Invasión rusa

Natalya, vecina de Pamplona: "Han matado a mi sobrino en Ucrania"

Natalya, vecina de Pamplona desde hace más de veinte años y de origen ucraniano, vivió en directo el 11 de julio las últimas horas de su sobrino Sergiy en el frente de guerra

Natalya, vecina de Pamplona desde hace 22 años, muestra la fotografía de su sobrino Sergiy y el zorrito que salvó de un bombardeo y crió en la primera línea de los combates.
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Natalya, vecina de Pamplona desde hace 22 años, muestra la fotografía de su sobrino Sergiy y el zorrito que salvó de un bombardeo y crió en la primera línea de los combates
Natalya, vecina de Pamplona desde hace 22 años, muestra la fotografía de su sobrino Sergiy y el zorrito que salvó de un bombardeo y crió en la primera línea de los combates.

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Iván Benítez

Publicado el 28/07/2024 a las 05:00

Sergiy consiguió protegerse del fuego enemigo mezclándose entre los cuerpos sin vida de sus propios compañeros de batallón y de otros jóvenes soldados rusos. La artillería rusa bombardeaba con intensidad, el suelo se abría en canal y la tierra saltaba por los aires cubriéndolo todo. Entre hojarasca, tierra, sangre, fuego, humo y cadáveres, en este escenario, sintió de repente el hocico de una cría de zorro asustada que buscaba refugio. El animal se introdujo en uno de los bolsillos de su chaleco y allí se quedó hasta que lograron escapar. Desde entonces, abril de 2024, nunca se separaron. El zorrito caminó tras Sergiy en cada misión, en cada batalla. Hasta la noche del 11 de julio.

Un mes después de aquel bombardeo en Bajmut, Sergy se lo contaba en un mensaje de audio a su tía Natalya, vecina de Pamplona de origen ucraniano con más de 22 años de residencia en Navarra. En el mensaje de WhatsApp el soldado adjuntó una fotografía con el zorrito, la misma imagen ampliada en papel de la que Natalya no se desprende estos días y que abraza mientras lo recuerda en este reportaje. “Me decía que era su tía guerrera”. Sonríe, entre lágrimas. Tía y sobrino mantenían una fuerte relación a pesar de la distancia. Un vínculo que se fortaleció tras el inicio de la guerra gracias a los paquetes que le enviaban periódicamente desde Navarra tanto ella como Nadiya, amiga y compatriota del barrio de la Rochapea. “No olvides que conformáis la segunda línea del frente”, solía espolearlas Sergiy.

A la izq., Sergiy, sobrino de Natalya, en Bajmut. A la dcha.; Rusian duerme en Donetsk, en un saco enviado de Pamplona
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A la izquierda, Sergiy, sobrino de Natalya, en Bajmut. A la derecha, durmiendo en Donetsk, en un saco enviado desde PamplonaCedidas
A la izq., Sergiy, sobrino de Natalya, en Bajmut. A la dcha.; Rusian duerme en Donetsk, en un saco enviado de Pamplona

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De hecho, Natalya y Nadiya habrán uniformado a unos 200 soldados en un conflicto que ha entrado en su tercer año de guerra y ha dejado más de 30.000 víctimas civiles, entre muertos y heridos. Además de seis millones de personas refugiadas en un país con más de 43 millones de habitantes. Una primera línea que se extiende en la actualidad a lo largo de casi mil kilómetros y no ha cambiado mucho en los últimos meses. Cerca del 18% del país está actualmente ocupado por Rusia.

En realidad, es muy difícil constatar el número de civiles y militares heridos o muertos. El diario ‘New York Times’ publicó hace un año que 70.000 soldados ucranianos habían muerto y entre 100.000 y 120.000 habían resultado heridos, según estimaciones de funcionarios estadounidenses. Las pérdidas rusas serían mayores: 120.000 soldados habrían muerto entre el inicio de la guerra y agosto de 2023 y entre 170.000 y 180.000 habrían resultado heridos. Más de 10 millones de ucranianos se han visto obligados a abandonar sus hogares desde el comienzo de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia.

