En primera persona

Viaje desde Navarra al interior de la mina de coltán de Rubaya, donde han muerto más de 200 personas sepultadas

La ONG navarra Alboan y Diario de Navarra viajaron en 2014 a esta mina al este de la República Democrática del Congo para denunciar que los minerales de sangre acaban en nuestros teléfonos y su extracción, procesado y venta están controlados por grupos armados

Una de las galerías de la mina de Rubaya. Esos minerales “manchados de sangre” son los que llegan a nuestras manos escondidos en nuestros móviles.
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Una de las galerías de la mina de Rubaya. Esos minerales “manchados de sangre” son los que llegan a nuestras manos escondidos en nuestros móviles.Iván Benítez
Una de las galerías de la mina de Rubaya. Esos minerales “manchados de sangre” son los que llegan a nuestras manos escondidos en nuestros móviles.

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Iván Benítez

Actualizado el 01/02/2026 a las 20:57

¿Has visto lo de Rubaya?

La pregunta llega por wasap a este periodista pocas horas después de que más de 200 personas —en su mayoría mujeres y niños— murieran sepultadas esta semana tras el derrumbe de una mina de coltán en Rubaya, en la provincia de Kivu Norte, al este de la República Democrática del Congo. El mensaje lo envía un trabajador de la ONG navarra Alboan, la misma organización a la que en 2014 Diario de Navarra acompañó al interior de esa mina para denunciar que su extracción, procesado y venta estaban —y siguen estando— controlados por grupos armados.

El periodista de Diario de Navarra  Iván Benítez nos mete dentro del asfixiante agujero del yacimiento de Rubaya donde en 2014 comprobaron las condiciones en las que trabajan los mineros de la zona para obtener el codiciado elemento.
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El periodista de Diario de Navarra Iván Benítez nos mete dentro del asfixiante agujero del yacimiento de Rubaya donde en 2014 comprobaron las condiciones en las que trabajan los mineros de la zona para obtener el codiciado elemento.
El periodista de Diario de Navarra  Iván Benítez nos mete dentro del asfixiante agujero del yacimiento de Rubaya donde en 2014 comprobaron las condiciones en las que trabajan los mineros de la zona para obtener el codiciado elemento.

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Aquel viaje sirvió para documentar cómo la riqueza mineral del Congo alimenta uno de los conflictos más sangrientos del planeta: más de cinco millones de muertos desde 1998, un millón de desplazados solo en 2013 y más de cien mil mujeres violadas cada año. “Esos minerales manchados de sangre son los que llegan a nuestras manos escondidos en nuestros móviles”, advertía entonces Alboan en su campaña Tecnología Libre de Conflicto. “Sin ser muy conscientes de ello, contribuimos a financiar la explotación de niños, mujeres y hombres en las minas y a los grupos armados que sostienen la guerra”. 

Un minero carga un saco con tierra mezclada con los minerales obtenidos para su procesado.
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Un minero carga un saco con tierra mezclada con los minerales obtenidos para su procesado.Iván Benítez
Un minero carga un saco con tierra mezclada con los minerales obtenidos para su procesado.

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La mina representa aproximadamente el 15 % de la producción mundial de coltán; el mineral se refina para obtener tantalio, un componente clave en dispositivos electrónicos como teléfonos móviles, ordenadores y otros dispositivos. Lumumba Kambere Muyisa, portavoz del gobernador provincial designado por los rebeldes, declaró a la agencia Reuters el viernes que más de 200 personas, entre ellas mineros, niños y comerciantes, fueron víctimas del deslizamiento de tierra. 

Doce años después, el coltán sigue manchado de sangre. Y al escuchar y leer de nuevo el nombre de Rubaya, junto a la noticia de las 200 personas sepultadas, regresan los rostros y las voces de los niños y niñas que trabajaban en el interior de la montaña durante aquel viaje al infierno del coltán, el primer eslabón de una cadena que acaba en teléfonos de sangre. 

El procesado del coltán transforma el mineral en bruto, compuesto por columbita y tantalita, en óxidos puros de tantalio y niobio esenciales para la electrónica
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El procesado del coltán transforma el mineral en bruto, compuesto por columbita y tantalita, en óxidos puros de tantalio y niobio esenciales para la electrónicaIván Benítez
El procesado del coltán transforma el mineral en bruto, compuesto por columbita y tantalita, en óxidos puros de tantalio y niobio esenciales para la electrónica

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UN HORMIGUERO HUMANO

Rubaya era entonces —y sigue siendo— uno de los principales centros de extracción de coltán del mundo, un mineral estratégico imprescindible para la fabricación de teléfonos móviles, microchips, baterías, consolas y armamento. La mina se sitúa en una de las zonas más inestables de África, epicentro de un conflicto enquistado desde hace décadas.

El acceso anticipaba entonces el peligro y lo sigue haciendo hoy. No se podía llegar en coche y nada ha cambiado. El último tramo debe hacerse a pie o en motocicleta por una lengua de tierra rojiza, resbaladiza y traicionera. Desde lo alto, el paisaje engaña: valles verdes, colinas fértiles y, al fondo, el pueblo de Rubaya junto a un campo de desplazados, una extensión de plásticos que cubre chozas de adobe y bambú donde sobreviven familias expulsadas por la guerra.

