Medalla de Oro de Navarra
Manuel Torres, la mente que nunca dejó de pedalear: “Algunos clientes sabían que mis ideas nacían en la bici”
La familia del fundador de MTorres recibe este miércoles la Medalla de Oro de Navarra a título póstumo, el más alto reconocimiento de la Comunidad foral, en homenaje a una vida dedicada a la innovación, al trabajo en equipo y a un esfuerzo incansable


Actualizado el 03/12/2025 a las 12:42
Fue un 11 de diciembre de 2009 cuando Manuel Torres Martínez (1938-2020) abrió para Diario de Navarra las puertas de su particular Casa Blanca: una cabaña escondida en pleno corazón de la empresa, su refugio para pensar. Aquel día, una niebla densa cubría el aparcamiento y, en la entrada, cuatro banderas, China, India, Estados Unidos y Egipto, ondeaban preparadas para recibir a una delegación internacional que en breve recorrería las instalaciones. El escenario no podía ser más propicio para intuir la dimensión humana del fundador de MTorres.
Al cruzar el vestíbulo y subir los primeros escalones hacia las oficinas, había un detalle imposible de pasar por alto: una fotografía del Tour de Francia de 1969 presidiendo el rellano, estratégicamente colgada para obligar a quien entraba a detenerse. En la imagen, dedicada por Domingo Perurena, se ve al propio ciclista y a Luis Ocaña, del equipo Fagor, tirando del maillot de un compañero exhausto tras una caída mientras persiguen a Eddy Merckx, que les aventaja en nueve minutos. “Es una imagen dramática”, comentó entonces Torres, deteniéndose ante ella. “Resume el valor del trabajo en equipo. Es fundamental”.


Esa ética del esfuerzo que admiraba en la fotografía también marcaba su propio ritmo de vida. A sus 71 años, Manuel Torres no se concedía tregua. Acababa de regresar de un viaje de negocios a Canadá; el lunes siguiente volaría a Madrid para recoger el Premio INNOVAE y, apenas cuatro días después, en Pamplona, recibiría el Premio Cámara. Aquel calendario frenético incluso le llevó a rechazar una invitación de Moncloa para viajar a Siria y Líbano. Asumía cada reconocimiento con una mezcla de gratitud, humildad y una sonrisa franca.
La disciplina impregnaba también su rutina diaria. Se levantaba a las seis de la mañana y dedicaba la primera hora y media a pedalear sobre una mesa de pedales que él mismo había ideado y construido. Mientras movía las piernas, pensaba, bocetaba ideas, leía la prensa y observaba sus pulsaciones, convencido de que su nivel de claridad mental estaba ligado a ellas. “En torno a las ochenta pulsaciones, el cerebro está más claro”, explicaba. Después desayunaba con su mujer, Amparo Lusarreta, y se marchaba a la empresa, donde la jornada arrancaba con una cadena de reuniones sin respiro. Y aun así, entre la exigencia y la innovación, siempre encontraba hueco para los gestos sencillos.


Aquella mañana de diciembre, en una pequeña sala decorada con felicitaciones navideñas y fotos con líderes internacionales (entre ellas, con el entonces príncipe Felipe y la ministra Cristina Garmendia), mientras diseñaba tecnología de vanguardia, se tomó su tiempo para elegir la postal ganadora del concurso infantil navideño de la empresa. Un detalle menor que, sin embargo, revelaba a un hombre cercano.
Dos pasiones vertebraban su vida: la defensa de los derechos humanos… y el ciclismo. La primera la ejercía sin publicidad; la segunda la vivía con una ilusión contenida pero contagiosa.
Desde niño había cultivado su afición por la bicicleta y, en más de una ocasión, salió a entrenar con Miguel Induráin, para quien diseñó la mítica Espada con la que el navarro batió el récord de la hora el 2 de septiembre de 1994. Aquella hazaña dejó una huella profunda en Torres, que veía en la Espada la unión perfecta entre precisión técnica y esfuerzo humano. Para él, no era solo un logro deportivo, sino una metáfora de su propia filosofía: “Cada pedalada es un pensamiento en marcha”, repetía.
Antes de continuar la visita, aún trajeado, insistió en salir a la parte trasera de la fábrica para mostrar el velódromo que había mandado construir allí mismo. Pidió una bicicleta. “Ten cuidado, que las ruedas están desinfladas”, le advirtieron. “¡Qué coño me voy a matar!”, respondió entre risas antes de lanzarse a pedalear por la pista de cien metros. Avanzó unos metros y se detuvo junto a un pequeño bungalow blanco. Hizo un gesto al periodista para que se acercara; quería compartir un secreto. “En esa cabaña me retiro a pensar cuando estoy en la fábrica”, confesó. “Es mi Casa Blanca personal, pero en pobre”. Y volvió a reír.
Subió las escaleras de dos en dos y abrió la puerta. Dentro no había nada superfluo: papeles, bolígrafos, una televisión apagada y una radio que casi nunca funcionaba. Un espacio sobrio, casi ascético. Pero entre tanta contención destacaba un solo documento, cuidadosamente colocado: una patente que proponía un método para extraer el crudo del Prestige, una solución técnica que el Ministerio había dejado de lado.
SUBIR MONTAÑAS
Un año después de aquella visita a su Casa Blanca, el periodista de Diario de Navarra Gabriel Asenjo se sentó frente a Manuel Torres para “extraer petróleo” de su personalidad, como solía hacer con sus entrevistados. A sus 72 años, la bicicleta seguía siendo para el empresario una fuente inagotable de energía e inspiración, el motor que alimentaba la inventiva y la creatividad del líder de una compañía que, en plena crisis, continuaba sorteando obstáculos, escribió Asenjo.
MTorres crecía a contracorriente. Diseñaba tecnología de vanguardia para la industria aeronáutica y papelera y desarrollaba innovaciones en energía eólica. Entre sus clientes figuraban Airbus y Boeing. En ese contexto, convertido en referente de la I+D+i en España, se definía como “un empresario independiente entre multinacionales”.


