Escudos de Pamplona
Calles Lindachiquía, Mayor y Mercaderes
La calle Mayor de Pamplona cuenta con algunos notables ejemplos de escudos de la ciudad, aunque es en Mercaderes donde se encuentra una de las labras heráldicas más artísticas de las que se conservan en la ciudad: la de los linajes García-Herreros y Leoz


Publicado el 08/08/2021 a las 06:00
Calle Lindachiquía
La casa número 11 luce una hermosa labra heráldica, que está en la fachada trasera de la casa -la principal da al Paseo de Sarasate- y corresponde a la familia Domech. Presenta una gran rotura en el yelmo que la corona, que afecta también a la decoración externa de la parte superior. Don Miguel Antonio Domech y Orozco obtuvo sentencia de hidalguía en 1776, como originario de la casa de su apellido, sita en la ciudad de Jaca, en el reino de Aragón. Años antes, en 1743, había casado con María de Lizasoain y de este matrimonio nació doña María Teresa Domech y Lizasoain.
Calle Mayor
La casa número 16 muestra en su fachada un escudo neoclásico, que es el de la nobleza colectiva de los naturales del Valle de Aézcoa, que corresponde en este caso a la familia Alcaterena de Garayoa. Don Miguel Alcaterena de Garayoa y Munárriz obtuvo ejecutoria de hidalguía en el tribunal de la Real Corte de Navarra en el año 1774, como originario de la casa llamada Alcatarena o Alcaterena, en el lugar de Garayoa, uno de los comprendidos en el citado valle. Nació en 1718; en 1744 casó con doña Josefa de Vera y tuvieron tres hijos: Nicolás, Pedro Miguel y Miguel José. Don Pedro Miguel Alcaterena de Garayoa y Vera, nacido en 1761, debió de ser el que habitó en esta casa en los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX. Fue regidor de Pamplona en 1813, al final de la ocupación francesa, y al acabar la Guerra de la Independencia se le procesó por el delito de alta traición, resultando absuelto. El privilegio de hidalguía colectiva le fue concedido al Valle de Aézcoa por el rey Sancho el Fuerte en el año 1229, y lo confirmaron posteriormente Carlos II en 1377, Carlos III en 1408, Juan II en 1462, doña Catalina y don Juan de Labrit en 1496, Carlos V en 1539, Felipe II en 1564 y Felipe III en 1609.
La casa número 31 ostenta una monumental labra heráldica con el escudo del linaje de los Redín, bellamente trabajada y adornada con profusión de cartelas, figuras tenantes, guirnaldas y otros elementos ornamentales, que remata en un frontón partido formado por dos volutas y sostenido por pilastras decoradas. Don Frey Martín de Redín y Cruzat, pamplonés de noble linaje bautizado en San Cernin, barón de Bigüézal y señor del palacio de Redín, fue caballero de la Soberana Orden de San Juan de Malta, de la que llegó a ser elegido Gran Maestre en 1657. Cuando se supo en Pamplona la noticia de su designación, el Ayuntamiento organizó festejos, luminarias y otras muestras de júbilo popular. Además, hizo poner en el frontis de su casa nativa una lápida que todavía puede verse, con una inscripción conmemorativa en lengua latina, posiblemente redactada por el P. José de Moret, cronista del Reino. Don Martín murió en 1660
La casa número 37 muestra en su fachada el escudo de los Barricarte, que es el de la nobleza colectiva de los naturales de Valle de Roncal. Don Sebastián de Barricarte y Bergara, casado con doña Javiera de Cildoz, y su hermano don Pedro, casado con doña María Luisa de Laurendi, obtuvieron su sentencia de hidalguía el año 1780, como descendientes de la casa de su apellido, sita en la villa de Isaba. Don Sebastián, procurador de los Tribunales Reales de Pamplona, nacido en 1727, fue padre de Luis, Saturnino, José Fermín, Javier Pascual, Petra y Fermina de Barricarte y Cildoz, nacidos entre los años 1771 y 1775. Don Pedro era escribano numeral del tribunal de la Real Corte de Navarra y tuvo por hija a Joaquina de Barricarte y Laurendi. El origen de la nobleza colectiva de los roncaleses se fundamenta en un supuesto privilegio dado por el rey Sancho Garcés en el año 822, confirmado por Fernando el Católico en 1514 y por Carlos V en 1527. Según una antigua tradición, los roncaleses derrotaron y decapitaron al rey moro Abderramán en la legendaria batalla de Olast.
