Otoño
100 años vendiendo castañas en Pamplona
La familia Martínez cumple este otoño un siglo de castañeros en las calles de Pamplona. Empezó el abuelo José con la locomotora, luego Miguel y ahora sus hijos, Miguel y Andoni


Actualizado el 26/09/2024 a las 08:00
"He sido muy feliz aquí”. Miguel Martínez Ochoa suma 85 años y condensa diáfano 50 otoños y aquellos inviernos de los de abrigarse hasta las cejas como castañero en Pamplona. Sus ojos son un poco como la estación que tanta felicidad le ha dado: ocres y sosegados. Su mirada parece buscar esos instantes que ha compartido con los pamploneses y congelar las sonrisas de los niños al coger entre sus manos el cucurucho de castañas asadas.
Miguel, pamplonés de la “avenida Jarauta”, se inició en el oficio de manos de su padre, José Martínez Llorente, en 1963, y lo dejó en 2013, en manos de sus hijos Miguel y Andoni Martínez Chocarro. El pequeño en la popular locomotora de la calle Comedias que montó el abuelo José y Miguel en la plaza de Merindades, como un baluarte de las tradiciones más singulares, allá donde la ciudad se abre al Ensanche y a los comercios de serie.
Las tres generaciones suman este otoño cien años de venta de castañas en la familia Martínez. Miguel abrió su puesto de Merindades el 23 de septiembre, primer lunes de otoño con trazas de verano. Un rato al abrigo de su chimenea basta para entender por qué les ha enamorado el oficio, con sus días largos y con el frío desafiante de cualquier noche de enero. “Hasta la soledad tiene su encanto”, concede Miguel Martínez, 56 años, mientras llena de castañas calentitas los primeros cucuruchos de la temporada. “Bienvenido un año más”, saluda una mujer de mediana edad. “Media docena”, pide un padre tras bajar de su bici con sus dos txikis. Al poco se detienen dos policías municipales que patrullan en bicicleta. Ella pregunta por el padre, por Miguel. “Viene en un rato”, le explican que se acercará para la foto del periódico. “Volveré”, promete ella. Y a los minutos, aparece. Es Maite González Labari y se emociona al saludar a Miguel Martínez Ochoa. Conversan un rato, él sentado en su andador, ella le acaricia un brazo y explica que ver el puesto de Miguel cada otoño le alegraba la cara. “Entonces patrullábamos mucho a pie, no como ahora, y siempre tenía una buena palabra, una sonrisa, en aquellas noches tan frías. Es una gran persona”, subraya. Y Miguel, sus hijos, sus padres, José y Felipa Ochoa, son ya parte de la historia menuda de Pamplona.
Los tres agradecen el respaldo del público y Miguel repara especialmente en su mujer, Marian, sus hijos, Leyre e Iñigo. O en su otro hermano, Alfonso, a quien más de una vez llamó al filo de la medianoche porque se le había pinchado una rueda del remolque o tenía el coche averiado. “Es mecánico y en un momento venía y lo solucionaba. Todos han colaborado”, evidencia que la familia engloba más que los tres rostros protagonistas.
Andoni, de 50 años, ha recopilado, escrutado y rescatado la historia de la familia, la ha escrito y publicado y la repartirán entre amigos. Una delicia de páginas aderezadas con fotografías antiguas y actuales, un retazo de un siglo de Pamplona. “Me quedo con la gente, con el trato, con el saludo”, se despide el padre”. “Sí, y eso que el invierno en Pamplona es largo, muchos días de frío, de lluvia y de calles vacías”, añade Andoni. Qué más da cuando te llevas el olor de las castañas, el sabor del otoño.
Falta saber si tendrán relevo. Alonso Martínez Muñoz, el pequeño de los seis nietos, pasea con desparpajo sus 7 años “que pronto serán 8”. La mayor, Leyre Martínez Aguinaga, de 24, le alza en brazos y le abraza. Al poco lleva a su abuelo la primera castaña de la temporada y consigue iluminar los ojos ocres de Miguel.