Explosiones en Bajmut
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Explosiones de fósforo blanco en Bajmut, fotograma de un vídeo tomado por Sergiycedida
Explosiones en Bajmut

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PASTELERÍA DE LA TXANTREA

“La guerra no está tan lejos de Navarra”, susurra Natalya, una semana después de la muerte de su sobrino. Habla entre lágrimas, por momentos con una sonrisa de rabia e impotencia, acariciando a veces temblorosa la fotografía de Sergiy con el zorrito, en la misma pastelería de la Txantrea donde trabaja y recibió la noticia de su muerte la noche del 11 de julio. Su historia es la de otros miles de jóvenes ucranianos, chicos y chicas que deberían estar estudiando y que han muerto por defender su país. Una generación aniquilada.

“A mi sobrinico le apasionaba el chocolate”. Su mirada estalla al empezar a recordar las últimas horas con vida de las que ella fue testigo en directo. “Sergiy empezó a combatir con 29 años y durante casi dos años permaneció en la región de Bajmut”. Antes de la invasión rusa, vivió diez años en Italia con su madre, su padrastro y sus dos hermanos, un chico y una chica mayores que él. (Su historia se publicó el 7 de mayo de 2023 en este periódico cuando combatía en las trincheras de Bajmut). Su madre relataba entonces en este periódico que emigraron a Italia hacía diez años en busca de un futuro y que su hijo pequeño, Sergiy, no tardó en ponerse a trabajar como repartidor de publicidad y periódicos mientras aprendía italiano. Trabajos que alternaba con hostelería y pintor de brocha gorda. Al final, se inclinó por la hostelería, le apasionaba la pastelería, y le contrataron en un restaurante.

Mantenía una vida más o menos “acomodada”, alejada de sus abuelos, tíos y sobrinos, que se quedaron en Ucrania. Por eso, a partir del comienzo del conflicto la madrugada del 24 de febrero de 2022, decidió volver. Fueron días de desasosiego en Italia. Su padrastro incluso le amenazó con romperle el pasaporte. Pero Sergiy se resistió. No podía seguir mirando hacia otro lado, les decía. Y se marchó. Llegó a la frontera en abril de ese año con una mochila, cuando todo era confuso y los ciudadanos trataban de escapar de los combates. Volvía cuando todo el mundo se marchaba. Los militares no disimulaban su perplejidad en los puestos de control. “¿Por qué vuelves?”, le preguntaban. Él sonreía. Continuó y se instaló en casa de su abuela. Se alistó.

Sergiy bebe café durante el invierno pasado. "El gorro de la lana se lo hice yo", dice Natalya.
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Sergiy bebe café durante el invierno pasado. "El gorro de la lana se lo hice yo", dice NatalyaCedida
Sergiy bebe café durante el invierno pasado. "El gorro de la lana se lo hice yo", dice Natalya.

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COMUNIDAD UCRANIANA EN NAVARRA

Fue un tiempo, el principio de la invasión, en el que la comunidad ucraniana en Navarra se movilizó. Primero, se acercaron a los refugiados, principalmente mujeres solas con niños. Eran brazos de acogida que con el paso del tiempo empezaban asistir a los soldados en las propias trincheras y ante la falta de lo más elemental. Aquella red de solidaridad, que continúa y en la que participa directamente población navarra, conectaba directamente con la primera línea. Natalya y Nadiya abanderaron envíos desde Navarra y Aragón gracias a pequeñas donaciones y a sus propios sueldos. Los propios jóvenes militares ucranianos, desde las trincheras, contactan con las compatriotas pamplonesas vía telefónica o por Facebook.

No ha sido precisamente un camino de rosas la vida de la tía de Sergiy. Natalya era la menor de cinco hermanos, se asentó en Navarra para poder mantener a su hija. Se quedó huérfana con cuatro años. Sus padres y sus tres hermanos fallecieron en accidente de tráfico. “Un niño se cruzó en su camino, se salieron de la carretera y chocaron”. Ella se salvó porque no iba en el vehículo. En la actualidad, sobrevive con su hija de 30 años y su nieto en una habitación en Pamplona ante la dificultad de encontrar una vivienda de alquiler, trabajando en tres empleos a la vez para poder ayudar a chicos como su sobrino desde esta segunda línea.

En marzo de este 2024, Natalya viajó a Ucrania con la intención de reencontrarse con su sobrino. La idea era acercarse a la primera línea y abrazarle, pero él se lo impidió. “No era seguro”, zanjó el intento. Al final, no se vieron y Sergiy le hizo llegar una bandera. Poco después de aquel viaje, en junio, el ejército ruso bombardeó el edificio en el que se instaló su unidad y él se salvó porque había salido al exterior a cortarse el pelo. “Me llamó pocas horas después para decirme que habían matado a seis compañeros y que habían perdido todo”. En 15 horas, Natalya y Nadiya compraron uniformes, ropa, cascos, chalecos para 22 chavales y lo mandaron en una furgoneta. Otra vez, con el dinero de sus sueldos.

