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Mercadillo

El rastro de Landaben se prolonga hasta julio

La prolongación del mercadillo de Landaben por parte del Ayuntamiento de Pamplona ha provocado una gran diversidad de opiniones

Ampliar Compraventa en uno de los puestos del mercadillo de Landaben, este lunes
Compraventa en uno de los puestos del mercadillo de Landaben, este lunesIrati Aizpurua
  • Miguel Cebrián
Publicado el 05/07/2022 a las 06:00
Dos furgonetas, ambas con el maletero abierto, componían el puesto de Edmundo. El nombre “Granja Lizarraga” aparecía en los toldos. Faltaba poco para mediodía. Era un día distinto en el mercadillo; normalmente cierra el último domingo de junio. Sin embargo, hace un par de semanas, el Ayuntamiento se había encargado de repartir letreros por los puestos que señalizaban que, esta vez, el mercadillo se iba a cerrar pasado el tres de julio, también domingo, para aprovechar el tirón que estaban teniendo antes de San Fermín. Para Edmundo, esto no suponía un gran problema. Procedente de Ecuador, lleva bastante tiempo trabajando como vendedor ambulante (no dijo cuántos años). “Para mí es un día más”, comentó. Según él, ya tenía previsto cuánto iba a vender en este día inusual. Estaba satisfecho.
EXPECTATIVAS EN REBAJA
Un par de puestos por delante se encontraba Juncal Jiménez. Aunque se situaba bajo la sombra del toldo de su puesto, llevaba puestas unas gafas de sol y aprovechando que, por ahora, no se acercaban los clientes, miraba distraída el móvil. Más de cien kilómetros separan su hogar en Nájera de su toldo en Landaben. “Es un domingo más para mí”, aseguraba. Aunque en apariencia fuera bastante joven, lleva ayudando en el negocio familiar durante muchos años. Para ella, este día no estaba remunerado.
Cerca de la rotonda central del mercadillo, bastante alejado del puesto de los Jiménez y a escasos metros del punto limpio móvil estaba el puesto de José Raúl Merino. Su tienda móvil estaba formada por un gran camión que se abría por uno de los laterales, mostrando al público una gran variedad de dulces y encurtidos de todos los tamaños y formas. Para él, no tenía mucho sentido esta iniciativa de prolongar el tiempo de compraventa por parte del Ayuntamiento. “No vale para nada”, opinaba. Eran las doce y cuarto de la tarde y, para Merino, la clientela no es que hubiera ascendido; más bien todo lo contrario. “Hoy están pasando menos del cincuenta por ciento de los clientes que suelen venir. La gente no acude.”, constataba indignado.
A pesar de las palabras de Merino, algunas zonas del mercadillo se encontraban bastante concurridas. Un grupo de señores mayores observaba las telas de un puesto que vendía edredones y almohadas mientras, un poco más adelante, un grupo de personas se probaba distintos bolsos de cuero expuestos. Hacía más de veinticinco grados y, entre la multitud, predominaban las gafas de sol y las viseras. Un grupo de niños miraba obnubilado el sonido de unos juguetes en forma de perro que, cada cierto tiempo, emitían sonidos.
En una de las zonas más alejadas del mercado, prácticamente fuera de él, se encontraba Yolanda Pérez Gómez probándose unas sandalias ante las miradas y comentarios de dos amigas. Para ella, el hecho de que se prolongara la apertura del mercadillo había supuesto una bendición: había encontrado a un precio muy reducido un precioso vestido verde turquesa. Sus amigas lo confirmaban. Esta adquisición le venía como anillo al dedo; dentro de poco tenía una boda. Asidua del mercadillo, para ser el último domingo no es que hubiera un gran número de rebajas. Sus amigas también respaldaron su veredicto.
Pasadas las doce y media el calor seguía apretando. El tiempo prometía lluvia por la tarde y las últimas oleadas de compradores seguían apareciendo antes de que se cerrara el mercadillo a las 14. Los comentarios de los que veían el género se unían a los gritos de los vendedores avisando de las ofertas y de los números de los turnos. El olor de la comida se entremezclaba con el del cuero y el del plástico. Como cualquier otro domingo.
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