Javierada 2025

Pasos multitudinarios hacia Javier

En un trayecto a rebosar, con peregrinos por doquier, el sol se convirtió en fiel aliado para combatir el cansancio y las ráfagas de viento helador

Fotos de la Segunda Javierada de 2025.
Fotos de la Segunda Javierada de 2025.| EDUARDO BUXENS

Noelia GorbeaIkomar Oteiza Pierola

Actualizado el 15/03/2025 a las 11:50

Salir de casa con la sonrisa puesta y la mochila enfocando a un horizonte fue la sintonía más repetida en la segunda de las Javieradas de este 2025. Y lo fue a pesar de que, en muchos casos, la distancia entre el punto de partida y la explanada de castillo distaba más de 50 kilómetros desde esa primera lazada a las zapatillas. Pamplona, Noáin...

Conscientes del mal tiempo que asoló a los peregrinos de la cita del 8 de marzo, los caminantes apostaron a ojos cerrados por una segunda oportunidad para tratar de rebatir el viento y la lluvia. Que no así el frío. Porque, a pesar del sol, el resquicio de las bajas temperaturas se dejaba notar en el rostro de quienes más habían madrugado.

Dando por sentado que esta segunda llamada siempre tiende a ser más multitudinaria, la teoría se cumplió de lleno; con decenas de miles de peregrinos caminando seguros de sí mismos. Cargados con varios ‘por si acasos’, los pantalones cortos también formaron parte del recorrido. Un trazado que muchos comenzaban entre las cinco y las seis de la mañana. Un madrugón que, paso a paso, les permitía llegar a la misa a las cinco de la tarde.

Pero no solamente motivos religiosos impulsaban los pasos de los peregrinos, sino que promesas personales, retos deportivos, una jornada diferentes con amigos o simplemente la experiencia personal de completar una Javierada por primera vez fueron parte indiscutible del menú. Vivencias como la de las amigas Lola García, Gabriela Gil, Teresa Pineda y Lucía Imízcoz, que compartieron trayecto a sabiendas de que Miguel García Redín les esperaba en Yesa con bocadillos de txistorra.

Dinámica, la de ir en pareja o en grupo, que también rompían quienes se habían regalado una mañana de libertad. “Me gusta venir a mi aire, pensar en mis cosas...”, indicaba Matilde Garralda mientras comía un tentempié en Sengáriz, su primera parada. “No es la primera vez que vengo, así que ya tengo en mente dónde quiero descansar”, añadía. Desde Liédena, Raúl Pérez Larraya y su compañero de grado, Marcos Astún bregaban contra las ampollas que el primero tenía en el dedo pequeño del pie derecho. “Vamos un poco más lentos, pero llegamos seguro”, auguraban acompasados.

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