La casa número 51 luce una labra heráldica de estilo neoclásico con el escudo de los Subiza, partido con el de los Gainza. El licenciado don Manuel de Subiza y Armendáriz, junto con sus hermanos don Antonio, don José, capitán de los Reales Ejércitos, don Ventura, oficial de la Real Contaduría de Rentas y residente en León, y doña Petra, obtuvo sentencia de hidalguía el año 1807, como originario de la casa de los Subiza, sita en la villa de Aibar. Esta de la Calle Mayor perteneció al mencionado don Manuel, abogado en ejercicio desde 1795 y casado con doña Fermina de Gainza. La mandó edificar dicho matrimonio el mismo año en que ganaron la ejecutoria. En 1817 seguía viviendo en ella don Manuel, que por entonces tenía el distinguido empleo de Auditor de Guerra, es decir, juez togado de la jurisdicción militar en Navarra.
El escudo que se ve en la casa número 54 y que pertenece a los Huarte, fue colocado en época posterior, por lo que no figura en los repertorios heráldicos de la Pamplona del siglo XVIII. Durante muchos años, esta casa albergó las aulas del Colegio Huarte, de gran solera en la ciudad, fundado en 1850 por don José María y don Francisco de Huarte. Don José María no tuvo sucesión. Su hermano don Francisco casó con doña Eudoxia Machín y fueron padres de don Alberto Huarte, que casó en 1891 con doña Manuela de Jáuregui. Hijo de este matrimonio fue don José María de Huarte y Jáuregui, que fue archivero de la Diputación y vocal de la Comisión de Monumentos de Navarra. Después de la guerra civil, se casó con la marquesa de Valdeterrazo y pasó en Madrid el resto de su vida. Notable experto en Heráldica, posiblemente fue él quien hizo poner este escudo, cuya procedencia desconozco, en su casa nativa.
La casa número 65, con su grandiosa portada barroca que entusiasmó a Víctor Hugo en 1843, es tal vez la mansión nobiliaria con más empaque de nuestra ciudad. Según la profesora Pilar Andueza, la mandó construir don Agustín de Echeberz, marqués de San Miguel de Aguayo, entre los años 1698 y 1714, pero en 1802 la compró por 26.700 pesos don José de Ezpeleta y Galdiano, conde de Ezpeleta, que inmediatamente hizo poner su escudo en el lugar que ocupaba el de su anterior propietario. El león de los Ezpeleta aparece en numerosos sellos de distintos caballeros de este apellido, en los siglos XIV y XV. El mismo blasón se puede ver también en la casa número 22 de la calle del Carmen.
La casa número 74 muestra en su fachada una labra heráldica barroca con el emblema de la parroquia de San Lorenzo. Aunque la casa fue reedificada en 1858, se recolocó en ella el escudo que lucía la antigua casa vicarial del siglo XVIII, en el que se combinan la media luna y la estrella, armas del antiguo burgo de San Cernin, al que pertenecía, y la parrilla que evoca el martirio del santo titular de su advocación.
La casa número 89, que hace esquina con la calle de San Francisco, luce una labra heráldica decorada con las típicas rocallas de estilo rococó, que corresponde a las armas de los linajes Latasa y Araníbar. Don Juan Lázaro de Latasa y Araníbar, vecino de Pamplona, casado con doña Vicenta de Biurrun, ganó su ejecutoria ante el Real Consejo de Navarra el año 1775, tras acreditar que era originario por el primero de sus apellidos del palacio del lugar de Latasa, en el valle de Odieta, y por el segundo, es decir por línea materna, de otro palacio, el de Araníbar, en la villa de Aranaz.
