Bares, qué lugares
El Pasaje de la Jacoba, el bar que se transforma cada día


Publicado el 01/12/2024 a las 05:00
Quién le iba a decir a Jacoba San Miguel Murillo que 121 años después de abrir su tienda textil en el pasaje de la Marina, aquel que -bajo techo- unía la plaza del Castillo con el punto donde se encuentran las calles Pozo Blanco con Zapatería, seguiría llamándose como ella. Y también el bar que desde 2014 abrió Íñigo Cochero Ataún en el lugar donde estaba aquel establecimiento que cerró en 1923. Después, lo fueron ocupando otros negocios. "Esto era una antigua zapatería y aquí sólo había cuatro paredes de gotelé. Lo hice desde cero". Y si la historia de Jacoba empieza en 1893, cuando esta viuda decide abrir el comercio para sacar adelante a su hijo, la de Íñigo en la Jacoba arranca en 2014, cuando decide dejar atrás el mundo hostelero de la noche.
"Me apetecía un cambio radical y recordaba con mucho cariño esas mañanas de vermú con mis padres así que nos fuimos a una inmobiliaria con la idea de buscar un bar diurno que se traspasara. Pero me hablaron de este local, lo vi y me enamoré". Su intención era, y lo consiguió, combinar en un mismo espacio tradición -sobre todo gastronómica- con un aire de vanguardia envuelto en buena música y una decoración que recuerda a un loft neoyorkino gracias a parte de un mobiliario de inspiración industrial y sus grandes ventanales que dan al pasaje. "No tenía mucho sentido apostar por una oferta culinaria vanguardista. Estamos en el Casco Antiguo, donde la mayoría del turista se quiere llevar a su casa el recuerdo de un sabor de la tierra. Y eso le damos".
Pero sin olvidar también al cliente de casa, que de normal tiende a los sabores conocidos. "Aquí tenemos los días laborables a mucha gente que trabaja alrededor, además de vecinos". El fin de semana se acercan familias que viven en los barrios y que aprovechan sábados para subir al centro. Para acoplarse a cada gusto y situación, el bar se moldea. "La barra de mañana es la de la tortilla, el jamón con tomate, la chistorra o el huevo frito con bacon", al que se le da una vuelta en cocina para dar una presentación de pincho. "Conforme pasan las horas vamos añadiendo los fritos tan típicos de mediodía, la croqueta, el de pimiento o jamón, las rabas o aquel por el que se nos identifica, el de jamón con queso brie y en el vermú llegan las vinagrillas, la anchoa, la gilda..." También se puede comer a la carta, con una oferta en la que siempre hay un hueco para productos de la tierra de temporada.
Y llega la tarde de viernes y sábados y el bar sufre otra metamorfosis para convertirse en cita de tardeo, en la que se trabaja el cóctel o vermús aliñados (otra marca de la casa, también para la mañana) y la música es un recordatorio de los años ochenta y noventa. "Las canciones que escuchaba nuestra clientela que, en estas horas, es gente de cuarenta años para arriba", dice Iñigo, al frente de un negocio en el que trabajan diez personas, la mitad de ellas a jornada completa.
Le gusta esa mezcolanza de ambientes, el vecino, el empleado, el que tardea y las familias del vermú. Y también le gusta ver al turista, incluso al que no entra y mira con curiosidad a través de los amplios ventanales que asoman al pasaje hasta reparar en la pared dedicada a Jacoba San Miguel Murillo, en la que se cuenta su historia. "No podía faltar, claro. Ella empezó aquí todo".