Transporte Urbano Comarcal
"Hay más pipicanes que baños para chóferes de las villavesas"
Para el 31 de diciembre tenía que haber 16 baños instalados “y no hay aún ni modelo”, afirma el comité de empresa, mientras la Mancomunidad reconoce “el debe”


Actualizado el 08/02/2025 a las 17:40
“Les hemos sugerido que se pongan al volante del autobús y hagan una jornada de nueve horas sin ningún descanso. Es la mejor forma de entenderlo”. Javier Peru, enlace sindical de ELA, 57 años y desde hace 17 chófer de villavesa, aporta una sucesión de situaciones para explicar la necesidad de contar con baños para los conductores. El pliego de condiciones del último contrato del transporte urbano comarcal, adjudicado a TCC en noviembre de 2023, incluía el compromiso de habilitar un total de 16 baños en las cabeceras de las líneas. Tenían que estar instalados para el 31 de diciembre de 2024. Pero aún no hay rastro. “Ni están licitados, ni siquiera hay modelo todavía”, apuntan varios chóferes, representantes del comité de empresa reunidos en la plaza Príncipe de Viana este miércoles 5 de febrero.
Preguntado sobre el tema David Campión, presidente de la Mancomunidad, reconoce que la plantilla tiene razón. “No se pueden poner paños calientes. Vamos con retraso, es algo que me desespera especialmente. Es un debe. Ya tenemos establecida con ellos y con la empresa la ubicación y ahora hay que consensuarla con los ayuntamientos, que nos den el visto bueno y decidir el modelo de baño”. La mayoría de los baños estarán en Pamplona, aunque también hay previstos en otros municipios, como Barañáin.
El proceso se ralentiza y, entretanto, los chóferes, 127 a diario en cada turno, siguen en una situación que califican de “irreal en pleno siglo XXI”. Desde la pandemia en 2020, cuando se cerraron todos los establecimientos de hostelería, hay instalados en algunos puntos de Pamplona un total de seis baños provisionales de obra, de los que también se colocan en fiestas y eventos multitudinarios. Hasta entonces y también ahora los chóferes se apañan como pueden, entran a algún bar, si hay uno cerca de la parada y les dejan utilizar el aseo sin consumir; o bien se van a una esquina o contra un árbol, en el caso de los hombres. Porque cada vez hay más mujeres. “Acaba de entrar la número 100 y así no podemos seguir, yo llevo 29 años y cuando empecé fue lo primero que me dijo mi madre: hija mía, dónde vas a hacer tus necesidades, porque mi padre también fue chófer y entonces orinaban a la rueda. No son maneras hoy día, al final te haces amiga de porteros de colegios o de cafeterías. Me voy a jubilar y no voy a ver el baño”, describe Caridad Chueca, de 50 años. Junto a ella, Antonia Sánchez Hernández, de 59, y representante de UGT en el comité, recuerda también a las compañeras jóvenes en sus días con la regla. “Necesitan mucha higiene”, apunta e incide asimismo en que los baños provisionales no cuentan con las condiciones mínimas: “No hay luz, imagina cuando a las seis de la tarde ya está oscuro o los compañeros del turno de noche; en verano te asfixias, en invierno hace frío y solo hace falta probar, entrar, cerrar la puerta con tu mochila al hombro y ver con qué te topas al sentarte”, explica en el mismo retrete que tienen a la derecha un urinario. Y se acuerda de los años en que comía sin agua para no acumular líquido.
Porque reparan en que deben llevar con ellos, además de todas sus pertenencias, todas las monedas y billetes del autobús. “No puedes dejar nada dentro, además, si hubiera un robo, nosotros tendríamos que responder, ir a la Policía Nacional fuera de nuestro horario a poner la denuncia... con todo lo que eso supone”, añade Javier Perú.
Pide soluciones y a la Mancomunidad que haga cumplir el pliego a la empresa. “Si yo no hago mi trabajo me expedientarían, tendría consecuencias, no entiendo cómo esto no tienen ninguna”, expresa. Explica que él trabajó antes en el metal. “Allí, si tenías que ir al baño, pulsabas el timbre, venía un compañero que te relevaba en la cadena de montaje y al venir aquí...”. Y menciona otro episodio que resulta desagradable para ellos. “En las 9 horas estamos siempre con usuario (la empresa nos dice que son clientes, no, son usuarios de un servicio público) y te ponen una cara cuando vas al baño.... Es como cuando tú estás en la caja del híper y la cajera se va y te quedas esperando.... Pero soy persona, no soy una máquina, tengo unas necesidades y estoy las nueve horas, no tienes un momento de desconectar”, ahonda.
Caridad Chueca y Antonia Sánchez apuntan que el tiempo en las cabeceras no es siempre el mismo. “Hay veces que no sobran ni dos minutos y si queremos ir al baño se retrasa la expedición, nosotras llevamos años al volante, pero hay gente joven a la que le da miedo, y aguantan y aguantan con las consecuencias que puede tener para la salud y hay personas que necesitan orinar dos veces, otras más, depende”, sostienen ambas que han confluido un cúmulo de factores: “Hay menos tiempo porque hay más usuarios y eso siempre ralentiza los horarios, tampoco se tienen en cuenta que la ciudad está más envejecida, hay más sillas de rueda, andadores, personas con movilidad reducida, y luego están las tarifas sociales, hay billetes que cuestan 11 céntimos o los bonos con tarifa plana y personas que suben en Príncipe de Viana para bajar en Merindades”, aseguran. Todo resta tiempo y ellas siguen sin poder sentarse en el retrete.


“Hay más pipicanes que baños para las personas”, lamenta Caridad Chueca, representante de ATTU en el comité de empresa.