Premio José Javier Uranga

Discurso íntegro del comunicador Carlos Herrera, distinguido con el Premio José Javier Uranga

Carlos Herrera, durante su discurso en el acto que ha tenido lugar en Baluarte
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Carlos Herrera, durante su discurso en el acto que ha tenido lugar en BaluarteJ.C.CORDOVILLA/EDUARDO BUXENS
Carlos Herrera, durante su discurso en el acto que ha tenido lugar en Baluarte

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Diario de Navarra

Publicado el 09/06/2026 a las 15:41

Este que veis aquí, hermanos navarros, como algunos saben, nació para la medicina, pero también como he explicado alguna vez,  degenerando, degenerando, como el banderillero de Belmonte, ha llegado hasta el periodismo. Ello hace que unir mi nombre al del maestro Uranga me lleve hasta la turbación. El periodista mas leído e influyente de la historia de Navarra, el Ollarra nuestro de cada día, el de los 2535 gallos, el columnista contumaz, el relator independiente y el navarro sin concesiones a ninguna transitoriedad -como Uranga, yo creo que Navarra no es transitoria-, inspira un galardón con el que hoy me honráis. Como también me han honrado las palabras escritas  de mi director en ABC, Julián Quirós, en la edición de hoy de Diario de Navarra. Todo lo que me ha llegado de Navarra siempre ha sido bueno. Este premio sí que es un colofón. Para un periodista que nunca sabe si lo es de verdad, este es un momento sublime.

Yo les cuento mi vida. Llegué al periodismo pero más concretamente hasta la radio, hace más años de los que quisiera tener. La radio es periodismo pero es alguna otra cosa más: es la conexión casi umbilical entre uno que escucha y otro que habla, es la magia del silencio, es el tempo emocionado, es la poesía discreta de los días y las noches, es el relato de lo cotidiano, lo cual, como sabemos, es la grandeza de lo universal. Me pongo muy cursi cuando hablo de la radio, es verdad, pero la vida es así de dura.

La radio es algo más que la vocación periodística de testigo de las cosas: es un vocerío de la libertad, un palco privilegiado de la vida y un fluido de intercambio sentimental mayor que el de cualquier otro medio. Miren, yo habría sido sin duda un médico regular, y he conseguido en cambio ser un periodista regular, pero un comunicador pasional que, a pesar de diversas limitaciones, ha conseguido ser distinguido en este Baluarte de mi querido Patxi Mangado. Gracias por ello. Distinciones como la de este mediodía te recuerdan, entre otras cosas, que llevas en esto más tiempo que el escalón de una pirámide, como ya he referido alguna que otra vez, pero bienvenido sea porque nunca es tarde para nada.

Gracias a mi profesión he estado arriba, abajo, en un lado, he estado donde han pasado las cosas, también donde no ha pasado nada, he conocido a los hombres y mujeres de mi tiempo y de mi país, también a los de otros, a los grandes y a los menudos, y nunca he tenido la sensación de haber quemado mis horas en algo sustancialmente aburrido

He citado en más de una ocasión al gran moralista francés Joseph Joubert, -al que me gusta mucho citar porque como no lo conoce casi nadie aparento ser un tipo cultísimo-, que dejó dicho que estamos cargados con el insoportable peso de nosotros mismos, la desdichada necesidad de gustarnos. Después de lo que Diario de Navarra me otorga hoy, no puedo gustarme más. Porque me lo otorga una tierra que me es propia, llena de gente a la que amo, y en nombre de una cabecera que significa una referencia del periodismo y de la honradez.

Pero antes déjenme que deslice algunas reflexiones acerca de la profesión que nos trae aquí a muchos de nosotros.

