Vivienda

Yana busca piso para huir de la guerra de Ucrania

La ucraniana Yana Pysariuk es madre soltera de Shasa, con Síndrome de Down. Buscan alojamiento para las dos para no regresar a su país

Yana Pysariuk, de 42 años, y su hija Shasa Kulbi, de 20, en las instalaciones de Diario de Navarra.
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Yana Pysariuk, de 42 años, y su hija Shasa Kulbi, de 20, en las instalaciones de Diario de Navarra
Yana Pysariuk, de 42 años, y su hija Shasa Kulbi, de 20, en las instalaciones de Diario de Navarra.

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Sonsoles Echavarren

Actualizado el 31/07/2025 a las 23:36

La historia de Yana y su hija Shasa podría ser el argumento de una película o una novela. Por la de aventuras, desventuras y dificultades que han ido encadenando en su vida y porque aún no saben si alcanzarán un final feliz. Pero, como siempre, la realidad supera ampliamente a la ficción. Y la biografía de esta madre y esta hija ucranianas es tan real como el relato que cuentan una tórrida tarde de domingo en una sala de visitas de este periódico, en Cordovilla. Yana Pysariuk tiene 42 años y es madre soltera de Oleksandra (Shasa) Kulbi, de 20, que nació con Síndrome de Down y algunos síntomas similares al trastorno del espectro autista. Desde hace seis años residen en Navarra y la joven es alumna del centro de educación especial Isterria (Ibero). Pero su madre no sabe si podrán permanecer en Navarra mucho más tiempo porque necesitan una vivienda para las dos (hasta ahora han compartido todos sus alojamientos). “Shasa no puede compartir vivienda porque tiene dificultades de comportamiento”, explica su madre. En Nasuvinsa, la entidad del Gobierno de Navarra que se encarga del alquiler social, subraya Yana, no les conceden piso porque “les faltan puntos” (suman 43 por familia monoparental y discapacidad y precisan 50). “Tampoco encontramos en el mercado libre porque nos piden varios meses de fianza y no se fían de que pague todos los meses”.

Yana nació en Chernivzti, cerca de la frontera con Rumanía, y es arteterapeuta aunque ahora no trabaja, pues tiene que cuidar de su hija. Sin ningún otro familiar, las dos viven en una casa compartida con una familia de venezolanos en Noáin. “Podemos regresar con mis padres pero yo vine a España buscando un futuro mejor para mi hija. Además, la guerra sería muy perjudicial para Shasha”, cuenta esta voluntaria de la asociación Alas de Ucrania, en la que colabora con un proyecto de apoyo a familias monoparentales . actualmente, madre e hija cobran la renta garantizada del Gobierno de Navarra (1.000 euros para las dos) y el alquiler de su habitación con baño propio y derecho a cocina asciende a 600. “No podemos seguir ahí. Para mi hija resulta muy complicado vivir con desconocidos. Necesita estar conmigo. Las dos solas en un piso pequeño y sencillo. Le afecta mucho el ruido y se pone muy nerviosa”.

DE MADRID A AOIZ

Desde que salieron de Ucrania en 2019, han sorteado todo tipo de vicisitudes. Tras permanecer un tiempo en Madrid, Cruz Roja las trasladó como refugiadas a Aoiz. “Allí encontramos un colegio maravilloso. La directora se implicó mucho y a Shasa le enseñaron a comunicarse. Hicimos amigos. Por primera vez, todo parecía ir bien pero nos echaron del piso compartido porque mi hija molestaba”. De ahí, a Pamplona, a otra vivienda compartida, de la que también se tuvieron que marchar por el mismo motivo. Y después pasaron una temporada en hostales de la zona del parque de Yamaguchi porque son “los más baratos”. “Con mi hija y las maletas a cuestas”. “Cuando el dinero se acababa dormíamos en una obra, donde trabajaba un amigo ucraniano y nos dejaba un colchón.” Incluso, algún día, pasaron la noche en la Plaza del Castillo de Pamplona, hasta que la policía las echó. “He estado en la Policía Foral, en Servicios Sociales y hasta en el Defensor del Pueblo. Pero nada sirve”, se lamenta Yana. Y eso que profesionales del Centro de Salud Mental Infantojuvenil de Sarriguren certificaron que, debido a las dificultades de Shasa (tiene un 80% de discapacidad), no se le aconseja compartir vivienda con otras personas.

En vista de la situación, este curso, la joven pasó una temporada interna en el centro Isterria, en el que está escolarizada gracias a una beca que cubre todos sus gastos. Antes, estudió en una unidad especial en el instituto de Mendillorri. “Durmiendo en Isterria lo pasó muy mal por la separación. Ella necesita estabilidad y sentir que está en su hogar, conmigo. Solo entonces podremos avanzar. Mi hija no reconoce el peligro y se puede perder muy fácilmente si no estoy a su lado. También lo pasa muy mal cuando tiene la regla. A veces, se desmaya y ha tenido que venir la ambulancia para llevarla al hospital”, recalca la madre.

MUY VULNERABLE

El Gobierno foral les ha ofrecido otras soluciones. Que la joven resida en un piso tutelado con otros chicos y chicas con discapacidad o que ingrese en un residencia. “Pero mi hija no esta preparada para separarse de mí. Ha vivido demasiado. Ha sufrido demasiado”, insiste Yana. “Soy arista. He estudiado arteterapia especializada en discapacidad. Puedo y quiero sacar adelante a mi hija. Pero necesito un techo digno donde no molestemos a nadie. Donde no nos cambien de casa cada dos por tres”.

La vida de Yana cambió por completo el día que nació su hija. “Yo tenía 21 años y no esperaba un bebé con Síndrome de Down. Fue un shock muy grande. La niña tenía problemas del corazón y los médicos me dijeron que no iba a vivir ni un día. Y aquí está”. En su país, recuerda su madre, asistió a centros de rehabilitación, donde mejoró mucho. Aunque salió de Ucrania para ofrecer a su hija un futuro mejor en España, ahora duda si volver o no a su tierra. “No me gustaría por la guerra. Pero, ¿qué voy a hacer? Llevo años pidiendo vivienda a Nasuvinsa pero sigo esperando. ¿Cómo puedo conseguir los puntos si no puedo empadronarme? ¿Si no tengo una vivienda fija? ¿Si vivo en la calle y duermo en hostales y en obras?”

Pero Yana no pierde la esperanza de poder vivir tranquila con su hija y trabajar para sacarla adelante. Para que su vida de película o novela alcance después de todo un final feliz.

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