Calle Mercaderes
La casa número 1, que hace esquina con la Plaza Consistorial, luce un escudo picado, decorado con las clásicas cartelas de las armerías del siglo XVI y principios del XVII, que antes de que lo picasen correspondía al de los Amasa. Don Gabriel de Amasa e Ibarsoro ganó su sentencia de hidalguía el año 1606, como descendiente de la casa de su apellido, sita en Lesaca, y por línea materna del palacio de Zabaleta, de la misma villa, y de la casa de Ibarsoro, en el lugar de Sara. Casó tres veces: la primera con doña María de Linzoain, sin dejar sucesión; la segunda con doña María de Zabaleta, de la que tuvo un hijo, Francisco, que murió siendo mozo; y la tercera con doña Magdalena de Azpilcueta, de la que tampoco tuvo descendencia. En 1606 fundó el primer convento de Capuchinos, en el barrio de San Pedro, extramuros de Pamplona. Por su testamento, otorgado el 26 de marzo de 1634, dispuso ser enterrado en la iglesia de dicho convento. Falleció el 28 de octubre de ese mismo año. El convento por él fundado, que sigue en su traza las austeras pautas de la Orden, sería suprimido en 1836, a consecuencia de la Desamortización. Sin embargo, fue restablecido en 1878 y mantiene actualmente la vida religiosa. Atiende el servicio parroquial del barrio que lleva su nombre, acoge la enfermería y retiro de los religiosos ancianos y conserva el archivo de la Provincia Capuchina y una magnífica y bien cuidada biblioteca, rica en libros antiguos y raros.
La casa número 3 ostenta en su fachada un monumental escudo con las armas de los linajes García-Herreros y Leoz. Es una de las labras heráldicas más artísticas que se conservan en Pamplona, decorada con ángeles tenantes, leones, cabezas de querubines y otros motivos ornamentales popios del estilo barroco. Don Fernando Antonio García Herreros y Villava, y sus hermanos don Martín José y don Manuel Ramón, ganaron su ejecutoria en 1771, como originarios de la casa de Urrechua en Górliz, señorío de Vizcaya. Don Fernando había casado en 1767 con doña Fermina de Leoz y Apesteguía, cuyas armas ocupan la mitad inferior del blasón. Otro escudo de los García Herreros se ha conservado en la fachada de la casa número 12 de la calle Pozo Blanco. Y había un tercero en la calle Calceteros número 6, dando frente a la Plaza Consistorial, que hacia 1960 lo quitaron de allí y para recolocarlo en la casa número 6 de la Plaza de San José, donde permanece en la actualidad.
La casa número 7 muestra otro escudo picado, que antiguamente fue el de los Ciga, que era el ajedrez propio de la nobleza colectiva de los naturales del valle de Baztán, confirmada por el Príncipe de Viana el año 1441. Don Juan Bautista de Ciga y Ciganda, junto con su padre don José de Ciga y Elso, obtuvo sentencia de hidalguía en 1775, como originario de la casa Iturrigaray del lugar de Ciga. Nacido en 1740, casó en 1771 con doña Casilda de Azcarate y tuvieron una hija llamada María Manuela.
La casa contigua, que lleva el número 9, luce el escudo de los Echegaray, que es el ajedrez propio de la nobleza colectiva de los naturales del valle de Baztán. Don Martín Ramón de Echegaray, junto con sus hijos don Marcelino, doña María Jesús, don Luis y doña Leonarda, obtuvo sentencia de hidalguía en 1815, como descendiente de la casa de su apellido en el lugar de Lecároz, uno de los que forman el mencionado valle.
La casa número 18 ostenta una bonita labra heráldica decorada con leones tenantes y rocallas, que lleva pintado un escudo de armas cuartelado que no le pertenece. En el siglo XVIII lucía el de los Imbuluzqueta. Don José de Imbuluzqueta y Arbeloa obtuvo su sentencia de hidalguía en el año 1755, acreditando descender del palacio del lugar de su apellido, en el valle de Esteríbar. Se ausentó pronto de la ciudad para hacer fortuna en las Indias, “hacer las Américas”, como entonces se decía. Casó con doña Tomasa Rodrigo y tuvieron seis hijos: Fermina, Josefa, Zacarías, Antonio, Leandro y Clara. Después de haber sido durante años vecino y regidor de la ciudad de San Felipe de Oruro, en el virreinato del Perú, regresó a España y fijó su residencia en el Puerto de Santa María, en Andalucía. En 1774 seguía siendo dueño de la casa. Más tarde, cuando ésta cambió de dueño, su escudo habría sido picado, tal como prescribían las leyes de Navarra cuando el nuevo propietario no poseía la condición de noble.