En algún momento y en cualquier otro lugar me habrán podido escuchar que La prensa, el periodismo, es la artillería de la libertad. Ninguna sociedad democrática puede existir sin una prensa libre y plural. El maestro Miguel Ángel Águilar gusta siempre de decir que saldría muy caro no tener periodismo -aunque sea el sueño de algunos-, y que puede que exista algún tipo de prensa sin libertad, pero no puede haber libertad sin prensa. Nuestro trabajo es vigilar al poder, y hacer que éste sienta la incomodidad de un tábano que no le permite expandirse a su voluntad, hacer y deshacer sin rendir cuentas ante la ciudadanía. Eso hay que hacerlo siguiendo dos máximas elementales: una es la prudencia, la serenidad, y otra es estar indisolublemente pegados a la verdad. Sin hacerlo, el periodismo queda herido como un recién operado. Si la verdad es irrelevante, como dice Teodoro León Gross en su reciente ensayo La Muerte del Periodismo, el periodismo también lo será. Si privamos a este viejo oficio de elementos tan fundamentales como el análisis y el tamiz, o lo convertimos en un ejercicio de trinchera, nuestro descrédito será aún mayor que el que padecemos. El periodismo es la literatura con prisa, y consiste en contar la vida que nos ocurre a gente como usted y como yo, contadas por gente como usted y como yo. Pero no he venido aquí a llorar ni a lamentar ninguna leche derramada o por derramar.

No soy pesimista, a pesar de que el pesimismo goza de un prestigio intelectual inusitado. La gente, no sé bien por qué, escucha a los cenizos con una expresión de arrobo, como si supieran mucho más que los demás. Ciertamente la naturaleza humana se interesa mucho más por lo negativo, cuando la vida siempre circula a mejor, en líneas generales. Pero triunfa la idea de que todo irá a peor y de que será cierta aquella admonición que dejó dicha el gran Julio Cerón Ayuso: la ley de la gravedad no es nada para lo que nos espera. También es cierto que el mismo Cerón Ayuso, que era un genio imprevisible, era de los que aseguraba que la verdad siempre resplandece al final, solo que cuando ya se ha ido todo el mundo. El periodismo, la radio esencialmente, consiste en aportar elementos creíbles pero no necesariamente sombríos para hacernos así los interesantes. Miren hubo un tiempo en el que nadie apostaba por España, y España salió adelante. Salió de la selva. Puede decirse que España ha vivido contra pronóstico, y sin embargo la de nuestro país es la historia de un éxito, que en sus compases contemporáneos arranca en 1978, construyendo una sociedad más justa y moderna, a pesar de circunstancias políticas temporales. Estoy lejos de ser el español sin ganas que describió Luis Cernuda. Soy un español sereno que tiene confianza ciega en las nuevas generaciones, pendientes siempre de saber identificar bien sus objetivos, educados en Universidades como las navarras o en la universidad de la calle. O incluso en la de los callejones y en la de las alcantarillas, que también ahí se aprenden cosas. Que crezcan en una España no sectaria, de mentes abiertas, y que sepan aislarse de la policías morales que acosan nuestros tiempos woke, del puritanismo estúpido de los nuevos censores, alguno de los cuales no están tan lejos. Que no crean aquello de que en España, para ser un intelectual de prestigio hay que ser antiespañol (lo explicaba muy bien Elvira Roca Barea cuando afirmaba que es un milagro que España siga existiendo). Que apuesten por una España de ciudadanos -hay que ser ciudadano antes que periodista- con la identidad conjunta necesaria para que el colectivo sea un cuadro competitivo de hombres y mujeres libres. Libres e iguales. Sean de donde sean, tengan lo que tengan.

Los periodistas tenemos un gran concepto de nosotros mismos, pero desgraciadamente eso contrasta con el concepto que tiene la sociedad de nosotros. Algunos viven en el sueño húmedo aquél del Cuarto Poder Pero eso ya pasó. Ese concepto, como yo mismo, tenemos más años que la humedad. El mismo periodismo digital parece una selva -y ya verán lo que alcanzará a ser con la IA-, y no se cumple aquello de que a mas medios, más voces, más pluralidad: puede haber más acentos, pero cada vez son más banales. Hay populismo periodístico de la misma manera que hay populismo político. Aún así soy de los que pelean por poder explicar el mundo con independencia de las convicciones personales. Tomen nota de lo que decía Tom Wolfe: con la verdad se vende menos, pero se gana más. 

