Pamplona
La casita de la Txantrea que es reflejo del alma
En una casita de la Txantrea que parece sacada de un cuento vive Miguel Martínez. Carnicero de profesión, que las pasó “canutas” en la infancia y vivió una juventud convulsa, prepara un espectáculo musical que será como un resumen de su vida


Publicado el 18/02/2024 a las 05:00
Cada objeto que Miguel Martínez Muñoz ha colocado en la fachada de su casa en Pamplona tiene una historia, un mensaje positivo, una filosofía de vida. “Son cosas que encuentro en los Traperos de Emaús o tiradas en el contenedor, como esa jaula de pájaros, en la que he mentido la mentira, la envidia y el egoísmo, los pecados de esta sociedad”, expresa este txantreano de 62 años, nacido en la calle Aibar y carnicero de profesión. Desde que una prótesis de cadera le apartó del mundo laboral, la música es su refugio. También la familia, la pequeña huerta del patio y la literatura. Lleva meses preparando un espectáculo musical que quiere llevar a algún local con escenario, una recopilación de canciones de amor y desamor que reflejen la biografía de este hombre que se ha casado dos veces y que ahora vive solo.
A cada lado de la puerta de su casa hay un banco con la distancia reglamentaria del confinamiento. Al que se sienta le salen dos alas de ángel que hay pegadas a la pared. “Ponle alas a tus sueños”, expresa Miguel. Él lo ha hecho, después de una infancia en las que las pasó “canutas” y de una juventud en una época convulsa políticamente y socialmente desgarrada. “Prácticamente todos mis amigos murieron por sobredosis. Iban a un piso de la avenida de Bayona a por caballo y yo me quedaba abajo esperando”, relata.
Miguel es hijo de padres emigrantes andaluces que vinieron a Pamplona en busca de una vida mejor. Eran seis hermanos, todos chicos. “Vivíamos cerca de las Canosianas, las monjas italianas que tenían un colegio de sordomudos. Yo les veía pasar a los muditos y había una niña con unos ojos preciosos. Y como en la canción de Roberto Carlos El gato que está triste y azul, yo saltaba la verja para poder verla. Tenía entonces 11 años”, recuerda sobre aquel primer amor platónico.
Con 14 años empezó a trabajar ayudando en una carnicería. Y después de hacer la mili montó su propia carnicería, en la calle Abaigar. La carnicería Miguel se trasladó después a la calle Ayecua, a la casita de planta baja que con el cese de negocio convirtió en sala de estar. Entre sus hitos vitales está el intento de entrar en el libro Guiness de los récords en 2003 con una chistorra de un kilómetro. “Los 840 metros del encierro más un par de vueltas al ruedo. Pero el ayuntamiento no autorizó la celebración de este evento”, señala.
Con la competencia de las grandes superficies, las ventas de la carnicería empezaron a bajar y finalmente decidió echar la persiana. Le cogieron en El Corte Inglés como carnicero y cortador de jamón. Allí estuvo hasta que le reconocieron la invalidez.
Miguel Martínez ha estado casado en dos ocasiones. “Tengo muy buena relación con las dos exmujeres. Han tenido mucha paciencia conmigo. Les debo mucho”, expresa. El sentimiento, el amor, la pasión pasa por etapas, admite. Con la crisis de los cuarenta, Miguel le dijo a su primera mujer que se iba a Cuba unos días. “Yo había estudiado solfeo de ritmos afrocubanos. Toqué con un grupo de rumba flamenca y le ayudé a un grupo cubano. Uno de los integrantes fue productor de los Grammy. Ellos me insistieron para ir a Cuba. Y volví cambiado”, recuerda. Miguel, que trabajó en el karaoke del Negro Zumbón, fue dando derroteros por la vida hasta que una tarde, paseando por San Juan, escuchó a gente cantar. “Era un grupo de alabanza de una iglesia Evangélica. Entré y me puse a cantar con ellos. Y cuando terminó les pregunté ¿cuándo hay otra?”, cuenta. Empezó a leer la Biblia y en la búsqueda de la fe encontró una salida a su vida.
“Ahora soy profundamente creyente. El salió a buscarme y sin yo pedírselo me dio muchas cosas en la vida, un trabajo, una mujer”. Hizo un viaje a Brasil, a un congreso evangelista. “Había un pabellón como el Arena lleno. Me llamaba la atención la cantidad de jóvenes saltando y bailando, sin drogas ni alcohol”.
En 2008 se casó con una brasileña, pero esta vez la pandemia pasó factura a su matrimonio. Ella se fue a Brasil y él se quedó solo. Se refugió en la música. “Durante el confinamiento, un vecino me dijo ¿por qué no sales a cantar? Y me animé. Sacaba el teclado y los altavoces y cantaba 'Resistiré'. El único día que no salí fue cuando le diagnosticaron a un hermano de covid. Falleció poco después. Fue un día muy triste”, relata. A base de constancia, ha aprendido 120 canciones de 54 artistas. Canta y tocar el piano a la vez. “En abril estuve en Benidorm cantando los temas de siempre en un restaurante. No veas qué animación había entre los turistas. Aquello me ha animado a preparar un espectáculo de música, teatro y monólogo”, explica. Ya tiene el título: “Ese tipo soy yo”. Con su nieta también quiere ir a cantar las canciones de siempre a residencias de mayores. "Lo he hecho alguna otra vez. Las cuidadoras me decían que luego los residencias dormían mejor".
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