Murciano de nacimiento y navarro de adopción, decía creer en Dios y amar a su país, pero rechazaba con vehemencia la economía especulativa. “Lo especulativo no es economía, es humo. Las crisis nacen de crisis de valores”, afirmaba. Asenjo conducía la conversación como si afrontara un puerto de montaña. En un momento, le preguntó si había cometido alguna insensatez sobre la bicicleta. Torres respondió sin titubear: “Creo que andar en bici es una gran sensatez. Me gusta la montaña porque en menos tiempo haces más esfuerzo, y porque toda mi vida me ha faltado tiempo”.
En casa seguía pedaleando dos o tres horas en su “mesa con pedales”, mientras leía correos, hacía cálculos o revisaba la prensa. “Con la actividad física, la sangre lleva más oxígeno al cerebro”, explicaba. Incluso realizaba ensayos para saber en qué condiciones su mente alcanzaba su mayor claridad.
INFANCIA SOBRE RUEDAS
Su amor por el esfuerzo venía de lejos: de recorrer en bicicleta los veinte kilómetros diarios que separaban su casa de la escuela, atravesando la huerta murciana. Ya adulto, subió el Teide hasta los 2.700 metros y conquistó grandes puertos como el Tourmalet y el Aubisque. En una ocasión, con la rodilla inflamada, logró coronar el Tourmalet y sintió “una euforia, como si hubiera limpiado el cuerpo”.
“Algunas ideas nacen pedaleando”, decía. Una vez, en el puerto de Goñi, observó la cadena de su bicicleta y comprendió que el sistema de corte de una máquina debía funcionar igual: una cadena moviéndose a gran velocidad. La idea prosperó. “Algunos clientes ya sabían que las ideas se me ocurrían en la bici y me pedían que pensara en sus proyectos cuando subiera puertos”.


Pero insistía siempre en atribuir el mérito al colectivo: “Si fuera yo solo, sería imposible hacer lo que hemos hecho. Esto es una labor de grupo”. El éxito exigía humildad y un arraigo firme en la economía real. “Las empresas que trabajan en la economía real no tienen crisis. Hay que quitar la mala hierba de la economía especulativa, porque lo especulativo corrompe. La codicia es el origen de todos los males”.
Manuel Torres Martínez, nacido en Aljucer (Murcia) el 6 de julio de 1938 y fallecido en Pamplona el 5 de noviembre de 2020, será reconocido este miércoles, 3 de diciembre de 2025, con la Medalla de Oro de Navarra, el máximo galardón de la Comunidad foral. Fundador de un grupo que este año celebra su 50 aniversario, su nombre queda unido para siempre a la innovación, al trabajo en equipo y a esa inteligencia práctica que florece desde el esfuerzo.
Cuando ascendía la Higa de Monreal y contemplaba desde lo alto su fábrica, Torres decía que, allí arriba, los problemas se volvían pequeños. Desde esa misma altura humana, la del esfuerzo, la constancia y la visión, Manuel Torres sigue siendo hoy un referente.