Oscar Wilde gustaba de decir que la diferencia entre periodismo y literatura es que el periodismo es ilegible y la literatura no es leída. No coincido con eso del todo. Echo mucho en falta las redacciones insalubres de antes. Ahora entras en la redacción de un periódico o incluso de una emisora y parece que entras en un quirófano o un laboratorio de la NASA: todo limpio, aséptico, sin humo, sin vapores, sin voces. Aquellas redacciones que yo recuerdo -y también añoro- eran lugares en los que se fumaba, se bebía wisky y se escuchaban risotadas o venablos. Hoy en día se va la luz de una redacción y no sale una línea ni un sonido. Me hago mayor. Bueno, soy mayor, aunque mi aspecto lo desdiga. Pero el futuro, sea un quirófano o sea una cacharrería, es lo mejor que tenemos, y el futuro solo puede ser afrontado desde el conocimiento técnico, el espíritu de superación y el desarrollo de la humanísima cualidad de la curiosidad. Lamento decírselo a los más jóvenes: solo desde el trabajo se gana el futuro. La lotería no toca nunca, y si toca, siempre le toca a otros.

Discúlpenme los lugares comunes de este exordio, pero uno está hecho a las vulgaridades. La ignorancia también es un derecho, y yo ignoro tanto que me da hasta vergüenza reconocerlo. Pero he trabajado hasta llegar aquí madrugada a madrugada. Vuelvo a citar a Wilde cuando decía que el trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer; pero créanme si les digo que no he parado de hacer cosas, mejores o peores, en la constante búsqueda de la felicidad, en la búsqueda de que un día, por sorpresa, Diario de Navarra me distinga con este premio. Mi profesión y mi compromiso con mi país hizo que me quisieran matar un par de veces, lo cual, créanme, provoca una sensación incómoda, solo compensada por el hecho agradable de que fallaran en su objetivo, a diferencia de tantos compatriotas asesinados; pero esos son, los contratiempos, los inconvenientes, los que hacen grandes los lazos indisolubles con la profesión de contar las cosas de cada día. La que volvería a repetir si tuviera ocasión de volver a empezar. No todos los días eres fuerte, pero sí puedes elegir todos los días ser valiente. Como lo fue Uranga después de recibir una balacera, sin que cambiara un ápice su discurso. Y desafiar estructuras, enfrentarse a los malos, buscar la verdad incluso donde no quieren que la encuentres, no escribir las respuestas sin haber hecho las preguntas, todo eso exige echar la pata palante. Como decían los historiadores militares chinos: nuestro ejército nunca retrocede, si acaso, nos damos la vuelta y seguimos avanzando. La profesión no exige héroes, pero sí ilusiones infatigables, días de polvo y soledad, sabores de amargor en la boca, panoramas sin aparente salidas pero alguien algún día te dirá “yo le escuché a usted aquellas noches, y me ayudó a pasar mis horas amargas o mis amaneceres más sombríos. Entonces todo habrá valido la pena.

Y aún más ha valido la pena venir a la asombrosa Pamplona de las cosas,

a esta pieza esencial de España que es Navarra -no es que Navarra sea España, es que España es Navarra- en la que me atrevo a pedir desde mi corazón andaluz, desde mi realidad de español orgulloso de serlo, que Navarra nunca deje de ser Navarra para ser otra cosa. Navarra no es el apéndice transitorio de nada. Eso está en la mano de ustedes. 

Viva el Diario de Navarra.

Viva Navarra.

Viva España.

Muchas gracias a todos.

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Gracias por elegir Diario de Navarra

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