De la dictadura a la democracia

El encierro de Potasas, en primera persona: "Hubo listas negras con nuestros nombres"

Los 47 mineros encerrados fueron despedidos y sus nombres pasaron a formar parte de unas listas negras. No podían ser contratados en otras empresas por “sindicalistas peligrosos”

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iLos mineros de Potasas José Miguel Ibarrola (izquierda), que vino de Madrid para la entrevista, y Jesús Mari San Martín, delante de una rotativa antigua de Diario de Navarra, mirando el diario que escribieron los encerrados en 1975, hace ahora 50 añosikomar oteiza
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Marialuz Vicondoa

Actualizado el 28/11/2025 a las 11:33

Reacio a entrevistas, Jesús Mari San Martín Asiain (Enériz, 27-5-1950) acepta esta porque, al final, concluye que sí, que es necesario contar cómo se ha ido construyendo la realidad de hoy. Hace esfuerzo su voz por salir y su lágrima por detenerse, atascadas ambas por la emoción del recuerdo de lo que ocurrió hace 50 años bajo el pozo de Esparza de Potasas, donde pasó con otros 46 compañeros 15 días, del 7 al 21 de enero. Se resiste a hablar porque huye de protagonismos y quiere evitar que se le convierta en héroe de un encierro en el que, dice, el mérito lo tenían aquellos que bajaron a la mina dejando fuera mujer e hijos, incluso alguno a punto de nacer. El valor, opina, lo tenían aquellos que dejaban a su familia sin sueldo. Porque él, se excusa, volvía a casa de sus padres. Entre recuerdos “terribles” (“por lo que hice sufrir a mis padres, aunque nunca me dijeran nada ni se quejaran”), emociones y ojos vidriosos logra contar un relato que podría haber estudiado cuando, al terminar todo, se dedicó a cursar por la UNED y aprobar la carrera de Geografía e Historia.

¿Cómo entró en Potasas? 

Con 13 años hice la FP en Potasas de electricista. Terminé con 18 años y me incorporé con 19 años como electricista oficial de 3ª, la mínima categoría.

¿Qué ambiente se vivía? 

Era una empresa un poco conflictiva. En aquella época de la industrialización, los trabajadores empezaban a reivindicar salarios justos, mejores horarios... Y en Potasas estábamos muchos, llegamos a ser más de 2.000 trabajadores. El momento más fuerte fue el despido de José Miguel Ibarrola, mi primo, que era dirigente sindical y muy apreciado. También despidieron a Francisco Muñoz. Ese fue el motivo del encierro de 300 compañeros. Al no readmitirle, el sindicato clandestino me dijo que tenía que ocupar yo su lugar. Tenía 24 años, era una gran responsabilidad representar a tantos mineros venidos de tantos sitios, tan concienciados, íntegros.. Fue un aprendizaje muy duro. Pero al ser joven parece que puedes con todo.

¿Cuál era el motivo del encierro de 1975?

Teníamos que renovar el convenio y me habían elegido en asamblea para ser yo el negociador. La empresa no atendía nuestras peticiones y empezamos una huelga el 20 de noviembre de 1974. La empresa nos sancionó cerrando la mina unos días hasta llegar a dos meses. Nos quedamos sin poder entrar y sin salario. Eran sanciones por ir a la huelga. El cierre finalizaba el 7 de enero, cuando debíamos volver al trabajo. Teníamos que decidir si nos incorporábamos o si continuábamos la huelga.

¿Qué se decidió?

La asamblea de trabajadores, reunida en el exterior del pozo de la mina, decidió continuar la huelga. La empresa nos dijo: “Si no entráis a trabajar, cerraremos la mina dos meses más.” Nos pareció una barbaridad lo que nos esperaba y en una acto de desesperación pensamos: nos tenemos que encerrar otra vez. Y para poder aguantar más días, decidimos que fueran voluntarios.

¿Cómo se organizaron?

