JUICIO POR EL ASESINATO DE MÚGICA
La viuda de Múgica sostuvo la mirada a los etarras
- Uno de los etarras dijo en su turno de la última palabra: "Nadie se ha reído del sufrimiento de la viuda. La respetamos"
Publicado el 05/11/2011 a las 01:03
Reyes Zubeldia consiguió ayer lo que quería: mirar a la cara a los cuatro etarras acusados de asesinar a su marido y sostenerles la mirada durante varios intensos segundos. La reacción de Zubeldia ocurrió en uno de los momentos más tensos del juicio que se sigue por el asesinato de su marido, el concejal de UPN José Javier Múgica, en la Sala de Audiencias de Madrid. Se esperaba una jornada sin sobresaltos que reproduciría lo vivido el miércoles, antes de que las desafortunadas declaraciones de Ángela Murillo, la presidenta del tribunal ("encima se ríen estos cabrones"), provocaran su retirada del procedimiento y la repetición del juicio. Y sin embargo, el goteo de sorpresas fue continuo.
De entrada, la nueva presidenta, la magistrada ponente Carmen Paloma González, para evitar seguramente el rechazo a levantarse de los etarras para su identificación, les hizo esperar de pie a las preguntas de rigor. Una vez identificados, otra novedad. Esta vez fueron Juan Carlos Besance y Óscar Celeráin los que se sentaron en la primera fila intercalados por los policías que les vigilaban mientras que Javier García Gaztelu, Txapote, y Andoni Otegi lo hacían, también separados, en la segunda fila. No hubiera sido necesario porque durante todo el juicio se mantuvieron imperturbables: ni una sonrisa, ningún cruce de comentarios ni de miradas. Quizás por ello, tras el descanso, les permitieron sentarse juntos. Pero siguieron impasibles, sin cruzar palabra. Tampoco hubo una tercera fila de policías de paisano tras los etarras. Ayer se situaron al fondo de la sala.
El juicio prosiguió entonces su rutina del miércoles. Tras las lecturas de las partes, declaración de los acusados. Igual que dos días antes, Juan Carlos Besance señaló que todo lo que había dicho anteriormente se había producido bajo torturas.
Llegó por fin el turno de los testigos. El tribunal había ofrecido a Reyes Zubeldia la posibilidad de evitar su traslado a Madrid y declarar por videoconferencia. La viuda de Múgica no sólo se presentó de nuevo en la Audiencia sino que rechazó también declarar tras el biombo, como había ocurrido el miércoles, y pidió hacerlo a rostro descubierto. El oficial del Tribunal colocó un sillón ante el micrófono, justo delante de donde se situaban los etarras, y allí sentada, de nuevo, afrontó el viacrucis del recuerdo. Respondió con voz firme a todas las preguntas del fiscal hasta que llegó el momento de relatar qué había visto cuando se asomó a la ventana de su casa tras el estruendo de la bomba.
Ahí se rompió su relato durante un momento hasta que consiguió describir de nuevo la escena de la furgoneta ardiendo con su marido quemándose junto a un arbusto. Cuando terminó, Zubeldia se volvió al oficial que debía conducirla hacia la salida y le dijo "un momento, que tengo que mirar a estos chicos a la cara". Y entonces se volvió y fue posando su mirada sobre los etarras. Primero en Besance, que era el que más cerca tenia, el que había preparado la escapada de sus compañeros tras el atentado. Luego pasó a Celerain y a Otegui, los que habían colocado la bomba en el coche de su marido, y finalmente se detuvo en Txapote. Fueron unos instantes larguísimos en los que la sala entera detuvo la respiración. Entonces, suavemente, la presidente del tribunal le invitó a dejar la sala o a sentarse. Zubeldia comenzó a caminar a la salida sin perder de vista a los etarras y allí, en la puerta, todavía se detuvo un rato sin apartar la vista.
Cuando volvió a su sitio se abrazó con sus hijos, con su hermana y con Miguel Sanz, que se sentaba también a su lado. "¡Qué bien me siento ahora y qué a gusto me he quedado!", decía. El juicio prosiguió con las declaraciones de los demás testigos. Pero al escuchar de nuevo el relato de los forenses, de los artificieros, de los inspectores y policías que intervinieron en aquellos aciagos días de hace diez años, Reyes Zubeldia volvió a derrumbarse.
Pasaba la una del mediodía cuando la magistrada ponente decidió una pausa de 20 minutos. Aquello sirvió para que todo el mundo pudiera relajarse un poco. La familia estaba arropada de nuevo por amigos y vecinos de Leitza y por compañeros de partido de Múgica. Esta vez no pudo acudir Yolanda Barcina pero sí el vicepresidente Catalán y de nuevo Eradio Ezpeleta, que es además amigo personal de la familia. También estuvieron Pablo Galarraga y Guillermo Chaverri, de la juventudes de UPN. Al grupo se unieron también los letrados de la familia, Miguel Martínez Falero y Juan Frommknecht, y el fiscal Carlos Bautista.
