Obituario
Javier Ochoa de Olza, funcionario en Agricultura del Gobierno foral


Publicado el 29/12/2025 a las 05:00
La vida de Javier, un enamorado de la Historia, está jalonada por tres fechas significativas. Nació el 30 de enero de 1933, el mismo día que Hitler subía al poder en Alemania e iniciaba el infausto periodo nazi. Se casó con Monone el 23 de febrero de 1963, dos décadas antes del intento de golpe de estado en España, que presenció por televisión mientras celebraba (no la toma del Congreso de los Diputados, claro, sino su aniversario) con champán. Y murió el pasado 8 de diciembre, día de la Inmaculada… y de la esperanza.
Por así decirlo, una vida en tres noticias: dos malas y una buena. Como al final siempre ganan los buenos, eso creía, Javier marchó con buena esperanza. Javier Ochoa de Olza Barrera, hijo del pamplonés Manuel Ochoa de Olza Ripalda y de la bilbaína María Pilar Barrera Orueta, era el pequeño de los cinco hijos del segundo matrimonio de su padre. Abrió los ojos en la plaza de San José y vivió su infancia en el número 16 de la calle Dormitalería, en casa Ripalda, sede por un tiempo de la Hermandad de la Pasión y lugar donde pernoctaba el Ángel de Aralar cuando visitaba la ciudad. Si Manuel padre trabajó en el Crédito Navarro, años más tarde Javier repartiría créditos como funcionario, primero en el Instituto para la Reforma y el Desarrollo Agrario (IRYDA) y, después, en el departamento de Agricultura del Gobierno de Navarra, donde se jubiló en 1998. Si María Pilar madre atesoraba una valiosa colección de libros de entomología, Javier heredó no sólo esos libros sino la pasión por las mariposas, que disecó y coleccionó. María Pilar Barrera, por cierto, fue catedrática de instituto, científica y políglota. Y, según se dice en la familia, la primera socia de número del Ateneo de Madrid. Cuando falleció, era directora de la Escuela Normal en Pamplona. Pero de su madre Javier heredó, además, el rigor y la meticulosidad. No hay más que revisar sus carpetas de hojas cuadriculadas, un primor, en las que anotaba, perfectamente alineadas, clasificadas y puntuadas, las óperas que iba escuchando: más de dos mil. O las estanterías repletas de libros en su domicilio de la avenida de Pío XII, ordenadas una y otra vez. O ese rollo de varios metros en papel milimetrado en el que recogió la historia de las dinastías europeas, trazando un denso itinerario desde el Génesis hasta nuestros días.
El rollo, como lo llamábamos, tiene su origen en el colegio: de esa manera arbórea y genealógica, pudo con la lista de los reyes godos. El joven Ochoa de Olza estudió en los Escolapios y en la escuela de peritos agrícolas de Villava. Al acabar la carrera, pasó un verano en Bilbao, trabajando en el catastro. Allí conoció a Miren Jone Eguiraun Benedicto, Monone. No está claro quién engatusó a quién. El caso es que la mecha prendió y se avivó del todo en la plaza de toros de Pamplona, un 11 de julio, al término del encierro. Se acuerda bien Monone porque ese día no había forma de que el último toro entrase en los corrales. A falta de doblador, un perrito cumplió la faena.
Javier y Monone se casaron en la iglesia del Corpus Christi de Bilbao. Vivieron dos años en Vitoria, hasta que el IRYDA abrió delegación en Pamplona. Han tenido dos hijos: Esperanza, licenciada en Geografía e Historia; y Juan Miguel, periodista. Y dos nietos: Maiteder y Xabier. Casualidad o no, tres generaciones consecutivas de Ochoas de Olza han contraído matrimonio con bilbaínas: su padre, él mismo y Juan Miguel. Xabier, el segundo de los hijos de Juan Miguel, estudia ahora en Bilbao. Apunta a genio de la robótica y a que la casualidad pueda acabar convirtiéndose en tradición...
Javier sacó la oposición en el IRYDA. Trabajó en la concentración parcelaria. Aunque lo que de verdad le gustaban eran las ostras con coñac caliente, extraña mezcla que, como no podía ser de otra manera, leyó en una novela inglesa. Porque se lo leyó todo, lo escuchó todo, lo vio todo. Dickens. Las óperas italianas. Bayreuth, la imprescindible cita anual en julio con Wagner. Westerns y también películas más recientes e inesperadas. Los sellos. O el Tour de Francia, cuyas estadísticas recogía en otras cuadrículas similares. Alto, pulcro, con planta de deportista, jamás hizo deporte. Pero se mantenía como un pincel. Tampoco, curiosamente, iba al cine ni a salas de conciertos: donde mejor estaba era en casa. Le costaba salir. Aún así, se sumó durante años a las acampadas de los Errea en Mintxate y se integró muy a gusto en la inolvidable cuadrilla de Enériz. Fue congregante del Rosario de los Esclavos y hermano de la Pasión. A pesar de ser muy serio, o por eso mismo, practicaba moderadamente el humor negro y era dueño de una finísima socarronería. Introvertido, discreto, causó un cierto revuelo -dicen- al vestir los primeros pantalones vaqueros que se veían por estos lares. Años cincuenta: se los había traído su hermano José Luis de Argentina. En octubre supo por el oncólogo que la cosa no daba más de sí. Espero a que Monone volviera del hospital a casa para despedirse. “Ya me he arreglado con el buen Dios”. Eso fue el 5 de diciembre. El 7 ingresó en San Juan de Dios. Ni un día más dio la lata.
Javier Errea Múgica (el autor es amigo de la familia)