"Me dijeron que no volvería a caminar... pero he llegado a El Perdón y mi objetivo es Finisterre"
Cuatro años después de que le diagnosticasen una lesión medular, la catalana Silvia Rivas (53) recorre en solitario el Camino de Santiago en Navarra para reencontrarse con la “otra” Silvia que fue antes de la enfermedad


Publicado el 20/04/2025 a las 05:00
El Camino ha iniciado su temporada alta con un mensaje firme: sigue más vivo que nunca. Ese impulso fue el que llevó a Silvia Rivas, catalana de 53 años, a calzarse las botas casi sin pensarlo. Quería romper con la dependencia y reencontrarse consigo misma. Emprendió el viaje a contracorriente, pese a las advertencias de su marido, sus padres y la mayoría de su entorno. Solo su hija la apoyó.
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Se armó de valor y viajó sola hasta Roncesvalles. Desde allí emprendió una búsqueda personal que la llevó hace dos semanas hasta la balconada del Alto del Perdón. Al hablar, se emociona. “Me caigo continuamente porque me falla una pierna, pero me siento tan viva… Solo quiero terminar, llegar a Finisterre, reencontrarme con esa otra Silvia a la que tanto echo de menos: la mujer que corría maratones, que era sana, aventurera, feliz… Lo pensé el domingo, y aquí estoy. Estaba saturada, enfadada con el mundo, enfadada conmigo misma. Harta de depender de todos. Me advirtieron que el Camino era duro, y yo necesitaba ponerme a prueba”. Sigue hablando entre lágrimas, frente a una sierra que se abre hacia una cuenca teñida de verde y amarillo. Hace cuatro años, le aseguraron que no volvería a andar. Que no se levantaría de una silla de ruedas por culpa de una lesión medular. Incluso le dijeron que podría quedar en estado vegetativo. Antes de entrar al quirófano, escribió cartas de despedida y pidió que, si eso ocurría, la ayudaran a morir.


Los primeros síntomas aparecieron en junio de 2021, tras correr la media maratón de Granollers. “Me sentía especialmente cansada, pero lo atribuía al trabajo. Hacía turnos de noche y entrenaba de día”. Como técnica de laboratorio y deportista habitual, no le dio importancia. Pensó que era simple fatiga. Hasta que un día, una colilla encendida que se le cayó a su compañera Sonia le rozó la pierna derecha… y no sintió nada. Y se encendió la alarma. “Me hicieron una resonancia y, en septiembre, ya estaba en el quirófano”. Salió en silla de ruedas, pero se negó a usarla cuando le dieron el alta. “Salí con un andador. Tuve que aprender a caminar de nuevo”.
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Hoy, paso a paso en el Camino de Santiago, revive todo aquel proceso. Lleva dos tatuajes: en la pierna izquierda, una figura que se levanta de una silla de ruedas; en la derecha, un corazón, un electrocardiograma y una silueta corriendo. “Antes corría 21 kilómetros en una hora y 55 minutos. Ahora cubro diez en dos horas”, dice con los ojos humedecidos. “Solo quiero llegar al final. Reencontrarme con la otra Silvia, la que echo tanto de menos. Creo que lograrlo me ayudará a sentirme como antes. Estos días me están enseñando que no hay que rendirse”.
Silvia avanza: tropieza, cae, se levanta, no se rinde. “Quiero llegar”.

