Relatos a pie de calle

El amor de Valentín y María Jesús

En el segundo aniversario de la muerte de su esposa publicó una esquela, que era una carta de amor a María Jesús Esparza. Su historia empezó 50 años atrás

Valentín Martín, en la terraza de su casa, con un retrato de su mujer.
AmpliarAmpliar
Valentín Martín, en la terraza de su casa, con un retrato de su mujer
Valentín Martín, en la terraza de su casa, con un retrato de su mujer.

CerrarCerrar

Pilar Fernández Larrea

Actualizado el 05/03/2022 a las 10:12

"No sé cómo puede haber personas que dicen que el amor se acaba cuando se muere alguien”. Valentín sostiene que no es así. Desde que falleció su mujer, hace dos años, su amor hacia ella está como recién estrenado. Y ahora le envuelven sentimientos cruzados, de columpiarse como un niño en tantos momentos dulces, a las lágrimas que cada rato rebasan sus ojos verdes. La semana pasada publicó una esquela en el segundo aniversario de ella: María Jesús Esparza Lizarraga. Le escribía una carta de amor e invitaba a la misa en su memoria. “Estoy contento, fue mucha gente, me sentí arropado”, concede.

Valentín Martín Bengoechea es cántabro de San Vicente de la Barquera, “el pueblo más bonito”. Choca pronto, como de bruces, con el adjetivo que resume su infancia: “horrorosa”. Su madre murió en el parto. Tenía una hermana 20 años mayor y a su padre, obrero republicano, lo enviaron a Salamanca. De allí a Madrid, con Valentín y sus 4 años inocentes de la mano. “Un niño de la Guerra Civil”, de la que solo tiene un recuerdo: “En un campo, las mujeres estaban cosiendo y dijeron, venga, tiraos al suelo que vienen los aviones. ¿Tú crees que van a echar bombas en un campo?, si valen mucho dinero...”, preguntó él. Vivieron en una casa, donde cucarachas y ratones merodeaban cada esquina y con 14 años empezó a trabajar, en un comercio. Le fue bien, se abrió entonces el horizonte de aquel chaval, emprendedor y perspicaz, aún sin haber podido ir al colegio, poco más que escribir, leer y unas cuentas. Nadie lo diría al conversar con este hombre culto, lúcido, con memoria de 36 a los 86. Describe con precisión de cirujano cada día de su vida laboral, que le llevó, ya tras la ‘mili’, donde fue “ayudante de comprador”, a un sueldo de 150 pesetas al mes, nueve horas, de maca.

Al poco ganaba 1.800 y hasta 2.000 en comisiones “en un comercio que tenía las mejores arterias de Madrid y los mejores maniquíes”. Fue director de ventas y se instaló en Barcelona, desde donde viajaba por todo el norte de España. “Pero yo pensaba estoy haciendo dinero, ahorrando, un día tengo un accidente y para qué...”, en una de aquellas paradas recaló en Pamplona y en el bar Txoko de la Plaza del Castillo conoció a su mujer. “A la media hora me enamoré, y hasta hoy”. Era octubre, 1972. Lo sabe porque fueron luego a fiestas de Villava. Él tenía 36 años, ella 27. “Yo le miraba y creo que ella a mí, muy guapa, con sus ojos verdes. Me mudé a Pamplona, cambié de vida totalmente, pero no me costó nada”, explica que se casaron en enero de 1976 en la iglesia de San Miguel de Pamplona. Ella dejó su trabajo, “era secretaria de Jesús Aizpún” y ayudó a Valentín en su tarea de comercial de moda. Viajaban juntos, y repara en que ha sido “el hombre más feliz del mundo 46 años”. “Con la suerte de casarme con una mujer a la que quería y que me quería. Hasta que se acabó la salud. La echo mucho de menos, hay días que extiendo la mano en la cama pensando que ella está, es algo inconsciente”, delinea cruda la ausencia. María Jesús murió con 76 años. Le habían detectado un tumor una década antes. “Estuvo año y medio en el sofá y yo cuidándole, déjame que lo haga, le decía y le daba un besín. Tenía esperanza, pero se me puso tan malica... se fue sin enterarse, veinte días en coma, yo con ella, de nueve de la mañana a nueve de la noche. Ocho días antes me dijo: “Si viviera mil veces, me casaría mil veces contigo. Gracias por haberme cuidado”, se detiene después en los días de sol y salitre junto al mar Menor.

Valentín se siente muy querido por los vecinos, “84 viviendas en cuatro bloques” en Iturrama. Dedica las mañanas a cuidar de las plantas, de la casa, a dar un paseo, tomar algo con los amigos. Va al parque y siempre lleva en el bolsillo alguna mariquita o moneda de chocolate para los niños del barrio. “Las tardes las dedico a guisar”, presume de su empanada de bonito. Invitará a probarla, promete.

“Qué dura la vida. Pero, como todo, lo bueno se acaba, y lo malo también se suele acabar”, da gracias a Navarra por el trato recibido, a los vecinos y los amigos navarros y cántabros que le han acompañado “en estos momentos complicados”.

Continuar

Gracias por elegir Diario de Navarra

Parece que en el navegador.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

Suscríbete ahora