Música

Los Amigos del Arte se disuelven tras 106 años de historia en Pamplona

Los socios que sostenían la entidad con una decena de músicos han tenido que renunciar por falta de relevo generacional y de apoyo institucional

Desde la izquierda, en un concierto en diciembre de 2023, Maribel Ugarte, Belén Urío, Laura Unanua, Isabel Gracia Bernad, Isabel Tudela, Itziar Ara, Marcos Marín, Josetxi Goikoetxea, Mari Jose Zaratiegui, Carlos Irigoyen, y Daniel Pérez Muniáin.
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Desde la izquierda, en un concierto en diciembre de 2023, Maribel Ugarte, Belén Urío, Laura Unanua, Isabel Gracia Bernad, Isabel Tudela, Itziar Ara, Marcos Marín, Josetxi Goikoetxea, Mari Jose Zaratiegui, Carlos Irigoyen, y Daniel Pérez Muniáin.
Desde la izquierda, en un concierto en diciembre de 2023, Maribel Ugarte, Belén Urío, Laura Unanua, Isabel Gracia Bernad, Isabel Tudela, Itziar Ara, Marcos Marín, Josetxi Goikoetxea, Mari Jose Zaratiegui, Carlos Irigoyen, y Daniel Pérez Muniáin.

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Pilar Fernández Larrea

Publicado el 01/12/2024 a las 05:00

Este 10 de noviembre de 2024 fue el último día en los 106 años de historia de Los Amigos del Arte de Pamplona, asociación musical que se va discreta, pero deja un indudable poso en la cultura musical de la ciudad. Las 40 personas que la han sostenido durante los últimos meses han luchado por evitar la disolución, pero se han dado una y otra vez de bruces con la transformación social y con la falta de apoyo institucional que les aboca, en fin, a un adiós que no habrían querido protagonizar. A pesar de todo hablan para contarlo y para dar las gracias a todas las personas: socios, músicos, amigos, seguidores... que les han acompañado en este camino que empezó en 1918 en el palacio de Condestable, con el fin de promocionar la música en sus diferentes manifestaciones: conciertos, conferencias, y una suerte de academia de música donde enseñaban lenguaje musical, bandurria, laúd o mandolina. De sus clases han salido músicos reconocidos, compositores, profesores, instrumentistas de La Pamplonesa o de la Orquesta Sinfónica de Navarra.

Un concierto el pasado 12 de mayo en Condestable y otro el 9 de junio en la Casa de Misericordia fueron los últimos. Lo fueron sin que nadie lo imaginara, aunque el réquiem se escribía lento. Cuatro entre la decena de músicos que participaron en aquellos dos escenarios explican la despedida. Alguno casi creció al cobijo de los Amigos del Arte, como Carlos Irigoyen, nacido en la calle Campana; o Mari Jose Zaratiegui, en la calle San Francisco, medio siglo con la bandurria en la asociación. Lamenta ella que no hayan podido suscribir siquiera un concierto de despedida. Bien lo merecería la institución. “El detonante” ha sido la falta de instrumentistas, cuentan. “Teníamos cuatro púas, hasta junio tres y después de esa fecha dos. Así no podían continuar, evidencian y subrayan la presión y la dependencia que supone para los músicos. No puede fallar nadie, de lo contrario cualquier concierto decaería. “Y es una sobrecarga, hay que compaginar conciertos, trabajo, familia...”, recuerdan los ensayos de 9 a 11 de la noche, casi cuando la ciudad se acuesta. En las últimas décadas han utilizado un local alquilado en la calle Monasterios de Navarra de San Juan. Y ese ha sido otro de tantos escollos. Las cuotas de los socios no pueden sostener todos los gastos que se desprenden y el compromiso de las administraciones es cada vez más escueto. También lo es la financiación privada, hoy quizás más dirigida “a causas sociales o a las deportivas, que gozan de mayor visibilidad”. De esta forma, la cultura queda en una especie de limbo. No hay discriminación positiva que valga, ni por sumar años de historia, ni por hacer sonar instrumentos casi condenados al silencio, como el laúd, la mandolina o la bandurria, que ellos acompañaban con otros propios de orquesta. Entienden asimismo que en Condestable estaban muy presentes en la vida diaria de Pamplona, en una sede social que es lugar de encuentro, de compartir, algo que en la recogida bajera de San Juan no resultó sencillo.

Los Amigos del Arte fueron pioneros en su día, con una rondalla, a la que desde mediados de los 80 se añadió la orquesta Paulino Otamendi, en honor a uno de los dos hermanos fundadores de la asociación, Paulino y Santiago. Y llegaron a organizar el Ciclo Internacional de Plectro, con participantes de diversos países, que pusieron a Navarra en un singular escaparate. Es otra de las aportaciones que descansarán en el patrimonio inmaterial. Como las composiciones que fueron estrenos mundiales, la de Iñigo Casalí o la de Koldo Pastor.

Pero la propia evolución social y musical han puesto demasiadas piedras en un camino rugoso. “Se ha profesionalizado todo tantísimo, los Amigos del Arte fueron una forma de hacer cantera, aunque algunos músicos de aquellos inicios tocaran de oído”, indican que los conciertos de los últimos 20 años han sido cerrados: en auditorios, iglesias... Perdieron el pulso de la calle porque para tocar al aire libre hace falta músculo. Lejos quedan los conciertos de Sanfermines en el Bosquecillo, la Taconera, la Media Luna; las Sampedradas y tantas otras citas entrañables que quedan en la retina de los pamploneses y también a su disposición en los archivos. Porque han decidido donar su legado “para que no caiga en el olvido”. De un lado las partituras al Archivo General de Navarra; de otro, sus estandartes, farol y algunos instrumentos y documentos al Museo Etnográfico de Navarra, en Estella. E inciden en que no hay relevo generacional, porque tampoco hay escuelas de instrumentos de púa. La única escuela que lo impartió fue la de Barañáin. Quienes han estudiado estos instrumentos lo han hecho en otras comunidades, en La Rioja, por ejemplo. Mencionan a Isabel Abárzuza, catedrática en la especialidad, integrante durante años de la formación, que debió dejar para seguir sus pasos profesionales fuera. “Lo que llama la atención a los niños es lo que conocen”, envuelven aquello de que lo que no se conoce difícilmente se puede amar.

Ellos, sostienen, venían “avisando desde hace 30 o 40 años” del declive del instrumento, de su presencia en las jotas, de tanto y más.

La Rondalla Armonía es prácticamente ahora en Pamplona el único reducto de los instrumentos de púa. Son personas mayores con la ilusión de un principiante, arrimados a la música, algunas veces retomada tras su retiro laboral. Ellos y los que aporta la Cofradía de San Saturnino.

“Hemos llegado hasta aquí por nosotros y somos los que la estamos disolviendo”, comparten la paradoja de sus sentimientos encontrados, una revolución de pensamientos que aún no han tenido tiempo de ordenar. Andan enfrascados en los innumerables trámites que requiere la despedida. Papeles y más papeles para anular la asociación y renunciar a la marca, que queda libre por si alguien la quisiera registrar. “Hemos hecho todo lo posible y hemos llegado hasta aquí”. Les queda el sabor de la música, del amor y de la amistad y el extraño amargor del adiós.

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