Habíamos hecho despensas. Recogíamos comida por los pueblos para las familias de los trabajadores en huelga en las empresas. Nosotros teníamos 2/3 despensas. Y cuando decidimos encerrarnos, el encargado de las despensas nos dio comida para aguantar lo máximo. En esos momentos había mucho apoyo popular.

¿Cómo pudieron entrar?

Con la huelga, los pozos de Esparza y Guenduláin estaban custodiados por la Guardia Civil. Pero fuimos al de Undiano que, en ese momento, estaba libre de protección. De ahí podíamos ir andando al de Esparza por abajo, unos 5 kilómetros, porque estaban comunicados. Era el mejor para estar un tiempo, había una sala para poder estar, un taller, allí nos instalamos, lo llamamos el comedor del encierro.

¿Cómo pasaban los días?

Vigilábamos continuamente por si bajaba alguien a sacarnos. Uno de los peores días fue cuando descubrimos en el depósito de agua del que bebíamos una rata.

¿Qué hicieron?

Habíamos mandado a un compañero fuera porque se había dejado el tratamiento de medicamentos que necesitaba. Y le dijimos que contara lo de la rata al médico del consultorio de Potasas, Javier Erice (fallecido en 2024). Bajó para saber si estábamos intoxicados, nos trató con mucha amabilidad y nos dijo que parecía que no íbamos a tener problema por haber bebido de ese agua. Pero se llevó una muestra del agua para analizar. 

¿Qué les llevó a terminar con el encierro?

Se nos iban acabando los alimentos. Al llegar al día 14 dijimos: “No podemos más.” Y decidimos salir.

 ¿Cómo fue esa salida?

Con mucho miedo por lo que podía pasar. Al salir nos cercaron la policía y los mandos. El jefe dijo: “¿Quién es el jefe?” Habíamos quedado que a esa pregunta responderíamos que el jefe éramos todos. Y así fue. Entonces nos mandaron a nuestras casas. No nos podíamos creer que no nos detuvieran, que nos dejaran montar en los autobuses para ir a casa y ya está. Pero fue en ese momento, en el viaje en autobús... (Aquí la voz tiene dificultad para seguir, y la lágrima, en cambio, facilidad para aparecer. Se detiene antes de continuar) Vimos entonces las carreteras llenas de gente gritando: “Viva los trabajadores de Potasas”. Entendimos por qué no nos habían detenido. Hubiera sido complicado. Fue muy emocionante ver todo ese apoyo popular.

 ¿Cómo fue la llegada a casa? 

Mi madre me abrazó, contenta de verme. ¡Cuánto sufrió mi madre! Nunca dijo nada. Era la típica de aquellos años: sufría en silencio. Como muchas mujeres admirables de aquellos tiempos. Al día siguiente vino la policía a mi casa, y me llevaron a comisaría, donde estuve encerrado tres días en los calabozos del Gobierno Civil. Tuve tres días de interrogatorios, me preguntaban si yo era el jefe. Después me soltaron y fui a la cárcel de Pamplona a pasar un mes.

¿Qué ocurrió?

Paradójicamente, en la cárcel estuve tranquilo, porque así nadie me seguía, estaba a salvo de las llamadas guerrillas del cristo rey, que me decían que me iban a partir la cabeza. Ya nadie me podía amenazar. Estar en la cárcel me dio paz. Pero es que mi situación era mejor que la de otros compañeros. Porque yo vivía con mis padres, que sufrían, sí, pero me aguantaban. Pero la mayor de los encerrados tenían familia y gastos. El mérito era de la gente, no de los cabecillas (como nosotros, los dirigentes). El mérito era de la solidaridad que había entre todos los trabajadores de Navarra, que fue enorme. Nos apoyábamos unas empresas a otras en los paros y en las huelgas. Había mucho apoyo social y eso nos daba ánimos en la pelea sindical.

¿Cuál fue la respuesta?

Nos despidieron a todos. Y cuando íbamos a buscar trabajo a otras empresas nos dimos cuenta de que habían elaborado listas negras y nosotros estábamos en ellas. Éramos los peligrosos sindicalistas y no nos daban trabajo en ningún sitio.