Tras reanudarse la sesión y escuchar los informes finales de las partes, llegó el turno de la última palabra que se permite ejercer a los acusados. Otra de las sorpresas. La protagonizaba el etarra Otegi, que en castellano afirmó: "Nadie se ha reído del sufrimiento de la viuda. Al contrario, la respetamos. Es consecuencia de una mentira y del afán de protagonismo de una magistrada". Y el juicio quedó visto para sentencia.
A la salida del juicio, última sorpresa: la juez Murillo bajó a saludar a la familia y abrazó muy cariñosamente a Reyes y a sus hijos, con los que conversó un rato.
¿Qué pasará ahora? Los abogados explicaron ayer que es la ponente que presidió el tribunal quien hará la valoración jurídica de lo que ha visto. Después la enviará a sus compañeros magistrados y, si están todos de acuerdo, la sentencia estará a punto. "En caso contrario, se vota. Como son tres, habrá dos a favor y uno en contra, o al revés, pero eso sólo lo sabremos más o menos dentro de un mes", indicaron los letrados de la acusación particular.
Agravante de odio político, pedido por primera vez en la Audiencia
La intervención de los abogados de la familia de Múgica en su informe final introdujo una modificación que hizo cambiar la petición de cárcel del fiscal: considerar la agravante de haber cometido el asesinato por discriminación ideológica."Pretendemos que se reconozca judicialmente que los atentados de ETA tienen el agravante de perseguir políticamente a la gente. Es la primera vez en toda la historia de la Audiencia que una acusación particular, y sobre todo la Fiscalía, piden en la Audiencia Nacional que se reconozca que estas personas son delincuentes que van a por las personas que piensan diferente. Hasta ahora se daba por hecho que un asesinato por motivos políticos implicaba un odio pero nosotros probamos que hay un agravante que matiza que el odio político es fundamental para cometer un atentado. Lo más importante es que el fiscal, tras escucharnos, también lo cree". Y efectivamente, esta circunstancia y la de considerar el delito de estragos terroristas hizo que el fiscal aumentara sus peticiones de cárcel a 72 años de prisión para Txapote, 58 para Otegi y Celaráin y 68 para Besance, igual que la acusación particular.
Finalizado el juicio, las impresiones de los letrados de la familia fueron muy optimistas. "Cuando presentamos la acusación coincidió en el tiempo con las declaraciones de Besance, en las que voluntariamente declara que le capta Celeráin, que junto a éste y Otegi compraron una bajera para confeccionar las bombas, que el jefe del comando es Txapote y que el atentado lo ordena él. Lo ratifica dos veces en dos declaraciones distintas que no desmiente ante el juez. Añade que él proporciona la huida, Celeráin da seguridad y Otegi mete la bomba en la furgoneta. Se acordaba perfectamente del nombre de la víctima, dónde vivía, la marca de la camioneta, incluso de cómo se colocó la bomba. Se acordaba de tantas cosas que sólo pueden decirse si alguien ha estado allí. De nada sirve que aluda a las torturas. Miente. Los cinco días que estuvo detenido recibió a diario la visita del médico forense que emite acta diciendo que está bien, que no observa signo de maltrato y que cuenta que el etarra le dice que le trataron bien y qué había comido. Y cuando pasa a disposición del juez, donde nadie puede decirle ni hacerle nada, tampoco denuncia torturas".
Los recuerdos de Miguel Sanz de aquel 14 de julio de 2001
Otra de las sorpresas del juicio fue la presencia Miguel Sanz, presidente del Gobierno de Navarra y de UPN cuando ocurrieron los hechos."No pude venir el primer día pero estuve ayer -por el jueves- y aquí estoy ahora. ¿Cómo no iba a venir a apoyar a una familia con la que tantas cosas me unen?". Sanz recordó aquel día de julio de hace diez años, cuando le avisaron del atentado y corrió a Leitza.
"En 20 minutos estaba allí y nunca olvidaré el largo rato que pasé sentado en la acera junto a Reyes, cerca de la furgoneta, esperando que retiraran el cadáver de su marido, con todas las ventanas de la vecindad cerradas a cal y canto tras nosotros, sin nadie que se acercara, con las pintadas aquellas. Todos los años vamos allá a hacer un homenaje ese mismo día y poco a poco veo cómo el pueblo se va dejando ver. Este año en la misa me pareció ver más gente del pueblo que nunca", explicó el ex presidente.
Sanz había asistido la víspera, el jueves, al momento en que la magistrada Ángela Murillo se retiraba de la causa, lo que implicaba que ayer se reanudara. Al finalizar se había cruzado en la escalera de la Audiencia con los grupos de simpatizantes de nueve acusados de pertenecer a Segi, también juzgados ese día. "Me reconocieron y se pararon ante mí mirando y riendo. Yo me quedé mirándoles fijamente y se fueron yendo, pero uno aguantó mi mirada riendo. "¿Qué es lo que tanta gracia te hace?" , le pregunté. Y respondió "nada, nada" y se marchó".