Mari Carmen Otazu Ganuza, Oma, nacida en Lerga y peluquera en Burlada


Publicado el 17/04/2025 a las 08:38
El pasado miércoles 9 de abril nos dejó Mari Carmen Otazu, Oma. Es muy difícil que una palabra tan corta exprese tan bien la definición de una persona. En este caso lo hace. Su nieta, Candela, comenzó a aprender vocabulario con tres palabras. Papá. Mamá. Oma. Su significado: abuela en alemán. Unos amigos de Austria, vecinos de Yesa, se la enseñaron. Esa palabra expresa lo que era Mari Carmen Otazu Ganuza: una mujer abierta, dispuesta a conocer a muchas personas, alegre y volcada con su familia. Pero debemos comenzar, como todas las historias, por el principio.
Nacida en Lerga, Mari Carmen fue la séptima de los hermanos Otazu Ganuza. Hija de Pedro y Florentina, descubrió con sólo 14 años su pasión por la peluquería. Muy pronto conoció al amor de su vida, Angel Mari, con quien tuvo dos hijas: Ana y Marta. Se instalaron en Burlada, donde pudo ejercer su profesión. De allí mantuvo amistades como los Alcalá. El destino los llevó durante largas temporadas a Yesa, donde conoció a Félix, los Wias, la familia del Juanito, los Liciaga, los vecinos del Mirador o los Costa. El trabajo de sus hijas en el Castillo de Javier le permitió mantener una gran relación con los jesuitas o Emilio, Laura, Natalia y los niños.
La lista de amigos y vivencias es interminable e intercambiable, ya que lo uno va siempre emparejado con lo otro. Los Meroños de Logroño, Madrid, Valladolid, los primos de Zaragoza o los ‘Pikolin’ son buena muestra de ello.
Por desgracia su marido falleció demasiado pronto. Sus amigas de Burlada, muchas de ellas en la misma situación, le ayudaron a sobrellevar la situación compartiendo paseos, partidas de cartas, viajes, eventos culturales, risas y lloros.
Asuntos materiales como el hecho de que le expropiasen sus lugares de residencia dos veces los tomaba, dentro del disgusto, con humor. Asuntos graves como el diagnóstico de su enfermedad los asumió con valentía y ejemplaridad: “He vivido 77 años maravillosos y nunca he estado enferma. Tengo suerte”.
Su pueblo de nacimiento siempre tenía un hueco en su corazón, de la misma forma que sus sobrinos siempre tenían un hueco en su casa. Por eso no dejaba de realizar visitas los días más señalados, fuesen festivos o religiosos, como su querida visita a la Virgen de Ujué, acompañada por Fabi y Mari Carmen.
Los maridos de sus hijas, Patxi y Toño, eran para ella como si fueran sus hijos. Los amigos de sus hijas, como la Pilu, Esther, Bruno y Lorena, los de Galicia o los de Berriozar, eran para ella verdaderos amigos. Bonito reflejo de una mujer que deja un recuerdo imborrable, una sonrisa que siempre nos acompañará y una familia, encarnada en Ana, Marta y Candela, que ha asumido una responsabilidad que llevarán siempre con energía, pasión y determinación: mantener su legado.
La Virgen de Ujué y San Francisco Javier le acogen ya en su seno.
El autor es sobrino de la fallecida