Obituario

Jesús Mauleón Heredia, el cura de Ollacarizqueta, Navaz, Garciriáin y Unzu

Jesús Mauleón, durante la celebración de su medio siglo como sacerdote, en 2016
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Jesús Mauleón, durante la celebración de su medio siglo como sacerdote, en 2016
Jesús Mauleón, durante la celebración de su medio siglo como sacerdote, en 2016

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Cristina Aguinaga Mendioroz, feligresa.

Actualizado el 25/10/2024 a las 15:13

CUANDO el 19 de marzo, en una de las salas del Nuevo Casino de Pamplona, sentado en su silla de ruedas y con la enfermedad acechando, Jesús Mauleón Heredia (Arróniz, 21 de diciembre de 1936-Pamplona, 20 de octubre de 2023) sacó fuerzas para leer el poema que cerraba su Antología Poética 1968– 2024 (Ed. Papeles del Duende) dejó claro que, además del de hijo, hermano, tío, amigo, vecino, sacerdote, filósofo, novelista, ensayista, poeta o profesor, uno de los “títulos” que llevaba con orgullo era el de “cura de Ollacarizqueta, Navaz, Garciriáin y Unzu”.

Cuatro de los “pueblitos” del valle de Juslapeña en los que sirvió como párroco durante más de medio siglo, de septiembre de 1966 a enero de 2019, y que conservaba en un lugar privilegiado de su corazón. En una velada en la que las lágrimas silenciosas acompañaron a varios de los poemas leídos por sus amigos y compañeros en tantas de sus aventuras literarias, Víctor Manuel Arbeloa y Juan Ramón Corpas, reservó para el final el poema escrito en 2015 y que le ha acompañado, junto a otros, en estos últimos días y que a los que recibimos su atención pastoral “toda una vida” nos llenó de orgullo. Al menos a los que allí pudimos acompañarle y a tantas personas a las que se lo contamos después.

Por eso es fácil titular este obituario sobre el autor, entre otros, de El tío de Jaimerena, Osasuna se traduce la salud, por el que quedó semifinalista del Premio Nadal en 1984 y poemarios como La luna del emigrante, Pie en la cima de sombra, Salmos de ayer y hoy, Escribe por tu herida, Este debido llanto –tras el fallecimiento de su madre, María Heredia, con la que convivió y a la que cuidó con esmero–; Apasionado adiós, Pero estás en mi aliento, Confinada voz y La fama pregonera.

No es tan fácil escribirlo y resumir una vida fecunda en lo intelectual y en lo religioso. Releer sus poemas enseña su preocupación por temas sociales como la emigración o la pobreza y por las guerras; su amor a la familia y a sus amistades; su fe, que en tantas homilías, catequesis y charlas nos ha ido mostrando; su relación con la muerte desde la perspectiva del que ha vivido acompañado de Dios. También su osasunismo (llevaba orgulloso la insignia de oro que le entregó el club en tiempos de Fermín Ezcurra y fue socio durante décadas) y su humor.

Las biografías en las pestañas de tantas portadas recogen sus estudios de Filosofía en Comillas, su paso por Innsbruck (Austria) y Múnich (Alemania), como se veía en su cuidada pronunciación en alemán que, junto al euskera, que aprendió también, practicó en varias ocasiones. Su papel en la fundación de la revista Río Arga y el Ateneo Navarro.

También llevan su prolija obra como ensayista, novelista y, sobre todo, poeta. “Cura y poeta” tituló un blog en el que durante años mostró parte de su obra y escritos que, en su última etapa, repasó y añadió desde su habitación en la residencia San Miguel del Seminario. Allí ingresó en enero de 2019.

Pero mucho antes fue profesor. Lo recuerdan muchos sacerdotes que ejercen en la diócesis. Además, con José María Cirarda como arzobispo de Pamplona, ocupó el puesto de delegado diocesano de medios de comunicación. Estuvo a cargo, como tal, de la visita del Papa Juan Pablo II a Javier. Sus enseñanzas se centraron en la literatura. Tuvo entre sus discípulos al que después sería su gran amigo Tomás Yerro, fallecido en 2021 y premio Príncipe de Viana de la cultura en 2019.

“Escribir es una vocación muy arraigada que Dios me ha dado y me ha proporcionado muchas horas felices”, respondía en la última entrevista en este periódico con motivo de la presentación de su antología, la segunda tras la que editó el Gobierno de Navarra en 2005. “Me gustaría ser recordado como buena persona, como un cristiano humanista acorde con su fe en Dios, el primer Creador, la primera Palabra”, terminaba el cuestionario.

Su trabajo de profesor posibilitó el largo vínculo como párroco rural. Lo contaba cuando en 2016 sus feligreses organizaron en Ollacarizqueta un homenaje para celebrar sus bodas de oro en la parroquia. “Fue fácil, por la cercanía, compaginarlo. Y con el tiempo ya no era fácil dejarlo”.

De esos años nos quedan su preocupación por los templos y, sobre todo, por sus moradores. Su trabajo, junto a los vecinos de Ollacarizqueta, para construir la nueva iglesia terminada en 1968. Una obra en auzolan. De los vecinos y en la que él también colaboró, vestido con buzo.

Y nos queda su celo por mantener las iglesias de Navaz, Garciriáin y Unzu, incluido el retablo de Juan de Beauvais. Y su ermita de Santa Lucia, una rehabilitación de la que se ocupó ya “viejo”, como se decía, con la única ayuda de los vecinos y oriundos y cuya reinauguración pudo disfrutar hace diez años.

Pero sobre todo guardamos sus enseñanzas. “Fue un referente para todos”, decían desde Ollacarizqueta cuando intercambiamos en la parroquia la noticia del fallecimiento. Acudió en días de precepto. Con frío, nieve o problemas personales y familiares. En días de labor. Rezó y nos acompañó ante la enfermedad y muerte de familiares.

Tantas visitas al hospital y a los domicilios para dar la comunión, confesar, rezar, cantar y escuchar. Tantos funerales y aniversarios. Tantos mensajes para recordar a los finados. Celebró éxitos profesionales y familiares. Casó, bautizó y dio la primera comunión y formó en la confirmación a varias generaciones. A los últimos, hijos de los primeros años 2000, acompañó en 2018. Meses antes de su retirada.

En otros casos, según su propia confesión escrita, vivió algunos de los momentos más felices. Como en la primera comunión de Genarito, en 1991. Años después le dedicó un poema, Muchacho con Síndrome de Down. Que cada vez que se difundía le reportaba alegrías en forma de visitas en internet y comentarios.

“Quien te cobija, cobija la bondad, y la luz, y la música/ y un espejo limpio en el que hasta los cielos se miran con agrado./ Y cuando sales a la calle, vuelves mejor el mundo” concluían los versos del que también cobijó y supo querer a ese muchacho como pocos. Querernos. Descanse en paz y gracias por todo.

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