Tráfico

"Un amigo me llamó: Han atropellado a tu padre, es grave"

Paco Luri Serrano murió el pasado 30 de junio, a 3 días de cumplir los 92 años. No pudo superar las lesiones sufridas tras un atropello en Azagra. Fue la víctima mortal número 23 de 2025. Su hijo, Fernando Luri Sánchez, recuerda así aquellos días

Fernando Luri, hijo de Paco, fallecido en accidente en Azagra, retratado en un banco de la Rochapea, donde reside
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Fernando Luri, hijo de Paco, fallecido en accidente en Azagra, retratado en un banco de la Rochapea, donde resideEduardo Buxens
Fernando Luri, hijo de Paco, fallecido en accidente en Azagra, retratado en un banco de la Rochapea, donde reside

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Carmen Remírez

Publicado el 03/01/2026 a las 05:00

Cada una de las 47 víctimas mortales de este 2025 en las carreteras navarras se corresponde con una persona concreta, con su nombre, apellidos, edad y circunstancias. Mucho más allá de una cifra estadística, cada perfil conecta con un rostro y una biografía, con una historia llegada a su fin a causa de un accidente de tráfico. En el caso de Paco Luri Serrano, ese momento llegó con 91 años. Sufrió un atropello en su localidad, Azagra, el pasado 26 de junio. Fue trasladado al Hospital Universitario de Navarra, en Pamplona, con heridas muy graves, que no pudo superar. Falleció el día 30. Fue la víctima número 23 del año pasado en las carreteras navarras. Uno de sus dos hijos, Fernando Luri Sánchez, ha compartido en esta entrevista cómo vivió él aquel momento y los posteriores, así como cada nueva noticia posterior engrosando un balance muy triste. 

De gestos tranquilos, Fernando Luri nació el 8 de agosto de 1961 en Azagra, “una de las últimas generaciones en nacer en el pueblo”. Está soltero, es vecino de la Rochapea, en Pamplona, y está recién jubilado tras 37 años como técnico de Empleo y Formación en el Servicio Navarro de Empleo en Iturrondo, entre la Txantrea y Burlada. Agradece poder recordar quién fue su padre y no traslada rencor por lo ocurrido. 

“Lo de mi padre fue un cúmulo de fatalidades, los chavales jóvenes que iban en el camión de la basura también lo están pasando mal. No se dio cuenta nadie de lo que pasó, ni ellos vieron a mi padre, ni él vio el camión. Luego la edad, que ese golpe se lo lleva una persona de treinta y tantos y no es tan grave, lo supera”. También agradece la agilidad por parte de la Mancomunidad de Montejurra para terminar los trámites relacionados con la responsabilidad de lo ocurrido. “Ya tenemos el papeleo terminado, lo han arreglado todo muy rápido”. “Mi padre murió cuando le quedaban 3 días para cumplir los 92 años. Estaba justico, pero bien. Vivía solo, con alguna ayuda social para alguna tarea y comía en el comedor al que van los jubilados. Pero de cabeza estaba muy bien. Era un hombre feliz. Toda la vida en Azagra. Trabajó siempre como barbero y en los últimos años también repartió a domicilio pan de Peralta. Era hablador, le encantaba pararse con todo el mundo. Había enviudado hace 8 años de mi madre, Teodora Sánchez, también de Azagra. Eran muy del pueblo, no les he conocido prácticamente salir ni para ir de vacaciones”. 

Fernando guarda buenos recuerdos de la vida de sus padres en Azagra. “Mi padre era tranquilo, conversador, muy afable. Creo que eran queridos en el pueblo. Desde que falleció mi madre nuestra llave de casa la tenían también unos vecinos, por si pasaba cualquier cosa, han estado ahí siempre. Tenían esa relación estrecha de los vecinos de los pueblos, que si un día no los ves los echas en falta. Mi padre estaba acompañado y controlado”. Paco y Teodora tuvieron dos hijos, Francisco, que vive en San Adrián, donde regenta un bar y que de forma inminente va a abrir otro en Arnedo, y Fernando, que desde que encontró trabajo en Pamplona se ha afincado en la ciudad. “Mi padre llevaba un tiempo sin conducir. No necesitaba el coche, se iba haciendo mayor y si no lo mueves, son todo gastos. Algún susto pequeño, nada serio, había tenido, pero nada importante”. 

UN ACCIDENTE GRAVE

La mañana del 26 de junio, unos minutos después de las 9, a Fernando lo llamó un amigo, Manolo, que trabaja tras la barra del bar Venecia. Su local está en una zona peatonal de tránsito, cerca del colegio. Fernando recuerda que Manolo estaba bastante nervioso. “Tu padre ha tenido un accidente. No sé el alcance de la lesión pero parece grave...”. Fue colgar y contárserlo a los compañeros del trabajo, salir de allí, preguntar a ver si lo llevaban a Pamplona o a Estella, ir consiguiendo poco a poco más información...”. Los médicos fueron muy claros con ellos desde el principio. “Es muy serio, vamos a intentar mantenerle las constantes vitales y que os podáis despedir de él”. 

Casi se se les queda en el quirófano, donde le intervinieron nada más llegar a Pamplona, pero finalmente lograron su objetivo y pudieron verle, hablarle, mirarle, por última vez. “El accidente fue el día 26 de junio y el 30 falleció. No podía hablar pero creo que él sí llegó a ser consciente de la situación. Tenía una cabeza...”. No articulaba palabras, pero sí transmitía con sus ojos. “Me dio la sensación de que su mirada decía mucho y la verdad es que a mí me dio mucha paz poder estar con él, poder despedirme así”. Fernando no quiere terminar el relato de aquellos días sin agradecer la dedicación “excelente” del personal sanitario que atendió a su padre. “Cómo nos dejaron estar con él, cómo le atendieron, tanto a él como a nosotros. El personal de la UCI fue extraordinario”, subraya. 

Él reconoce que su tristeza afloró después. “Tenía dolores por todo el cuerpo, no sé si me venían de la tensión, de la ansiedad de esos días. Me preguntaba qué necesidad tenía el pobre hombre de haber tenido ese final”. Cuando le asaltaban esos pensamientos, señala que recordaba a los médicos tranquilizándole, diciéndole que en el hospital no le iban a dejar sufrir. En todo el proceso sí le ha ayudado el sentirse acompañado por sus familiares y amigos, también sus compañeros de trabajo, que le han arropado. “Cada uno te apoya a su manera, pero a todos les agradeces y cada pequeño gesto pues también es una ayuda”. La experiencia del duelo es muy personal, considera. “La pérdida de mi madre me dio mucha rabia, estaba muy unido emocionalmente a ella. En mi caso, la muerte de mi padre la viví con más paz”. El año trágico en cuanto a siniestralidad vial lo ha vivido en primera persona y, aunque reconoce que cada noticia de un accidente grave le despierta una especie de tristeza más especial, personalmente no ha cambiado su forma de conducir. “Yo siempre he sido un tranquilo y mi coche es una porquería”, comenta, con buen humor. Más serio, sí tiene un mensaje para no olvidar a la hora de ponerse en carretera. “Veo que conducimos con poco respeto en general, nos falta educación, saber despegarnos del móvil, conductores y también peatones. Pediría no ser maleducados. Hacer las cosas de buenas maneras evitaría muchas cosas”.

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