Personas sin hogar
La noche invisible en un edificio abandonado de Pamplona
En la antigua ikastola de Echavacoiz, sesenta jóvenes sin hogar, de origen magrebí y subsahariano, y otros dos hombres, un rumano de 61 años y un navarro de 57, sobreviven entre basura, peleas, solidaridad y miedo. La policía ha intensificado la vigilancia en este punto de la ciudad tras la reyerta el sábado pasado con cuchillos y botellas que se saldó con dos heridos


Actualizado el 12/04/2025 a las 09:13
Se escucha el estruendo de martillazos dentro del edificio abandonado de la antigua ikastola Jaso, en el barrio pamplonés de Echavacoiz. Son las diez de la noche. Afuera, la oscuridad es casi total. Las farolas apenas iluminan el tramo final del paseo que bordea el río Arga, por donde ya casi nadie transita. En las inmediaciones, se oye el canto de un autillo y el crepitar de la leña encendida en un tonel oxidado. Daniel y su pareja intentan calentarse al raso en lo que fue el patio. En este recinto, ocupado desde hace semanas, sobreviven actualmente unas sesenta personas: la mayoría son jóvenes de origen magrebí y subsahariano, pero también hay dos hombres mayores, uno navarro de 57 años y otro rumano de 61. Viven entre basura, habitaciones cerradas con cadenas y candados, conflictos que van a más y la esperanza de encontrar una salida.


A esta hora de la noche, se perciben destellos azules a lo lejos. En pocos segundos, se confirma: es una patrulla de la Policía Municipal de Pamplona. El coche entra en el recinto, se detiene unos segundos frente a la fachada del edificio y gira lentamente. Algunos de los jóvenes que viven en el interior se asoman a las ventanas. En tres plantas hay luz eléctrica. Desde el edificio alguien grita algo, difícil de entender. Sin bajar del vehículo, los agentes permanecen unos instantes y se marchan.
Daniel, pamplonés de 57 años, y Ion, rumano de 61, son los dos hombres que viven en el patio exterior de la antigua ikastola, en chabolas construidas con tablones y puertas de madera. Daniel lleva en este lugar nueve meses y Ion un año y medio. Gesticulan en silencio. Fuman. Se miran.


—Los martillazos que se escuchan significan que están de obras —ríe Daniel—. Últimamente me quitan las puertas y se las llevan.
—Yo no tengo ganas de salir a calentarme al fuego —dice Ion, tumbándose sobre el colchón. En la mesita de su chabola hay una caja de vino blanco.
—Me ayuda a dormir.
Es lo poco que ha ingerido a lo largo del día, tras lo conseguido en la puerta de un supermercado. Por suerte, un colombiano que regenta un bar y algunos miembros de la comunidad rumana suelen ayudarle con alimentos. Incluso le han conseguido un patinete eléctrico para que pueda desplazarse.
—Me fallan las piernas —lamenta.


Vuelven los gritos al interior del inmueble abandonado. Jóvenes que se pelean por el control de las habitaciones. Esta vez queda en una riña.
—Cuando llega la noche no puedes dormir porque estás pendiente de todo. Vives obsesionado con que te puede ocurrir algo —explica Daniel.
Su pareja se despide y regresa a la habitación por la que paga cerca de 500 euros al mes.
—No me dejan llevar a nadie al piso —lamenta ella—. Hay mucha gente en la casa. Los propietarios viven en el salón y alquilan las tres habitaciones restantes.
Poco a poco, los ruidos en el interior del bloque se apagan y el canto del autillo cobra especial protagonismo. Algunos chicos salen con garrafas vacías de plástico a por agua.
—Ya han prendido las fuentes —comenta Daniel—. Antes teníamos que ir al río para todo.
Entran y salen, orientándose con pequeñas linternas para atravesar un gran ventanal sin cristales. Las patrullas policiales siguen intensificando la vigilancia tras las reyertas con cuchillos, botellas y palos ocurridas la tarde del sábado 5 de abril en este lugar de la ciudad y en el Casco Viejo.


AL AMANECER
Al amanecer, a las siete y media de la mañana, el periodista accede al interior del bloque y se encuentra con un hombre durmiendo encogido sobre un colchón colocado encima de una pila de basura. Parece inconsciente. A su lado, junto a la cabeza, hay una bola de plástico con enseres personales. Al escuchar un sonido despierta asustado.
—Por favor, llame al médico. Me duele todo el cuerpo —musita. Dice llamarse Soufian, y tiene 32 años.
Permanece tumbado. Llegan voluntarios de una asociación y lo atienden. Tiene golpes en la cara y el cuerpo entumecido por el frío. Se lo llevan. Necesita comer, lleva un día sin alimentarse.
—Me pegaron cuatro chicos marroquíes esta madrugada, cerca del albergue. Vine de Bilbao hace dos meses y solo buscaba un sitio mejor donde dormir. Me tiraron al suelo, me golpearon y me robaron el móvil. Luego vine hasta aquí, no sé cómo, y me tumbé...


Tres agentes de la Policía Foral se personan en el exterior del recinto para continuar con la vigilancia, tras las denuncias vecinales. Algunos de los chicos comienzan a salir de las habitaciones y se dirigen a sus clases de castellano. Las puertas de los cuartos están cerradas con candados y cadenas. Hay montones de basura. Hay pintadas en las paredes. Se escuchan sus voces. Parecen animados.
—¿Qué va a suceder con nosotros si nos desalojan de aquí?
Fuera, Daniel y Yan también acuden a sus rutinas matinales: pedir en la calle para poder sobrevivir.





