Cinco años de COVID (IX)
Oteiza: un desafío en el entorno rural
Para la localidad, un pueblo que roza el millar de habitantes, igual que para tantos otros, enfrentarse a la pandemia y toda la incertidumbre que le rodeaba supuso un auténtico reto. Un examen que, gracias al esfuerzo colectivo, aprobó con nota


Publicado el 16/03/2025 a las 05:00
El 13 de marzo de 2020 firmaba el alcalde de Oteiza, Rubén Martínez Landa, un bando en el que anunciaba el cierre de las instalaciones municipales y la suspensión de las clases, actividades y la atención personal en el ayuntamiento ante la situación generada por la evolución del coronavirus. Seguía así las directrices emitidas días antes por el Gobierno foral Martínez, que había accedido a la alcaldía de este municipio de 987 habitantes nueve meses antes. A este bando le siguieron una quincena más durante los meses sucesivos, unos avisos que se hacían llegar a la población también a través del grupo de difusión municipal y por la megafonía del pueblo. Hubo bandos en los que se alertaba del incremento de casos, de la obligatoriedad de usas mascarillas y los que anunciaban la suspensión de la romería de San Tirso o las fiestas patronales. Pero también firmó algunos que animaban a cierto optimismo cuando se comenzaban a levantar restricciones y se anunciaba el regreso de determinadas actividades. Todos los planes con que el equipo de gobierno había accedido al ayuntamiento pasaron rápidamente a un segundo plano.
Se abría un escenario de gran incertidumbre que constituía un auténtico reto. Una situación complicada en la que este pequeño municipio de Navarra, igual que tuvieron que hacer tantos otros, puso todos los recursos de los que disponía al servicio del bienestar ciudadano. Todo un examen sorpresa que, gracias al esfuerzo colectivo, el municipio consiguió sacar adelante con nota haciendo de la necesidad virtud en un momento especialmente crítico sin semejanza a nada vivido con anterioridad.
Esta misma semana Rubén Martínez volvió a imprimir todos los bandos y conforme los iba leyendo la mente viajaba cinco años atrás en el tiempo para rememorar una situación que ahora mismo le parece casi irreal. “Fue duro, muy duro sobre todo por la incertidumbre que había alrededor. Recuerdo la primera reunión con todo mi equipo en la que se decidió el cierre de todo. Nosotros aplicábamos las normativas y decretos que se nos hacía llegar desde el Gobierno de Navarra pero también es cierto que no es lo mismo legislar en esta asunto para una ciudad grande como puede ser Pamplona que para un pueblo. Aún así, hicimos todo lo que se nos marcó en cada momento”, insiste.


DUELO POR MEGAFONÍA
El frenazo en las vidas que supuso el covid a nivel global, opina Martínez, se notó especialmente y en su mayor crudeza cuando se producía algún fallecimiento. Aún recuerda como, al poco de decretarse el estado de alarme, le llamó una vecina para comunicarle la muerte de su madre. “Fue tremendo, no se podía hacer ninguna despedida ni acompañar a la familia. Como una forma de intentar transmitir ese pésame en la distancia cada vez que había un fallecimiento se comunicaba por megafonía y se instaba a guardar, cada uno en su casa, un minuto de silencio en memoria de nuestro vecino o vecina fallecido. Poníamos por megafonía un solo de trompeta”, recuerda.
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Y esa megafonía sirvió también en cierta manera para conectar a una población que veía cómo iban pasando los días encerrados en casa ya que cada tarde a las 19 horas el alcalde se desplazaba al ayuntamiento para poner una canción. “La gente hacía peticiones a través del whatsapp municipal y no se podía atender todas pero se intentaba que hubiera de todos los estilos y escuchábamos jotas, rock… todo servía para animar”, cuenta. Para Martínez una de las principales preocupaciones durante todo el tiempo de la pandemia, pero sobre todo en los primeros momentos que fueron los más complicados, fue la de velar por la salud mental de sus vecinos y vecinas.
Y a todos ellos se quiso proveer de mascarillas, con la ayuda de los voluntarios, en los primeros momentos en los que no las había. A todas las viviendas se llevaba un paquete de mascarillas, para todos los miembros de la familia, junto con un calendario como detalle municipal. Y todas las semanas, desde su despacho, el alcalde cogía el teléfono para llamar a las personas mayores de 80 años e interesarse por su salud.


Un espíritu de solidaridad y comunidad que se extendió por todo este pequeño pueblo de Tierra Estella, cuyos comercios y servicios se volcaron para que a nadie le faltase de nada. “A todos ellos quiero dar las gracias porque dieron todo y más”, subraya. Un agradecimiento que hace extensivo a todo el personal del colegio público que siguió trabajando en la distancia para que los escolares pudieran seguir con sus materias de la mejor manera posible dentro de la anormalidad del momento.
Y esta normalidad abogó Martínez por abrazar desde el primer momento cada vez que las circunstancias y las buenas noticias, a cuentagotas y en forma de apertura, iban llegando. Por eso, dice, no dudó en la apertura de las piscinas el primer verano con las restricciones exigidas y se llenaron todos los fines de semana de aquel primer verano de actividades. “Eso sí, la suspensión de las fiestas los dos veranos fue muy dura”, reconoce. La ansiada vuelta a la normalidad que devolvió la gente a las calles, a los bares y a los niños a las aulas hace sentir ahora que los cinco años que han transcurrido desde entonces sean muchos más. En los armarios del ayuntamiento quedan todavía varios paquetes de las mascarillas que confeccionaron los voluntarios. Más de uno le ha planteado tirarlas pero Rubén Martínez se resiste. No espera, dice, que llegue otra pandemia pero hacen no olvidar todo lo vivido.