¿Qué hizo entonces?

Pasé unos años trabajando en bares de amigos, en campañas de espárragos en Larraga... Hasta que con la amnistía laboral se obligó a las empresas que habían despedido a trabajadores por motivos sindicales a readmitirlos y a pagar la Seguridad Social por los años no cotizados. Volví a la mina hacia 1979. Los trabajadores me propusieron para el comité de empresa. Yo dije: “No, estoy acabado. Quiero llevar una vida normal. Me dediqué a trabajar y a estudiar Geografía e Historia para cuando cerraran la mina.

¿Y se cerró?

Tuvimos la suerte de que la mina se cerró en 1985. Fue un cierre ejemplar. Hasta en el Parlamento nos felicitaron: “Por su lucha ejemplar por las libertades”, nos dijeron. Acuñamos la frase de: “Hemos ganado la única huelga que no hemos hecho”.

José Miguel Ibarrola Minero de Potasas: “Todo contribuyó a lo que hoy tenemos”

José Miguel Ibarrola San Martín (Enériz, Navarra, 6-9-1948) vivió tres días encerrado en el pozo de Esparza, en Potasas de Navarra en 1974. Fueron los días 1 , 2 y 3 de febrero. La huelga continuaría hasta el 14 de febrero. Le acompañaron en el encierro 299 mineros más que decidieron de esta manera protestar por el despido de Ibarrola y de otro minero, Francisco Muñoz.

El mayor de seis hermanos, Ibarrola se trasladó con su familia en 1962 a Pamplona. Se incorporó entonces, con 14 años, a la escuela profesional de Potasas de Navarra. Estudió durante tres cursos oficialía industrial, rama eléctrica. Como sus compañeros, durante los dos primeros cursos ya trabajaba como aprendiz. Con 16 años le contrataron como oficial de 3ª eléctrico en la fábrica de silvinita. Al año, un accidente laboral le hacer ver la cara de la muerte. En el turno de noche, su compañero Luis Piñán le sustituye en su puesto un momento y una descarga eléctrica le fulmina. “Tenía una niña de 3 años. El dolor fue inmenso”, recuerda todavía emocionado hoy.

En la mina comienza su relación con las organizaciones de origen religioso que sí estaban permitidas como HOAC, VOJ y JOC. Como presidente de esta última, comparte con las demás las reivindicaciones de los trabajadores y los derechos de huelga, sindicación, reunión... La conflictividad en Imenasa, Authi, Super Ser, Papelera, además de Potasas y otras culminan con la huelga general de 1973 en solidaridad con la de Motor Ibérica. Entonces, recuerda Ibarrola, presidía el Consejo de Trabajadores (representaba a los trabajadores en el sindicato vertical) Tomás Caballero. Y menciona el día en el que, después de una asamblea de representantes de todas las empresas en Sindicatos, le detuvieron por primera vez. “Yo era jurado de empresa. Se colocaron dos policías secretas a mi lado y me llevaron a comisaría”, explica. En 1972 representó a la coordinadora de CC OO en Navarra y en 1973 se incorporó a la ORT. 1974 es el año del encierro de Potasas y del despido de la empresa a la que había llegado con 14 años. A partir de 1976 se trasladó a Madrid, donde sigue viviendo, para representar a Navarra en la coordinadora general de CC OO. Posteriormente, de 1977 a 1979 fue secretario general de sindicato unitario SU.

 ¿Por qué le despidieron? 

Por organizar asambleas. Como jurado (representante de los trabajadores) de empresa, convocaba asambleas y en todas acudía una persona de seguridad de la empresa que me decía: “Señor Ibarrola. Ya sabe que está prohibida esta asamblea”. El jurado de empresa era una figura legal, pero las asambleas estaban prohibidas. Las 20 o 30 asambleas que convoqué durante 1973 fueron documentadas y llevadas a Magistratura, que confirmó mi despido.

