la plaza de Pamplona.

Y lo cierto es que el general bonapartista se encontraba con una difícil situación, puesto que en esos años, según el armamento y las técnicas militares disponibles, la Ciudadela era considerada un bastión inexpugnable. Lo intentó con falsas negociaciones, pactando con el virrey la entrada en la fortaleza de dos batallones suizos, a los que acompañarían otros franceses pues alegaba que no se fiaba mucho de su fidelidad y que así estarían más vigilados. Pero el marqués de Vallesantoro no cedió a sus argumentos, recelando de los galos y de sus propuestas. D´Armagnac no tuvo más remedio que utilizar su imaginación, pues era consciente de que con la fuerza bruta no iba a conseguir su objetivo.

Sabía que cada mañana un grupo de soldados napoleónicos tenía permiso para acercarse a las puertas de la Ciudadela a recoger el suministro de pan, el cual se realizaba en su interior, para entregárselo al resto de su tropa. Así que había que sacar ventaja de esa circunstancia que llevaban haciendo durante muchos días sin que nada ocurriera, al menos hasta el 16 de febrero. Y es que la noche anterior D´Armagnac había introducido secretamente en el palacio del marqués de Vesolla, situado a la entrada de la calle Nueva y donde el general estaba alojado, a unos 300 hombres escogidos. La cercanía a la entrada de la fortificación era fundamental para poder desarrollar el plan con éxito. Había nevado y todo estaba cubierto por un espeso manto blanco. Cuando los franceses llegaron a las puertas de la ciudadela, se colocaron sobre el puente levadizo y un grupo comenzó a tirarse bolas de nieve. Una ingenua batalla que hizo que los guardias desviaran la vista hacia ese peculiar combate y se confiaran por completo. Entonces, a una señal los franceses se abalanzaron sobre ellos y les redujeron, al mismo tiempo que de la casa del marqués salían los 300 soldados, así como otros muchos que también estaban preparados en el cercano cuartel de San Martín. En pocos minutos ocuparon la fortaleza sin disparar un solo tiro.

De esta forma la inexpugnable Ciudadela de Pamplona acabó invadida y sometida. El general D´Armagnac, para calmar los espíritus y adelantándose a las voces de traición que comenzaron a recorrer las calles, colocó por la ciudad el siguiente bando:

“Habitantes de Pamplona: En la pequeña mudanza de las cosas no veáis la traición y la perfidia que receláis, sino una conducta fiel, dictada por la necesidad y seguridad de mis tropas. Napoleón, mi amo, que ha firmado la alianza más estrecha con España saldrá garante de mi palabra”.

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