Pamplona
Carmen y Blanca suman 202 años
Carmen Velázquez cumplió 101 años en septiembre; Blanca Sardina los estrenó en febrero. Ambas viven en la resdencia de las Hermanitas de los Pobres de Pamplona y desgranan su andadura centenaria que aderezan con paseos y con buen humor


Publicado el 09/03/2024 a las 05:00
Carmen Velázquez Rodríguez, 101 años, es ahora la decana en la casa de las Hermanitas de los Pobres. Desgrana su vida en la tarde del 29 de febrero en que las aguas vuelven a su cauce en Pamplona. “Por estar viendo el Arga que se había desbordado me he quedado un rato dormida, pero no echo mucha siesta”, avanza una conversación lúcida. La hermana Eva le anuncia la visita del fotógrafo y la periodista y Carmen confiesa que no ha terminado de recoger la habitación. “Pero lo haré luego, eh?, no la recoja usted”, advierte a la monja y da lustre a su autonomía. Muestra su armario, ordenado al milímetro. “Me gusta dejar la ropa bien puesta y hacerlo yo, hasta lo que alcance. Me desnudo y me visto sola, me cambio y me pongo el vestido más bonito que tengo en el armario”, explica mientras enseña cuidadosa las prendas, también la que tiene reservada para cuando muera. La mortaja. “Y no quiero que me quemen no, luego que hagan lo que quieran, pero quemarme no”. Lo tiene anotado en un papelito escrito a mano, junto al traje.
Carmen Velázquez, 101 años cumplidos el 12 de septiembre, nació en Montemayor de la Pililla, Valladolid, en una familia de diez hermanos. “La única que no fui al colegio, tenía que ayudar a mi madre, mis hermanos sí, saben mucho”, parece disculparse. Se casó a Ataquines, un pueblo cercano. Su marido trabajó en Renfe y con él se mudó a Asturias. “Le dieron la oportunidad de volver a Valladolid y había también una plaza en Pamplona, él había oído hablar de los Sanfermines y quería conocerlos. Yo no quería reñir, me daba igual, y le dije que donde quisiera y aquí vinimos”, describe.
Madre de tres hijos, abuela de siete nietos y con ocho biznietos, es viuda desde 1971. “Mi marido murió con 49 años, joven”, Guardó luto cuatro años. “Luego pensé: voy a correr sitios, que también me tengo que morir algún día y he conocido varios lugares y he viajado solita en el tren, siempre con dinero en el bolsillo, hay que llevar perras, aunque luego no las gastes”, reflexiona en torno a una mesa camilla en una de las luminosas salas de la residencia, donde comparte los días con otros 52 mayores, el personal que las atiende y las religiosas, entregadas al cuidado de personas mayores con escasos recursos económicos.
Relata que vivieron un tiempo en Loza, en la Cendea de Berrioplano, en lo que se llamaba la Casilla y se trasladaron más tarde a un piso en Pamplona. Lleva una docena de años en las Hermanitas: “Estoy contenta en la residencia, no crea que hay otra mejor”, sugiere. Come de todo. “El otro día nos pusieron unas tajaditas de tocino, estaban ricas. Las comí, el cerdo no es como antes, que lo criábamos con cebada, se nota que no, aunque la chistorra que nos ponen aquí está buena”, sonríe y mira intenso, con ojos despiertos como los de un párvulo. “Del cerdo no me gustan los callos, ni las carrilleras, el hocico, esas texturas.. no, ni estas de ahora las pizzas y eso, las como, pero no me va”, enumera y agradece los purés, como el de calabaza. Para acabar, “siempre una manzanilla”. “Podemos elegir entre una infusión o leche, a mí me va bien así para la digestión”.
Recibe con gusto la visita de sus hijos, nietos. “Uno vive en Sevilla y no puede tanto, pero cuando puede cruza toda España para venir a verme”, arguye que la distancia no lima el amor al hijo.
A Carmen le gusta andar, caminar, sube y baja, del comedor a la iglesia, luego al patio, o a jugar a las cartas con su amiga en la casa. “Nos queremos mucho, como de familia, nos conocimos aquí”. Se despide Carmen como se presentó, con una sonrisa. “Si lloro se me ponen los ojos malos”.
BLANCA, LA PRESUMIDA
Blanca Sardina Blanco cumplió 101 años el 16 de febrero. Un siglo y un año de una vida azarosa que se inició en Barruelo de Santullán, en Palencia, en una familia de “muchos hermanos y hermanas”. Luego vivió en Brañosera. Se casó y tuvo varios hijos, uno de ellos es sacerdote misionero en Ecuador. Abuela y bisabuela, sus familiares le visitan a menudo. “Llevo muchos años en Pamplona, ahora no sé bien cuántos”, trata de recordar. Viste de domingo un jueves. “Ella siempre va impecable y conjuntada, todos los días de la semana”, corroboran las peluqueras que la peinan en la casa cada semana y le hacen la manicura. Varias esteticistas acuden de manera voluntaria al salón habilitado en la planta baja de la casa para cortar el pelo y peinar a los residentes, hacerles la manicura o el cuidado que precisen.
Blanca canta bajito mientras está en el secador y disfruta un caramelo. “Siempre canta, mucho, y está conforme y alegre”, explica la hermana Teresa y destaca su forma física, su aspecto saludable. La ilusión por cuidarse, la peluquería, la manicura, la manera de vestir, es también una ilusión que le mueve cada día. “Tiene muchas ganas de vivir, disfruta de una segunda vida después de haber sido muy trabajadora y cuidadora de muchas personas”, apunta la hermana Teresa. “El tiempo es mejor aprovecharlo mientras vivamos”, interviene Blanca, que se encuentra ya algo inmersa en sus pensamientos. La mente que decide tomar otros caminos en la conversación.