Natalya con la bandera que le envió su sobrino en marzo.
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Natalya con la bandera que le envió su sobrino en marzoIván Benítez
Natalya con la bandera que le envió su sobrino en marzo.

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6 DE JULIO

La última vez que hablaron fue el sábado 6 de julio. “Estaba a punto de partir en misión a la aldea de Bilogorivka, en la región de Luhansk. Su batallón residía en un cuartel a 28 kilómetros del frente. Cada tres días salían, realizaban una misión y volvían. Hacían rescates, vigilaban una carretera... El 6 de julio, antes de partir, me dijo que estaban sufriendo más bombardeos de lo habitual y que los rusos estaban arrasando con todo. Tenían que mantener las posiciones para proteger a la población civil. El domingo por la mañana, le volví a escribir y le pregunté cómo estaba y me respondió que “todo bien”. Por la noche, sin embargo, todo cambió. No contestó. Su madre me llamó y me dijo que estaba inquieta. Yo traté de calmarla. El lunes volvió a telefonear su madre y me pidió que buscara a Sergiy porque seguía sin responder y que presentía algo. Yo llamaba sin parar a mi niño a través de todos nuestros amigos comunes, pero no respondía nadie. El martes sucedió lo mismo y el miércoles me puse muy nerviosa y entonces llamé a la Policía Nacional de Donetsk, donde conozco a varios chicos de mi pueblo y les pregunté por la situación. Él me dijo que no sabía nada de mi sobrino pero yo intuía que me ocultaban información. ¡Por favor, necesitamos un mínimo!, les supliqué. ¡Por favor, un mínimo!”. 

La madrugada del miércoles recibió el primer mensaje. “Sergiy está solo y herido, se encuentra caminando, tratando de llegar a la zona de rescate. Necesita una ambulancia. Pierde mucha sangre”, comunicaron.  "Entonces, llamé a todas las personas que pude en Ucrania y conseguí que una ambulancia se acercara hasta la zona de rescate. Lo supe antes que su madre...". Natalya se derrumba sobre la foto de Sergiy con el zorrito.

Natalya se derrumba sobre la fotografía de su sobrino mientras le recuerda.
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Natalya se derrumba mientras le recuerdaIván Benítez
Natalya se derrumba sobre la fotografía de su sobrino mientras le recuerda.

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 11 DE JULIO

El jueves, 11 de julio, a las nueve menos veinte de la tarde, Natalya se encontraba trabajando en la pastelería de la Txantrea cuando recibió el anuncio de su muerte. Sergiy murió desangrado en la ambulancia. Antes de fallecer, sin embargo, pidió a un amigo que le acompañaba que le transmitiera un último aliento a su tía. Estas fueran sus últimas palabras hacia ella, según le aseguró: “Tía, mi fin ha llegado y tienes que seguir luchando por mí y por los demás. No llores y no des pena al mundo. Ha sido mi decisión. Os necesitamos”. Ese 11 de julio coincide con la entrada en Ucrania de un envío de 300 kilogramos de paquetes con comida y ropa que Natalya y Nadiya le habían preparado en Pamplona para Sergiy y su unidad.

“Siento tanto dolor en el alma... La verdad es tan dura que no lo puedo soportar. No se quejaba nunca de nada. Nos enseñó a vivir y a olvidarnos de meter tonterías en la cabeza. Ahora tengo que ser fuerte para ayudar a esos chicos. Necesitan de todo. Se habla cada vez menos de lo que sucede en Ucrania, de lo que no está haciendo Rusia, pero, ¿por qué? ¿De qué está Europa cansada?”. Natalya vuelve a emocionarse. “En estos momentos me gustaría padecer los problemas vitales que dice tener Europa. No los problemas de los bombardeos. No los problemas del futuro de nuestros hijos... Sergiy tenía un sueño: vivir sonriendo y abrir un negocio como esta pastelería en la que trabajo en la Txantrea”.

Sergiy, con el zorrito que salvó del bombardeo ruso.
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Sergiy, con el zorrito que salvó del bombardeo rusoCedida
Sergiy, con el zorrito que salvó del bombardeo ruso.

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