 ¿Cómo las organizaba en esa clandestinidad? 

En los vestuarios de la mina, daba unas palmadas y los que quería se reunían. Les explicaba qué me había dicho la empresa y quien quería expresaba sus postura. Había tal trasiego de personas en los cambios de turnos que para hacerme notar gritaba “¡Compañeros!” o daba palmadas. 

¿La asamblea en los vestuarios? 

Sí, no había otra forma. No podíamos pedir un cine para hacer una asamblea. Hoy parece de locos, pero entonces era así. El guardia que venía a decirme que eso era ilegal venía armado con un mosquetón. Yo era consciente de que me iban a abrir expediente de despido pero no había otra forma... 

¿Cuáles eran los temas de la asamblea? 

El objetivo de las asambleas era informar de cosas que nos decía la dirección de la empresa. Porque hasta entonces se hacía por medio de tablones de anuncios. La última asamblea fue el 20 de diciembre 1973 con motivo del inicio del juicio 1001 en Madrid a los dirigentes de CC OO, que era una organización ilegal. Era el juicio a personas a dirigentes como Camacho, Sartorius..., que habían sido detenidos dos años antes y a quienes pedían 80 años de cárcel que se quedaron en 20. La finalidad de la asamblea era informativa. Desgraciadamente ese día ETA atentó contra Carrero Blanco. Todas las movilizaciones que teníamos previstas se quedaron en nada.

 ¿Cómo se decide el encierro? 

Cuando me comunican que me echan, el 30 de enero de 1974, al día siguiente informé en mi turno, que era de mañana (había otros dos turnos:de tarde y noche). Éramos unos 300 y decidimos encerrarnos como protesta por mi despido y por el de Francisco Muñoz. 

¿Qué pasó ? 

La mina fue tomada por la Guardia Civil desde el exterior. Nuestros compañeros, en la medida en que podían sortearla, empezaron a meternos comida y agua.

 ¿Qué les lleva a salir? 

Salimos porque no podíamos más. Nuestros compañeros se solidarizaron con nosotros e hicieron huelga hasta el 14 de febrero. Hay paros en otras empresas.

 ¿Cómo sortean a la Guardia Civil para meterles comida? La Guardia Civil tomó el pozo de Esparza. Pero no sabían que había otras entradas, las de los pozos de Undiano y Beriáin, que están comunicadas por debajo. 

¿Qué ocurre después de salir del encierro?

Continuamos la huelga que había empezado con nuestro encierro diez días más. Pero despiden a cuatro personas más, uno de ellos era mi hermano, porque les habían descubierto metiéndonos comida en la mina. Entonces yo ya les propongo que entren a trabajar. Teníamos que aceptarlo. Les propongo en una asamblea muy dura celebrada en la iglesia del poblado que vuelvan a trabajar porque veía que no había posibilidad de vencer esa batalla.

¿Qué papel tuvo Potasas en la conflictividad laboral de aquellos años en Navarra? 

Potasas era la mayor empresa Navarra. Cuando yo trabajaba estábamos unos 2.100 trabajadores. Fue de las primeras que se organizó como CC OO. Aunque no había experiencia minera en Navarra, todos los que habían venido a Potasas de lugares como Asturias, Andalucía, Ciudad Real... nos trasmitían el coraje que se vivía en las minas a los demás. Yo tenía un amigo muy bueno de Ciudad Real, de Puertollano, y me contaba muchas cosas que habían hecho y eso se iba transmitiendo... 

¿Llegó a tener miedo por su vida? 

No, nunca. Éramos demasiado jóvenes. Además me sentía muy arropado.

 ¿Sirvió para algo el encierro? Yo creo que todo lo que ocurrió mereció la pena porque contribuyó a lo que hoy tenemos. ¿Aquellos tres días, aquella huelga, sirvió para que nos readmitieran? No, pero contribuyó a que se comprendiera un poco más la injusticia tan enorme que suponía un régimen totalitario como era el franquismo.

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