El último zapatero del Casco Viejo de Pamplona

Fermín Javier Roa Córdoba y su cuñado, Javier Ayesa, fueron pioneros en Pamplona en reparar calzado al momento. Tras cuatro décadas en el oficio, Fermín Javier se jubila. 

Fermín Javier Roa Córdoba, en Calzaperfect, su local de reparación de calzado de la calle San Antón
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Fermín Javier Roa Córdoba, en Calzaperfect, su local de reparación de calzado de la calle San Antón
Fermín Javier Roa Córdoba, en Calzaperfect, su local de reparación de calzado de la calle San Antón

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Pedro Gómez

Publicado el 29/09/2024 a las 05:00

"Fermín Javier, ese es mi nombre”, recalca el zapatero del Casco Antiguo de Pamplona, con su medalla del santo morenico al cuello. Por cosas del destino y de la política, nació en Chile hace 63 años pero no tiene recuerdos del país andino porque a los 3 ya correteaba por la calle Eslava, donde la familia tenía una churrería. Fermín Javier, sin embargo, fue por otros derroteros profesionales, la reparación de calzado. Después de cuatro décadas en el oficio, le ha llegado el momento de la jubilación. El Casco Viejo perderá a su último zapatero. No hay relevo. “Hace meses que puso el negocio en traspaso y me ofrecí a formar al que tuviera interés, pero nadie dio el paso”, admite.

Fermín Javier Roa Córdoba tiene contabilizados siete cierres en los últimos 5 años. Ya hay varios barrios sin zapateros. “Hace falta una formación profesional que enseñe el oficio”, dice. Y cita otro problema añadido, los cambios en los hábitos de consumo: “Poca gente se compra zapatos de calidad que luego les merezca la pena arreglarlos”.

Los padres de Fermín Javier emigraron a Chile durante la Guerra Civil después de que su abuelo paterno, José Roa García, fuera fusilado en el 37. “Era churrero en la calle Eslava y fue concejal de Pamplona durante seis meses, con el gobierno interino al llegar la república en 1931”, relata. Fermín tiene una hermana gemela y tres hermanos mayores. Con la amnistía de 1965 toda la familia regresó a Pamplona. “Yo tenía 3 años, así que no tengo recuerdos de Chile. Mis hermanos mayores sí”, cuenta Fermín. La familia se instaló en el Casco Viejo, donde una tía seguía con la churrería La Estrella, en la calle Eslava número 20. Estuvo abierta hasta los años 70. Aunque sus padres le animaron a estudiar, Fermín admite que no era muy constante. “Hice BUP, pero veía a mis hermanos ya trabajando y ganando dinero y era muy tentador”, admite. Así que con 15 años se fue a la zapatería Jauja, de la familia Ayestarán. “Allí estuve 7 años, con el famoso tobogán por el que bajaban las cajas de zapatos”, recuerda.

El interés por la profesión de zapatero le llegó de un cuñado, Javier Ayesa. “Era delineante pero muy inquieto, así que iba al taller de la familia Dallo, junto al pasaje de la Jacoba. Él observaba y anotaba todo. Así aprendió. Años después se sacó el título de ortopedia”, describe. Ayesa comenzó con un local en Barañáin y tras enseñar el oficio a su cuñado, abrieron Don Rápido en Carlos III. “Yo tenía 22 años. También estaba con nosotros mi hermana mayor, Pili. Fuimos pioneros en arreglar zapatos al momento. Javier era exigente, perfeccionista, metódico. Nos grabábamos con una cámara y luego analizábamos dónde podíamos mejorar. Además trajo las máquinas más avanzadas que existían en el mercado”, relata.

Ambos cuñados trabajaron codo con codo durante dos décadas y en 2003 Fermín se trasladó a la calle San Anton número 4 y abrió Calzaperfect. “Voy a cumplir 63 años y llevo 47 y medio cotizados”, hace balance. Tiene dos hijos, un chica de 26 años que es profesora y un chico de 30 que estudió mecatrónica. “Él me modernizó el torno, que tiene 40 años”.

Asegura que a los zapateros no les falta trabajo. “Es cierto que ahora se compran calzado barato, que se usa unos meses y luego se tiran, pero todavía hay mucha gente que busca la calidad, cuida los zapatos y prefiere arreglarlos”, comenta. Fermín cobra unos 25-30 euros por poner suelas y tapas. “Y sueles aprovechar para repasarlos, algún cosido y pegado, por el mismo precio”. Suele arreglar de un día para otro o en el día “si es una urgencia”. “A veces viene alguien, que se le acaba de romper una tira o el tacón y se lo haces al momento. Se quedan muy agradecidas. ‘Se me ha abierto el cielo’ te dicen”. Destaca que la clientela de Pamplona “es muy fiel”. “Te lo pueden decir todos los comercios de alrededor, Numancia, droguería López, Donézar… La gente es muy agradecida. Lo estoy viviendo estos días”, expresa.

De la tienda se va a quedar la máquina de coser. “Me gusta trabajar la piel y hacer bolsos, carteras..”. Pero también tiene previsto pasar temporada en Orbaiceta y aprovechar la temporada de la trucha. “Es una afición que cogí de joven gracias a mi suegro y cuñados. Era de Cuenca y alguna vez hemos ido al Tajo”.

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