La mina se asemeja a un inmenso hormiguero humano.
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La mina se asemeja a un inmenso hormiguero humano.Iván Benítez
La mina se asemeja a un inmenso hormiguero humano.

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De ese campamento procedían en 2014 muchos de los más de 5.000 mineros que trabajan en la explotación. La mina es un hormiguero humano gigante. Se trabaja de sol a sol, los siete días de la semana, en condiciones de semiesclavitud. El coltán se extrae tanto a cielo abierto como del subsuelo, a través de galerías profundas, estrechas y sin ventilación, excavadas a mano. La acumulación de gases y el consumo de alcohol convierten cada jornada en una ruleta rusa

El interior es un entramado caótico de pozos, túneles y galerías abiertas sin planos ni refuerzos, excavadas a golpe de pico y pala. No hay cascos, ni arneses, ni sistemas de ventilación. Las entradas son agujeros irregulares en la tierra, apenas señalizados, por los que los mineros se introducen agachados, deslizándose por pendientes de barro húmedo.

La única luz procede de linternas precarias o pequeños focos alimentados por baterías reutilizadas. El aire es denso, cargado de polvo, humedad y gases. Cuesta respirar. El silencio solo se rompe por el golpeteo del metal contra la roca y por las voces que se cruzan en la penumbra.

Se trabaja de sol a sol, los siete días de la semana, en condiciones de semiesclavitud.
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Se trabaja de sol a sol, los siete días de la semana, en condiciones de semiesclavitud.Iván Benítez
Se trabaja de sol a sol, los siete días de la semana, en condiciones de semiesclavitud.

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Las galerías se estrechan a medida que se avanza. En algunos puntos apenas permiten el paso de una persona. El suelo resbala y, cuando llueve, el interior se convierte en una trampa. La tierra cede y los túneles se transforman en cámaras de sepultura. Los propios mineros explicaban ya en 2014 que los derrumbes forman parte del trabajo. No hay salidas de emergencia. Si una galería colapsa, no hay tiempo ni espacio para huir.

Al final de la jornada, los cuerpos emergen cubiertos de barro rojizo, exhaustos. Muchos presentan heridas, problemas respiratorios o signos evidentes de desnutrición. Entre ellos hay adolescentes y niños, difíciles de distinguir de los adultos por su extrema delgadez. La mina no se detiene nunca, empujada por la necesidad y por un sistema que convierte cada kilo de coltán en dinero inmediato, aunque el precio sea la vida.

En Rubaya, como en otras minas del este del Congo, la presencia de menores es constante. Lo denunciaron Alboan y este periódico. Algunos trabajan en la extracción; otros cargan sacos, venden comida o agua, o sobreviven en torno a un negocio paralelo de alcohol y prostitución que ha crecido al calor de la minería. El coltán que financia la guerra

Los cuerpos emergen cubiertos exhaustos. La presencia de menores es constante.
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Los cuerpos emergen cubiertos exhaustos. La presencia de menores es constanteIván Benítez
Los cuerpos emergen cubiertos exhaustos. La presencia de menores es constante.

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El coltán —combinación de columbio y tantalio— es uno de los motores del conflicto en la región de los Grandes Lagos. Mientras un trabajador congoleño ganaba de media 10 dólares al mes, en las minas puede llegar a obtener hasta 50 dólares semanales si lograba extraer entonces, en 2014, un kilogramo diario. Ese mismo kilo alcanzaba hasta 500 dólares en los mercados internacionales.

Ese margen alimenta a mafias, contrabandistas y grupos armados, que controlan rutas, imponen peajes y utilizan los beneficios para comprar armas. Naciones Unidas ha documentado durante años cómo el comercio ilegal de coltán, estaño, tungsteno y oro financia directamente a las milicias, socava el crecimiento económico del país y perpetúa la violencia. El Congo concentra cerca del 80 % de las reservas mundiales de coltán, pero sigue siendo uno de los países más pobres del planeta. Una tragedia anunciada

Campo de desplazados ubicado a los pies de la montaña donde se localiza la mina.
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Campo de desplazados ubicado a los pies de la montaña donde se localiza la minaIván Benítez
Campo de desplazados ubicado a los pies de la montaña donde se localiza la mina.

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Cuando Diario de Navarra accedió a Rubaya en 2014, la mina ya era una bomba de relojería. Los propios responsables advertían de que los grupos armados seguían controlando las montañas. Naciones Unidas mantenía una de sus mayores misiones de paz en el país, con casi 20.000 efectivos, pero su presencia no impedía saqueos, abusos ni muertes.

Más de una década después, el escenario apenas ha cambiado. La tragedia de los 200 sepultados en Rubaya no es un accidente aislado, sino la consecuencia directa de un modelo de extracción sin controles, de un conflicto olvidado y de una cadena de suministro global que sigue mirando hacia otro lado.

Bajo la tierra roja de Rubaya salen los minerales para fabricar los dispositivos que millones de personas utilizan cada día sin saber —o sin querer saber— de dónde viene realmente su tecnología.

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Al terminar la jornadaiván benítez
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